Capítulo XI

Se acabó señor, no queda un solo árbol en el bosque —decía con amargura—. Lo único en pie, es la huerta de Roxana. —No importa, el veneciano no se ha pronunciado de nuevo, yo lo presentía, seguramente dio por cancelado el contrato. Se cansó de distribuir los mismos diseños. Lo mejor será que cada quien comience a hacer otra vida. Todo se ha salido de mis manos. Lo siento… Pero nos queda esta casa. Podemos venderla y vivir en una más modesta, o…no sé. Piensen alguna alternativa. —No creo que vender sea la solución, mejor llamemos otra vez a Julio, hace mucho que viene. —Él debe estar contento con su mujer, será mejor no molestarlo. ¡Patán!, ni siquiera se despidió de esta casa. —No creo señor —lo interrumpió Mario—, tal vez le ocurrió algo. —Lo dudo, la Cándida ya nos lo habría contado. Ya no importa, pensemos sólo en nosotros. ¿Qué rayos se supone que vamos a hacer? —¿Se acuerda de la máquina que desechó hace un tiempo? —¿Cuál? —La máquina de papel reciclado —¿Y qué con ello? —levantó el rostro. —¡Podríamos cambiar de oficio! —¿Fabricar papel? —¿Y entonces para qué se supone que era? —Um… no sé, pendejadas mías. —Podría funcionar, ¿no cree? —Es posible, pero ya olvidé como es que funciona. —Señor, la abandonó porque nunca sirvió —afirmó. —¡Ah!… veo… —pronunciaba consternado—Como yo… —¿Cómo usted? —Señor, no se arme vídeos, lo que ha hecho no le ha quedado tan mal, mejor vámonos a trabajar. ¿Le parece? —Hubiera sido mejor ser un sicario más; alguien con principio y fin. —No diga sandeces. Todos nacimos para morir… ¡Ah!, en realidad son dos cosas las que recuerdo de mi aldea, no se quien, pero siempre me decía que era mejor que viviera el momento, como lo hacen los perros. Todos sabemos que nadie como usted talla la madera. Simplemente que la vida es complicada, mucho más si se hacen varios oficios. Dejemos el cuento de la madera atrás. —¿Fabricar papel…? Eh… está bien. Si funciona, habría valido la pena no haber ido a la Universidad. —¿Qué esperamos?, vamos. Ya quiero hacer las cosas que a mí me gustan. Le aseguro que la máquina nos dará el sustento para que cada uno sea. Tan solo requerirá de mantenimiento periódico. —¿Mantenimiento periódico…? —divagaba—¡Huy no, mijo!, pero usted tendrá que hacerlo. —Ajá, no empiece jefe, mejor compartimos el oficito. —¡Esta bien! Pero empecemos desde cero —ratificó con una mirada profunda sobre los ojos de aquel negro de color canela. Una mirada acentuada por una sonrisa giocondesca de dominio.

Un mes más, ahora de concatenadas miradas y alegres pieles, uno de aromas a esencias, y exquisitas recetas culinarias creadas por María. Un mes más de clap clap, entre aplausos rítmicos a los bailes del entusiasta Mario, que veía en el proyecto una oportunidad de vida, y de sensata senectud para el Rubio, a quien creía un poco enajenado a causa de sus preocupaciones. Un mes de gramófono clásico en la casa, el regalo de Roxana para disculpar su torpeza. Un mes más de mariposas jugando entre las orquídeas. Un mes sentenciado a la muerte.

Un chasquido del índice con el pulgar, encendió las antorchas en el sótano. La máquina tendría una parte sobre el piso del taller, y la otra, bajo él. Para conectarlas, perforaron el suelo después de calcular el lugar más idóneo, el que garantiza la mejor distribución de las partes del artefacto. Con suerte, hallaron el sitio indicado. En el taller-almacén, contra la pared que había intentado unir una tela rasgada, armaron un tanque rectangular de aliso y roble, con los últimos restos de madera, aunque el fondo era una plataforma metálica a la cual habían perforado pequeñas hendiduras. A cada agujero le asignaron una licuadora de nueve mil watts. El área a cubrir por ellas era de cinco metros cuadrados. Para evitar la filtración hacia las máquinas y la madera, usaron un material impermeable como cubierta y relleno de espacios.

