Capítulo XXI

black-cat

Se han ido, al parecer ya no queda mucho por estas tierras, aunque las voces de las almas viajan por el aire. Sólo estamos tú y yo, escuchándonos mutuamente. Aún recuerdo la primera vez que besé a un chico; tenía cinco años, vivía en la casa de mi Abuelo; él tenía un sirviente moreno, de piel bronceada lentamente con los años. Su hijo me sorprendía, era hábil con las herramientas de trabajo, pero no muy bueno para esconderse; cuando jugábamos, me ocultaba en el pasto; no sólo sirve de colchón, sino que su altura es perfecta para no ser visto. En aquellos días me gustaba pintar, fue él quien me introdujo en ese mundo; teníamos una tarea para la escuela, sobre las Carabelas de Colón. A diferencia de mis amigos, que lo dibujaron con una bandera, yo quería mostrarlo sentado, comiendo un pedazo de pollo, pero lo único que logré dibujar, fue una gallina amarilla con las patas hacia arriba; fue él quien lo dibujó como en realidad se ve. Tomó mi tarea esa noche, y trazó las líneas junto a las mías, no hubo opción, tocó agrandar el plato. La escuela ya no existe, Don Rogelio me contó que fue destruida por los paras. Pero mejor no hablemos de cosas aburridas Trueno. Lo siento, siempre me distraigo, a esta edad es difícil organizar las ideas. Como te iba contando, fue un día cualquiera, un día inesperado en la jornada de la tarde. Ese día durante la mañana, mi reloj había sido la novedad del momento; cuando el cristal recibía la luz, reflejaba el círculo en la pared. Pero en realidad yo estaba más fascinado con la plastilina moldeada sobre viejas radiografías, con huesos pintados, prótesis de cadera, calaveras, etc… Recuerdo mucho que la profesora cuando escribía algo, corría inmediatamente a garabatearlo de nuevo en otro tablero, quizá no quería olvidar lo que había dicho, y necesitaba una copia, o tal vez se debía al tamaño del salón. Fue ese día cualquiera, en el tiempo de la siesta, cuando tuve el acto más puro y sincero de mi vida, y también fue ese día, cuando comenzó mi subversión de las normas.

¡Ojalá hubieras conocido el escarabajo! Mi juguete favorito era un carro tipo escarabajo con un mico de orejas grandes que lo conducía; su color hueso contrastaba con el azul y el naranja del automóvil. Bueno, mi padre me lo advirtió varias veces; —no lo lleves, no lo lleves… pero no pude contenerme. Lo inevitable ocurrió cuando la maestra lo decomisó; le puso sobre un mueble muy alto. Al primer descuido, intenté recuperarlo. Pero cuando al fin mi mano estaba a punto de cogerlo, luego de apilar sillas y estirar mi cuerpo, me agarró de la cintura y no pude hacer nada. Seguramente no tenía para comprarle un juguete a su hijo —sonreía el abuelo al gato, con un tono gracioso. Luego llegó la hora de la siesta. Un salón grande, lleno de colchonetas y cobijas, era el momento de nuestro retozo. ¡Sí! lo recuerdo muy bien. Nos hacíamos los dormidos, pero ella se dormía primero mientras leía una novela. En ese momento nos cubríamos con la cobija; esa era nuestra forma de conciliar el sueño… mirarnos constantemente.

Era una opinión mutua, ninguno quería que nadie lo notara, pero fue esa tarde, uno frente al otro, cuerpo con cuerpo, mirando el brillo deslumbrante de nuestros ojos, la pureza de la sinceridad; el estímulo para sentir lo que significaba un beso. No hay palabras para ello Trueno. Pude haber gastado mi tiempo enclaustrado en una oficina, condenado a muerte, claro está, porque no soy feliz con ello; pero quizá me hubiera tocado trabajar en una si hubiera acompañado a Rubí. O puedo desahogarme contigo… Pero por más que sea emotivo, no logro describirte el coctel de endorfinas que invadió mi cerebro. Un descarado beso que salió a la luz cuando la infame cobija se corrió. Todos nuestros compañeros lo vieron incrédulos por el inmenso pecado cometido, por la frescura y la falta de decoro; de la cual no éramos conscientes, jamás imaginamos que estaba mal visto. Fue ese día cuando la señora Marta, nos separó a tres metros de distancia, entre los baños de los niños y las niñas. Fue ese día cuando comprendí que algo, no sabía qué, pero algo estaba mal. Fue ese día cuando sus padres no lo volvieron a mandar a la escuela.