Asomaron sus cabezas en el cajón, y vieron las deslumbrantes cuchillas en el fondo, casi sobre la lámina grisácea. Se acostaron en el suelo, y conectaron los motores a un único interruptor.

—¿Y sacamos el líquido a baldados? —¡Qué idiotas! ¿Cómo no me acordé?

Tomaron un serrucho, y perforaron el costado del tanque que está en frente del arco que lleva a la recepción.

—¡Ese será el espacio de vaciado! —señalaba. No olvides las bisagras y adherir material impermeable —le decía a Mario.

El Rubio continuó instalando la canal de vaciado, cuya forma de espiral ingresó al sótano por la perforación del suelo. Una vez hecho esto, en el sótano, Roxana ayudó a construir otro rectángulo. Esa figura tiene unos orificios, que permiten distribuir la mezcla de forma homogénea en un molde que se mueve a velocidad intermedia, sostenido por una banda sin fin.

El diseño del molde es simple, es un marco rectangular con un par de solapas, cuya función es ejercer presión a la mezcla. Como una ventana con persianas de madera, pero en lugar de vidrio tiene una malla de acero que permite escurrir el exceso de agua, de tal forma que sobre una bolsa negra dispuesta previamente en ella, descansé un mosaico de suaves trocitos blancos.

Vaciado el líquido en el paradigma, la tira le dirige a la zona de secado y desmolde. Allí, luego de cinco minutos de aire caliente, se abre la ventana para que cuatro ganchos trasladen la bolsa hacia la sección de corte. La horma sin papel, se dirige a la cinta inicial; para ello cae sobre otra banda sin fin, que se mueve en dirección opuesta, al final de ésta, le recibe un aspa retráctil que al subir 60°, la gravedad ejecuta su fuerza sobre el punto de quiebre de la bisagra, de tal forma que el aspa se contrae, y permite al molde caer sobre la cinta inicial.

Instalaron rejillas de ventilación, verificaron los circuitos, y durmieron luego de cinco días de repetir la merienda; agua de panela acompañada con arepas rellenas de queso. Al siguiente día, construyeron una mano de esas que hay en las máquinas traga monedas; para atrapar felpas. Debía hacer lo mismo, pero con el papel reciclado, y soltarlo sobre la licuadora gigante llena de agua.

—¡Oprímelo! —¿Y si algo sale mal? —preguntaba Mario. —No lo sabremos hasta que lo oprimas Mario —decía Roxana.

—Yo sigo pensando que era mejor someter la mezcla vertida en bolsas perforadas, a la fuerza de un par de rodillos. Tal y cómo lo hago en la cocina con la masa. —Ni idea María, debiste decirlo antes —dijo el Rubio. —Ustedes no me escuchan —remilgó María. —¡Presiónalo Ya! —exclamó Roxana.

Sabía que algo nuevo estaba sucediendo allá afuera, un alboroto inusual colmaba su paciencia. Pero aunque quisiera mirar, Ania ya casi no se podía mover. No obstante, le recordaba algo, un sonido de su infancia que no lograba asociar a una imagen, un ruido extravagante y prometedor. De repente, niños de sacos naranja a rayas color crema, y chaleco, y algunas niñas de encajes blancos con una rosa en su cabeza, llegaron a su mente. Todos caminaban de la mano de sus sonrientes padres de vestidos oscuros, en calles lúgubres. Entonces, un haz de luz vino a su mente. Una revolución dentro de la casa, parecía prometerle vino y plumas de ganso de forma exacerbada. Extrañó su silla de ruedas que impulsaba con un bastón, pero su curiosidad fue más firme que la enfermedad. Atenta de no enredar sus pies, caminó lento hasta llegar a la perilla de la puerta. Puso su mano sobre ella, y al girarla y halarla, rechinaron las charnelas. Las arañas de la puerta al ver su casa destruida, se ocultaron del susto, mientras una, en la cabeza de la anciana, se reía de ellas.

—¡Listo! Oprime el otro botón Mario. ¡Roxana!, abre la puerta para el vaciado.