Esa noche me encerré en mi habitación, y fue el hijo del capataz quien me preguntó el porqué de mis lágrimas. Me decía que no importaba, que un carro nuevo se puede conseguir fácilmente. Pero no, no lloraba por mi escarabajo. No comprendía el porqué de mi silencio, pero se sentó toda la noche junto a mí.

A esta edad, en realidad el amor ya no importa, lo viví, punto, tan solo resta morir. Espero vivir más años que tú, de lo contrario ¿quién te cuidaría? No conocí la nieve, pero mira, conocí la nieve gris —sonreía. —¿Qué se supone que vamos a comer esta noche? —¡Miau! —¿Atún?, um…, lo dudo. Observa, todo está destruido. Pero quizá tengas razón, puede haber algunos enlatados. Y podríamos buscar madera. Por lo pronto es mejor esperar aquí. Esperemos que el agua retroceda más.

¿Qué será de Rubí? ¿Cómo estará la niña?, nieto. Nunca supe cómo educarla, pero le inculqué buenos valores, o eso creo. Menos mal que tiene a Mario, porque ella no sabe hacer nada que en la ciudad consideren productivo. ¿Por qué sería tan agresiva? ¿A qué tendría miedo? De pronto por eso leía sin mesura. Igual, eso es lo que hacen los colegios de allá, clasificar a la gente con notas. De pronto si está lista, y yo me equivoco.

No sé si arrepentirme por las ayudas que les di, o alegrarme. Una muerte figurada le hubiera servido. —¡Miau! —¡Sí!, yo sé —respondía al gato, como si pudiera leer su pensamiento.

Pero qué se le va a hacer, ya pasó, no creo que vuelva a verla. Tuve que pasar vergüenzas para que jugara conmigo. No sé si era más madura que yo, o soy un idiota por dejar que se volviera una gruñona.

—Miau

Ja, ja, ja —se reía por el acierto. A veces me parece que ella misma se tragó, ¿sabes? Siempre anduvo enfrascada en odas extravagantes. Yo creo que debió a su exceso irreflexivo de lecturas. Ojalá que en la ciudad logre ser feliz, porque aquí, rara vez vi que se le arrugara el rostro.

No te puedo negar que siento algo de culpa Trueno, pero ya no puedo hacer nada… deberíamos tener unos traguitos por aquí. Es probable que el balance llegue con la jovialidad de Mario. ¡Sí!, seguro, mejor dejémosla hacer su vida. . —¿Trueno? —no reaccionó, estaba apático y aburrido. Parecía no responder a su nombre­–¡Sin vergüenza!, ponme cuidado. ¿Estás dormido? —¡Miau! —Lo siento. —Deberías hablar… Esculquemos por acá, de pronto encontramos algo útil —buscaba en el armario. Mira, dejó varios vestidos, deberíamos hacer una cobija con ellos.

Al tocar las telas, sintió la diversidad de materiales, las distintas culturas y los estratos sociales.

Tal vez mañana los padres logren ser felices. —¿MiaaaU?

No fui un padre feliz Trueno…, es obvio, es una tarea difícil hoy en día. Deja la cola quieta…, bueno, quítate de ahí, los vas a arrugar. Y dale con el rabo, ¡digitígrado! ¡Ah!, a ese nombre si respondes, ¿no?… ¿La cola?… Um…—reflexionó—¡oscila! Debería ser así. —¿…eoW?

La sociedad debería oscilar como tu cola. Un gentío feliz, despreocupado por las añadiduras, como el dinero; y viviendo los instantes, aprendiendo, y conociéndose mejor. Un ramillete de virtuosas oscilaciones, que en últimas harían que el capital se comporte igual, entre las manos de las personas, accionistas; sin estratos sociales. ¡Ajá!, con un buen modelo educativoi30, tal vez. Igual, es un problema de la sociedad. —¿Miau? —bostezaba del hambre.

Je, je, je. Hagamos una cosa, zurzo estas telas, y así nos podemos arropar, ¿te parece? Además, por ahora, no podemos buscar comida.

A veces con la mirada ida, el abuelo tan solo hablaba y hablaba, como si estuviera escribiendo, ello descansaba un poco sus hombros. Veintitrés días habían bebido agua con cenizas, rica en minerales. El volcán tan sólo había tenido una indigestión, aunque la oscuridad era total. El abuelo se sentía en medio del espacio; el agua reflejaba las estrellas. Sólo cuando bebía, sabía hacia donde iba la gravedad, por ello anhelaba el día; los tonos naranja. Su gato comenzaba a tener delirios, a recordar y deformar la realidad que conoció mientras interiorizaba aún más, el conflicto del amo. En ocasiones, creía que era propio, pero se daba cuenta de no ser así.