Y al son del crujir del piso hacia la baranda, con los ojos un poco abiertos para evitar ser lastimados por la luz, vio que un líquido bajaba por una canal, en medio del estruendo ensordecedor que envolvía a la casa. Giró su rostro hacia María, y ésta percibió vigilancia. La cocinera movió su cuello hacia la entrada del balcón, y por el espasmo que la vejez de aquella anciana le generó, sostuvo su cuerpo con el borde de la mesa. Corrió hacia ella, la tomó de la cintura, y mientras la saludaba, le invitó un caldo de papas de aquellos que resucitan muertos. La sentó de manera que pudiera admirar las nuevas proezas de la imaginación de aquellos chicos. Y al cabo de diez minutos, sirvió en un plato de porcelana adornada con flores azules, y un castillo medieval en su interior, el famoso caldo aderezado con perejil, cebolla y ajos. Y sin preguntarle sobre el porqué de su soledad, adelantaron la agenda como dos camaradas en un café, que la narran cada tarde en medio de la lluvia. No obstante, cuando María terminó de hablar, lo único que dijo Ania con una voz seca y ronca fue…  —Me ayudas a bañar por favor.

Le guió a la ducha; bajo ésta, puso una silla plástica, la sentó en ella, y con agua tibia, jabón suave, paciencia y un estropajo nuevo, logró que la piel arrugada y añeja, volviera a reflejar la luz del sol. Ahora, aquella arañita sufría en la rejilla del sifón, mientras las otras ya habían construido un nuevo y translúcido hogar, imperceptible en la pulcritud que el Rubio exigía mantener. Tomó una toalla, y le cubrió el cuerpo. La sentó en una cama, mientras iba por la ropa a la habitación de la anciana. Al entrar, un hedor en la penumbra evitó que encendiera la luz, tan sólo quería salir rápido de allí. Verificó el lugar en el cual solía guardar la ropa, y al sentir una lama verde, la soltó, cerró la puerta, e inhalaba y exhalaba de forma agitada en el balcón. Lavó sus manos con hipoclorito, y se culpaba por haberla descuidado tanto tiempo. Jamás imaginó su situación, y no comprendía cómo el Rubio no le había sacado de ese lugar mohoso cuando la visitaba; pero su exceso de prudencia, evitó reclamo alguno.

Por el asco, selló la habitación de Ania con un candado, y le prestó la suya para dormir. Eran las cinco y cincuenta de la tarde, aquellos subieron a almorzar, habían estado corrigiendo imperfecciones durante el día. Se prepararon para la cena, y con una flor roja en los hilos plateados de su cabello, un rostro nítido que apareció de la cocina, les encalambró el alma.

—¡Ania! —elevaron su voz y su cuerpo, apoyando las falanges sobre la mesa, en medio de una sonrisa, cómo si ella hubiese llegado de algún viaje.

De nuevo, le contaron todo lo que había acaecido en aquel lugar, sin que ella mostrara rasgo de aburrimiento o sorpresa, hasta que el tintineo de un sonido seco en los oídos, un golpeteo a intervalos de tres en tres sobre la puerta principal, fue acentuado segundos después por el gong del reloj en la entrada, un indicador de la hora señalada. Un estallido que dejó sin luz eléctrica al sector, y resquebrajó algunos cristales en medio de la tormenta.

Haló la puerta que destempla los dientes en el frío, a causa del óxido hirviente que destilan las bisagras. De metro con setenta centímetros, su bozo sacudía el agua que el paraguas roto dejaba filtrar. Asomó su salpicada y prominente barriga, y extendió un melifluo saludo que le entregó una carta.

—Muchas gracias, muy amable, ¿desea un café?, mientras escampa. —No, es muy cordial de su parte. Hasta luego.

Tomó el sobre, se sentó en la alfombra, lo rasgó ansioso creyendo que era de su viejo tutor. Pero no fue así. Leyó absorto lo que decía, sin poder creerlo. Era un ultimátum que le exigía abandonar aquel lugar, una lista de querellas sin fundamento alguno a excepción de dos, la primera y la última. Por talar el bosque de la localidad, por entretener a los niños con libros que hablan de obscenidades, por corromper a la población con pensamientos poco cuerdos en las fiestas del barrio, por atentar a la naturaleza humana, y por generar ruidos estrambóticos que violan la paz de la comunidad.

—¿Abandonar mi barrio?, pero si yo nací aquí —pensaba consternado. Los árboles son míos, poseo los títulos de las tierras. Bueno, quizá lo del ruido durante el día sea cierto… pero… ¡No! No lo haré. No me iré de aquí —pronunció con la fuerza de una sentencia judicial.

Subió, le comentó la situación a su familia, y dieron vueltas en la cama toda la noche, acompañados por truenos y destellos que hacían temblar las ventanas y las tejas del taller.

Julio ya no podía levantarse, y Rosita, a razón de su decepción, no sólo olvidó cuidarle al mes de caer enfermo, sino que se enclaustró. Era la madre de la muchacha quien aún velaba por él. Entre las cobijas, sentía cada cosa que ocurría en su viejo hogar, pero hasta entonces, no se había atrevido a mirar o escuchar de nuevo por las hendiduras, se contentaba con el murmullo.

De aquella casa guardaba un libro, las letras de un autor enamorado. Un joven que le inspiraba aferrarse aún a su cuerpo, solamente para pronunciar unas preciadas líneas al trastorno de su amor. Sin embargo, sabía que la muerte estaba cerca, había resistido varios meses, a pesar de sus cualidades físicas, pero estaba decidido a no morir hasta leérselo, mientras tanto, esperaba alguna señal celestial que le indicara el momento adecuado.

A la mañana siguiente, se asomó al balcón, no se percató de los gruñidos en su estómago, corrió al tubo de bomberos, y se lanzó por él. Acercó su dedo lentamente al botón rojo, lo tocó, y presionó hasta el fondo. Había dado inicio a la producción del día.

—Doblaremos la producción de ayer —expresaba emocionado. El ruido despertó al Rubio, quien abrió la puerta, y al ver al negro de camiseta amarilla y deslumbrante dentadura, se sorprendió mucho del grado de autonomía que no le conocía. —Buenos días María, por favor nos haces un caldo de aquellos. —¡Está listo!, imaginé que lo necesitaban. —¡Soleado día! —Buenos días Roxana. —¿Y Ania?, —preguntó Roxana. —Aún duerme, —dijo María. —Muy bien, luego del desayuno le ayudas a Mario —se refería a Roxana—yo tengo que visitar al vecino que me entregó la carta. —Me parece, lo mejor es que logres un acuerdo. —¡Mario! —gritaba María desde el balcón—tu desayuno está listo. —Tenemos que contactar un distribuidor —decía mientras llegaba al comedor. —Tienes razón, yo creo que muy pronto podremos pagar el préstamo con el cual compramos las licuadoras —afirmó el Rubio. —Yo me encargo de eso, por algo me decían la dama de la voz seductora. ¡Dejadlo en mis manos! —¡La tarea es toda tuya! —dijo el Rubio. Estaba delicioso María, gracias.

Le era imposible no recordar a Julio con ese aroma. Observó la espuma sobre la M de sus manos, las empuñó, salpicando las paredes. Agarró el jabón con rabia, y lo sumergió en un balde con agua, quería acabar el problema de raíz. Esa mañana sería la última con aquellos recuerdos resbalando por su cuerpo, la última entre pompas de jabón. No obstante, no imaginó que el perfume al reaccionar con agua caliente, impregna más fácil la madera y las telas de la casa. Corrió la puerta de la división del baño, y descansó sus pies en la alfombra. Secó su cuerpo deslizando la toalla roja sobre él, y al abrir la puerta, el aire frío ingresó y generó remolinos de vaho perfumado, que al escaparse del baño, casi lo tumban. Sintió el frío en sus costillas, y corrió en punta de pies para encerrarse en su habitación. Luego de aplicar talcos en el cuerpo, se vistió con la muda que había usado el día que decidió no volver al colegio. Toc, toc, toc, —golpeó la puerta de Don Pancho. —¡Buenos días Doña Alejandra!, hacía mucho que no nos veíamos. —¿Cómo está muchacho?, ¿Cómo me le ha ido? —Muy bien, nada por lo que deba preocuparse. —Y Rosita y Julio, ¿Cómo se encuentran?, no recibí invitación para el matrimonio. —Aún no se han casado, Don Julio está muy enfermo. —¿Enfermo?, por eso no volvió al trabajo. —Sí, así es. —¿Puedo verlo? —Si quiere venga la otra semana, esa habitación está un poco desordenada. La arreglo y le visita. ¿Le parece? —Eh… en realidad eso no es importante. —Yo conozco su casa joven. Yo sé que si le importa. Venga la otra semana. —Está bien. Venía a preguntar por Don Pancho. ¿Se encuentra? —Tome asiento mijo, ya lo llamo. ¿Desea una tacita de té? —Gracias —afirmó con un movimiento de cabeza. Enfermo —pensaba—, como soy de descuidado con las personas. Agonizando mientras que yo le culpaba de mis desgracias. ¡Ah!, estúpido jabón, ya me está enrollando de nuevo la cabeza. ¿Por qué se habrá querido casar con la perra esa?—se exaltó pronunciándolo en voz alta. —De cuál perra habla señor —interrumpió Don Pancho. —Buenos días, eh… —vacilaba—ninguna en particular, un animalito que me hizo estropear en la calle. —Entiendo. Imagino porqué se encuentra en mi morada. —Mire joven, su tecito con galletas. —Gracias doña Alejandra. —¡Alejandra!, retírate. Son asuntos de… —vaciló—…de nosotros.