—Siente esto nieto, es musgo. Suave ¿no? Siempre me ha gustado sentirlo entre mis dedos. Espérame aquí —dijo mientras el gato se dormía en la cama.

El nivel del agua había descendido lo suficiente. Pero los muros, que tenían sustancia orgánica de pronta descomposición, destilaban un tono verde, y un olor desagradable. Deslizó sus manos por la torre, observó con paciencia el deterioro de la casa. Tomó las llaves, y abrió casi todas las habitaciones. Las telas y papeles bajo el nivel de la última división de los armarios, se habían echado a perder; fueron pintadas con un color corrosivo.

Entró en su habitación, subió unas pequeñas escaleras que guían a un estrecho balcón, y percibió con tristeza que casi todos sus tesoros en la pared, estaban grises y carcomidos por hongos rojos, fucsias, y amarillos como el azufre. Salvó tres imágenes que la polaroid de su amigo había inmortalizado; una imagen familiar, una fotografía de un bosque de bambú, y una pareja pez payaso en un arrecife de coral. Aunque no había sido su intención cambiar de sexo, porque su tipo de homosexualidad no le permitía hallarse en el cuerpo de una mujer, esa fotografía31 les indicó que la vida prima sobre cualquier argucia de cultura ortodoxa. Fue el primer contacto que eximió a sus almas del karma que implicaba el amor mutuo.

En el muro había estado construyendo un mosaico con objetos y hojas disecadas, intentando imitar las imágenes que jamás volvería a ver en su averiada computadora. Las piruetas que tuvo que tolerar el disco duro, los intentos de inmortalizar los objetos para evitar su pérdida, o de magnificarlos para incrementar su brillo. Había tomado fotografías detrás de las hojas, con el sol por la cara opuesta; para transmitir una sensación de misterio y de esplendor, por ejemplo con las hojas del lulo. De todo el conocimiento adquirido, tan solo quedaban las imágenes en su memoria.

Su primera labor fue tapiar el área que se había desplomado. Para hacerlo, esa mañana salió de la vivienda con un hacha, hacia el bosque de guadua. Dejaba huellas a su paso, pero el fango gris no le permitía moverse con facilidad. Ya no existía un pequeño bosque entre su vivienda y el poblado. Ingresó a la casa que era de Don Rodrigo; imaginó que podía encontrar algunos enlatados en la cocina, y efectivamente fue así. Buscó una bolsa y los empacó. Las columnas podridas estaban a punto de colapsar por el peso del techo, un problema común en todas las viviendas. Continuó caminando, y tras una hora de paso, tan solo encontró diez árboles. Agarró la herramienta con fuerza, y de regreso, taló cinco. En ello gastó todo el día, ya que tan solo podía cargar de a uno.

Al día siguiente, dejó de nuevo a su gato en la cama, y buscó cuerdas, puntillas, grapas, alambre dulce, y un martillo. Pero tan solo halló cabuya y cinco puntillas. Abrió la guadua, y formó rectángulos del tamaño apropiado para construir dos muros. Uno para cubrir la pared del comedor que el agua destruyó. Otro para separar la futura cocina32 del comedor33.

La nueva distribución adoptada por el abuelo, se debía principalmente a la perdida de los muebles de la sala. Es probable que haya sido la corriente de agua la causante de la desaparición. Sin embargo, los muebles del comedor, aunque apilados, aún estaban, seguramente las patas entrelazadas evitaron su pérdida.

Una vez construidos los muros, empezó a armar un mesón para la nueva cocina. Enterró cuatro pedazos de guadua, y sobre ellos, amarró con cabuya algunos retazos del árbol, de manera que tomara forma de rectángulo. Finalizado ello, comenzó a destruir la estufa que era de Don Rodrigo; ya que de la choza que contenía la suya, no había rastro. Hurtó lo suficiente para construirle, el problema era la falta de pegamento. ¿Cómo se supone que uniría las piezas de la estufa? No tenía ni la mezcla ancestral, ni cemento. Levantó su pie, y al ver esa masa gris en la bota, decidió intentarlo. Fue muy efectivo. El pegante de cenizas aún perdura.

Le llevó comida al gato, y después de cerrar la puerta, decidió desarmar las camas y muebles que aún quedaban en las habitaciones.

Comenzó por aquellas que jamás nadie usó. Los palos estaban húmedos, aunque no podridos, pero la madera estaba muy pesada. Desatornilló con paciencia y llagas en los dedos, cada una, necesitaba los tornillos, tuercas, y puntillas. Cuando terminó, les trasladó a una sola alcoba, ahora, un almacén de madera húmeda. Desprendió los armarios de la pared, y los cargó uno a uno, para formar un muro de estantes en la cocina. También arrancó las cortinas, y luego se fue al bosque en busca de plantas apropiadas para formar una escoba.