—¡Me imagino! —acentuó irónica—, como son tan amigos. Si me necesitan, me encuentro en la habitación de la niña. —Antes de que inicie joven, su ida no es opcional. —¡No!, yo no me puedo ir; no solo nací aquí, sino que la casa es mía. —Como el bosque, ¿cierto? —sonreía sin emitir sonido. —¡Sí!, tengo las escrituras. —No importa, observe —le mostró un papel—, el Alcalde estaba buscando un botadero de basura para la ciudad, y a que no imagina cuál es el lugar elegido. —¿Mis tierras? —¡Sí!, el despelote con la nueva asignación de direcciones hizo que el cartero me entregara esta carta hace varios meses, pero ¡observe! —señaló una línea de la carta—, iba destinada a usted. Tome, se la entrego, ¡ah! y vea otra cosa… ¡ya venció la fecha de apelación! Por lo que automáticamente, usted aceptó ceder sus terrenos para el proyecto. —Usted es… —hacía rechinar los dientes. —…muy noble —sonreía con una ceja elevada. —Despreciable —pronunció sin separar los dientes—no se da cuenta que perjudicó al barrio. —¡Quizá!, pero usted comenzó, y la noticia me ayudó a poner al barrio en su contra. Además, imagino que la empresa encargada deberá tener cuidado con el manejo de esos residuos. —Y no se le ocurrió pensar los estragos que puede tener sobre el raudal —pronunció angustiado. —¡Sí!, de hecho anoche anunciaron en la televisión que su nombre sería, Juana, como el río. —Y otra cosita, antes de que se retire, el plazo que le damos no es de un mes, sino mucho menos. Agradezca que le advierto, porque estamos listos desde la semana pasada. ¡Alejandra! —llamó a su esposa—acompaña al caballero a la puerta. Fue un placer hablar con usted. Feliz día.

Atónito, parecía que una mezcla de acónito puro intravenoso era mejor en ese momento. Caminó lento y aturdido, con la mirada ida y el papel colgando de su mano derecha. Abrió la puerta, y al cerrarla, el dolor en los hemisferios cerebrales, que sentía como una inflamación acentuada por el rayo del sol, le indicó que lo mejor, era posar las nalgas sobre la alfombra. Cuando María oyó los goznes, se dirigió hacia la puerta, y al verle, imaginó lo peor. Su rostro pálido dirigido al suelo no presagiaba nada bueno. Llamó a Roxana y lo cargaron en hombros hasta el comedor, en donde le embutieron ramas de cebolla larga alternada de movimientos de la mandíbula. Al cabo de un cuarto de hora, reaccionó.

—No pude hacer nada —brillaban sus ojos a punto de soltar una lágrima, quizá de rabia, tal vez de dolor. ¡Miren! —mostró el papel. —¿Qué dice? preguntó Mario.

El joven narró aquella conversación.

—Si alguno desea irse, por favor no lo dude, están en pleno derecho de hacerlo. En mi habitación hay un cofre con un dinero ahorrado, pueden distribuirlo entre ustedes. Yo no me pienso mover de aquí. —Pero si no te mueves… —No importa María. Aquí nací y aquí me quedo. —Haré el mejor almuerzo que jamás haya imaginado —afirmó luego del silencio entre sus miradas. —No te preocupes joven, yo tampoco me voy. ¿A dónde iría?, a un ancianato de vejetes; destinada a beber aguas con un tris de sal. No gracias. Me quedo. —Yo también —afirmaron en coro Mario y Roxana. —¿Y el negocio?, ¿cancelo el contrato con el distribuidor? —¿Qué dijo él? —Hoy enviará un camión de prueba para evitar problemas temporales a partir de mañana, pero para ello solicitó un guía que debe salir de la planta con el conductor. —Ve tu Mario. —¿Y si me necesitan? —Estaremos bien. —Nos dieron un plazo. No creo que lo rompan. No moriremos por un tropel rabioso –­empuñó su mano, enardecido. —¡Así se habla! —elevó Ania, su ronca voz.

El Rubio subió la última canasta de vino de la cava, y le dejó en el pasillo. Roxana eligió una botella, y Mario la descorchó. Ania fue la primera en sonreír cuando probó la torta de verduras con queso, adornada de trocitos de kiwi y fresa, bañados en dulce de piña. Después, María se acercó con una bandeja de pato relleno. Todos recordaron entre bocado y bocado, sorpresa e incredulidad, risas y vergüenzas, los acontecimientos de aquella noche en el tren; que cruza en medio de las modernas estaciones del sistema masivo de transporte.

Una ciudad que armoniza el pasado con el presente, exaltado en el corre-corre de aquellos que se dirigen a sus trabajos, o bien de aquellos que correr y correr es su lucha. Una locomotora que pasa junto a la enorme “nave espacial”12, cuyos anillos y espejos de agua, en medio de la urbe, equilibran lo apacible y lo moderno. Un lugar alguna vez blanco por las majestuosas granizadas que me es imposible evitar nombrar, y que hicieron el llamado a las sombrillas de mil colores a contrastar su tono con el suelo deslumbrante. Una granizada cuyos cristales perforaron el follaje, para dejar cruzar la luz naranja emitida por el sol. Un astro que iluminó los rizos encendidos de una mujer, a la cual le dolía el corazón al ver los rostros felices en cada clausura del Festival de Teatro13 organizado frente a la biblioteca.

Cortaban el pato, mientras la leña en la estufa se encendía aún más. El calor giraba entre los asientos, torneaba los brazos mientras memoraban el castillo al cual les había conducido aquella máquina, cuyos rieles deberían estar conectados al aeropuerto que evoca una leyenda.

Sin que se dieran cuenta de las manecillas del reloj, fue el tenue silencio que siguió a la última exhalación de risas, el que evidenció el gong de la entrada. Eran las 3:00 p.m.; se había hecho tarde. Mario se levantó por el estruendo del reloj, tomó algo de dinero, y viajó al otro extremo de la ciudad. María recogió los platos, y comenzó a lavarlos, entre tanto, Roxana y el Rubio hacían bultos de papel. Ania les observaba de vez en cuando, desde el comedor, se engañaba con un amigo ficticio, al que dejaba ganar la partida de dominó algunas veces, para evitar su ofuscación. Y solo cuando su mente lo recordaba, miraba prevenida las sospechosas flores.

Transcurrieron las horas en medio de los oficios, eran las 6:00 p.m., el Rubio había apagado la máquina. Fue al baño y lavó sus manos. Segundos después entró en su alcoba, dio vida al gramófono, y se sentó en el borde de su cama, con la puerta abierta, mirando hacia la ventana pintada en la tela, en compañía del Claro de Luna de Beethoven, que hacía su aparición en el firmamento. El tic tac como susurro, acentuaba el desasosiego del aire. Observó sus manos, y vio en ellas incontables pelos. Sintió el bastoneo de Ania hacia la habitación de María, cuyo último sonido en seco contra el suelo, crepitó al unísono con el estallido de las fibras del tejado, que había sido penetrado por rocas incandescentes, una de las cuales golpeó a Roxana en la frente. Su grito descendente hizo reaccionar al joven Rubio, quien bajó por el tubo de emergencias, caminó entre los escombros del tejado y las llamas, alzó el cuerpo, y la cargó hacia el balcón. Las refulgentes mariposas escaparon por las fisuras del techo, dejando a su paso una estela de dorado arsénico procesado por su cuerpo, lo cual hizo creer a los espectadores, que una roca había encendido algún madero, sin percatarse que sus pieles acaloradas, serían envenenadas rápidamente por aquel polvo brillante.