Los viejos árboles, a espalda de la casa, fueron muy resistentes a la invasión del agua. En el camino, encontró un sauce, su corteza explorada en hormonas, ayudaba a las hormigas de cabezas blancas, vellosidades acarameladas y extremidades rojas, a mantener su rumbo; supuso que eran soldados, ya que las más pequeñitas estaban cargando granitos de algo. Cogió un tronco de aliso joven que estaba en el suelo, arrancó las ramas, y formó con ellas una escoba. No obstante, se rompería pronto, lo cual le condujo a hacer un ramillete de hierbas.

Cuando encontró la pala, arrancó inmensos pedazos de barro del piso. Cogió una lata de sardinas, un cuchillo, y visitó a su encerrado gato.

—¡A que no adivinas! Encontré sardinas. ¡Michín!, ¡Trueno!—sacudía al gato de sueños intensos y profundos. —¡Miau! —parpadeaba somnoliento. —¡Mira!, sardinas en salsa de tomate. Sabía que te iba a gustar. —Encontré esto hoy. Escúpelo gato idiota, es una foto. ¡Ah! Lo embadurnaste de babas, ni porque fueras un perro. No rasguñes la puerta, mañana te llevo a visitar la sala y la cocina. ¿Te parece? Estoy seguro que te parece. Bueno, si quieres dormir, ya sabes… mis ojos no se puede mantener más tiempo abiertos. Que descanses —pronunció con un bostezo mientras se cubría con la cobija de vestidos de su hija.

Un rasguño constante trozaba sus sueños, era el chillido de las garras del animal contra el vidrio. Luego escuchó un estruendo, el felino descolgó las cortinas, había estado jugando al malabarista durante los días de encierro. El tubo que la sostenía le propinó un golpe al cráneo del abuelo, que levantó su aturdido cuerpo de un estado de vida de aparente muerte.

—¡Miau! —¿Miau, Trueno?, ¡Auch!… Tendré que buscar una rama con espinas, no me aguanto más tiempo los dientes con sarro. Deberías explicarme cómo haces para mantener tus dientes limpios, ni siquiera sabes que es el flúor, y brillan más que los míos, es el colmo. ¿Dormiste? ¿Qué haremos sin cortinas? ¡Eso!, sigue jugando, ¿no necesitas una pelota? Ven para acá. Voy a mostrarte mi trabajo durante estos días, pero no he limpiado el pasillo, mejor te llevo en brazos. —¡MiAuuu! —Deja esa cortina en paz. ¡Suéltala! Contrae las uñas. ¡Vaya! Muy bien, así me gusta.

El gato escondió su cabeza en el pliegue entre la axila y el pectoral mayor.

—Mira, ahí estaban las habitaciones. No me preguntes por la sala, es mejor recibir a los huéspedes en el comedor, ¿No crees? Bueno, cuando tengamos qué ofrecerles —sonreía. —¡Miau! —Me hace falta terminar de ubicar las botellas, estaban desparramadas por la casa. ¿Por qué me miras? No siempre me miras tan fijamente. ¡Uf! Discúlpame, al parecer presentías un gruñido de mi estómago. —¡Debemos ir por la madera!—elevó sus cejas. No, mejor te dejo en la habitación. —¡Miau!

—Yo también tengo hambre, pero si no me dejas, no podré cocinar. Mejor dicho, tendría que dejarte en el piso, y luego ensuciarías la cama. Vamos —dejó al felino tras la puerta una vez más.

Cruzó el valle hacia el río, y a pesar de su poca transparencia, lavó la ropa, humedeció un paño de lino, y llenó medio cántaro con agua. Organizó los muebles de la casa, limpió cada hendidura en ellos, y cuando comenzó el aseo de las hojas talladas alrededor de la chimenea, deseó tener uñas más largas. Atizó la estufa para hornear la pasta que unía los ladrillos, pero no cocinó nada. Terminó de organizar las botellas de colores arrumadas en una esquina, y por último, meneó los brazos al barrer cada rincón de la casa.

Agarró un cuchillo, le puso sobre el borde de la lata, y comenzó a golpearlo con una roca; era de atún en aceite. Abrió la puerta, y almorzaron jugo de aceite de atún con lomitos de atún. Su lengua se movía de lado a lado limpiando los bigotes. Luego rascó su oreja, y se acostó en las piernas de su amo.