Llamó a María a gritos, le encargo el cuidado de Ania y de Roxana, que había metido las botellas de vino en esa habitación, luego del almuerzo; para que la canasta no estorbara en el pasillo. Corrió a la cocina, conectó una manguera al grifo para dejar a la gravedad hacer su trabajo. Luego volvió a deslizar su cuerpo por el tubo. Sin saber qué hacer, corrió hacia la entrada para calmar la furia, pero la habían sellado, y por más que la golpeó, no logró abrirla; sus nudillos sangraban luego de destrozar sillas en el llanto de aquellos goznes oxidados. Elevó la mirada al cielo, y vio cómo la circunferencia de la luna era eclipsada lentamente por una roca que se dirigía hacia sus ojos. Su corazón descansó por unos segundos, al ver que el sólido no logró su cometido. La adrenalina burbujeaba en su sangre al ritmo de las erizadas vellosidades que segregaban sudor. No obstante, un meteorito posterior cayó entre la librería, e incendió el lomo rojo de aquel vetusto, sin que sus petrificados ojos, pudieran hacer algo.

Un eco de voces enfurecidas y el golpeteo de palos contra el asfalto, acentuaba el ardor de aquella gente encabezada por Don Pancho. Un hedor a guerra, que se extendió al lugar en el cual había reposado el bosque; aquellas mariposas encendidas, cayeron sobre el lecho seco, propagando la furia que el viento acentuaría, al enviar hojas en llamas. En el horizonte, los ciudadanos no se explicaban el color rojizo de la luna, un nuevo fenómeno nunca antes visto, sin percatarse del reflejo de las briosas llamas en ella. Las vigas comenzaron a caer encendidas y melancólicas. Una de ellas empujó el mueble que albergaba aquellas figuras, con el único propósito de resguardarlas sobre el tapete rojo. Sin embargo, fue allí, calcinadas entres las fibras de los recuerdos, en donde un corte de Las Moiras arrebató sus vidas.

Sin tolerarlo más, subió a la recámara y cerró la puerta. Raspó un cerillo, y encendió la vela. El aroma a fósforo acortaba los sentidos. Observó el brillo del gramófono, cuyo mágico movimiento difundía aquella sonata frente a la sombra titilante. Movió su rostro en diagonal ascendente, de derecha a izquierda. Allí estaba ella, frente a la puerta de la habitación. La mujer suspensa, la del fuero interno, la que hace temblar las piernas con su sonrisa de dominio, la que tras ella se confunde el espacio con el tiempo, la que cree conocer y por ende amar, sin percatarse del impulso químico e irracional, que nos lleva a dirigir nuestro afecto a algún objeto. Allí estaba, mirando al joven de ondulaciones rubias, de vida difuminada en medio de artimañas inquisitoriales contra él mismo.

Mientras aquellas mujeres embriagadas, se bañaban en vino al reír a carcajadas, caminó lentamente y observó de cerca los ojos de la dama. Su cuerpo se estremeció cuando vio aquellas pupilas, reflejadas en las suyas. El humectado brillo confundía de nuevo su alma, sin percatarse que: aquel sonido y el tintineo de la luz, lo habían levantado de la penumbra, para verle una vez más a través de los orificios. Cerraron los párpados, anegando sus mejillas, y sin provocar el más sutil suspiro, Julio continuó su silenciosa declamación… Which steals men’s eyes, and women’s souls amazeth;14 …”, un tesoro, zonda que exhaló de él, su último aliento.

La tibieza del mutuo hálito reactivó el jabón perfumado que había impregnado la tela; un corrientazo que exacerbó el olfato al inhalarlo inconsciente. Abrió los ojos, y vio sobre la mesa la daga que mantenía allí, para recordar el por qué era buena, la vida en la cual se había encausado. Su brillo cortó las lágrimas que caían sobre ella. La empuñó, y con un resonar del teclado, cerró los ojos de nuevo, e hizo tres cortes en diagonal al torso de la pintura, cuya naturalidad regurgitó sangre hacia su mano, encausada por el filo de aquel cuchillo.

Incrédulo del líquido que escurría por la extremidad, soltó el arma anclada al muerto. La carencia de un alma, precipitó el cuerpo hacia el suelo de la habitación de la Cándida, con una consecuencia: una contracción de la pintura, que el mango del objeto generó. Al ver el hueco de pliegues hacia el dorso, se convenció de su demencia, y se acostó en posición fetal sobre la cama, limpiando con los labios, la sangre del miembro.

De repente, un estruendo movió las bases del balcón. Una roca había perforado la habitación de Ania, cuyos químicos reaccionaron al término del gramófono, para desprender del muro, aquellos lechos consumidos por las llamas.