—Tenía un saborcito de más. Espero que no haya estado vencido. Um… De todas formas no comimos mucho. Espérame aquí, haré todo lo posible para que puedas salir mañana –­creyó haber cerrado la puerta.

El viento la empujaba lentamente, y el óxido de los goznes alteraba los oídos. Intentó arruncharse con las cobijas, pero el frío seguía tocando sus pelos. Luego empezó a sentir un leve cosquilleo en la piel, pero no le hizo caso. Abrió los ojos, pasó saliva, y vio la puerta abierta. Se estiró para desentumecer las extremidades. Luego comenzó a peinar los pelos por centésima vez en el día. Al brincar, sintió un mareo repentino, caminó hacia la escalera, y empezó a ver su entorno de forma distorsionada.

Las paredes de la torre chorreaban un líquido negro, alternado por rayas de color arena. La humedad del piso reflejaba estas sombras, mientras él se guiaba por la lejana voz del abuelo, que canturreaba de vez en cuando. Veía simios brincando de árbol en árbol, saltaban de liana en liana, y algunos caían al agarrar un fruto espinoso. Tal como había ocurrido durante aquel día, en que llegó al nuevo hogar. Las imágenes se estaban mezclando en su mente, un delirio de realidades que se evocaban entre sí, y le hacían sentir vértigo. Se detuvo un momento, y observó las columnas de la entrada a la torre. Cerró los ojos, y recordó un aroma a pescado, el mismo que identificó aquella noche de tormenta, e hizo que brincara sobre el abuelo. —¡Miau!

Al dar un paso, las pupilas reaccionaron al sentir inestabilidad en las baldosas de mármol, húmedas y desniveladas por los sedimentos bajo ellas. Su espíritu aguerrido le impulsaba el andar, pero el pavor colapsaba su mirada, y su objetivo próximo. Intentaba posar su pata sobre una baldosa, pero aunque la masa gris de la loza le daba un poco de seguridad, la humedad transmitía miedo a su cerebro; temor a caer. Observó una loza quebrada en dos, manchas en el piso como calaveras, y escarabajos devorando las malolientes paredes; un producto de su ansiedad por llegar a un lugar estable. Intentó evadir las baldosas, y caminó junto al guarda escobas, pero untó su pelaje de la materia verde, como si fuera musgo. —¿Qué rayos es todo esto? —se preguntó casi nauseabundo. Subió a una butaca atravesada en el camino, vio las sillas del comedor, pasó saliva, y luego brincó. Al caer, arrancó masa gris con las garras, y se agarró de lo primero que encontró. El lino verde del abuelo, le estaba esperando desde que escuchó el primer maullido.

—Si pudiera ver tu piel, diría que estás pálido. Por eso te pedí que me esperaras —dijo el abuelo, en un tono tan pacífico que parecía que se burlaba. —¡A qué horas me involucré en esto! Respiraba agitado, subieron un escalón, ingresaron a la habitación, y a mano derecha, un pequeño balcón con dos escaleras les esperaba.

—No te das por vencido, ¿no? ¿Encendemos la chimenea?… Entonces debemos ir por la madera —dijo mientras encendía el radio de su hija.

La madurez del caso, puso sobre las manos un hacha, lo pensó varias veces, pero no había remedio, necesitaba madera, y los recuerdos debían destruirse.

—Obsérvalo bien Trueno, no lo volverás a ver jamás.

Elevó la herramienta sobre su cabeza, y un movimiento pendular hizo crujir los palos. Dejó el hacha incrustada por un momento, y fue a encender la chimenea. El gato miraba desesperado a su derecha y a su izquierda, mientras las ondulaciones del fuego calentaban los pelos, y perforaban cada fibra de la casa, pero el abuelo lo consideró insuficiente. Tomó de nuevo el hacha, y lo fragmentó con mayor ahínco. El animal se aferró con más fuerza a la pierna del abuelo, pero éste le separó de un sacudón. Las vibraciones hacían destilar tinta al mosaico, esta aprovechaba las hendiduras de la madera, y la dirección de la humedad, como si un océano ayudara a desquebrajar el balcón.

—¡MIAU!

En el suelo, el felino pretendía conservar la cordura, observando las puntillas. Sacudía las mejillas de los escombros en su rostro, pero la angustiante impotencia continuaba girando su cabeza de lado a lado, a tal velocidad, que la imagen en su cerebro se convirtió en una sola. Giró su cuerpo, e intentó agarrarse del aire.

—¡Terminé! —gritó el abuelo—, esta madera podrida me costó mucho trabajo.

Vio a su gato desmayado, soltó el hacha, lo cargo en los brazos, caminó hacia el comedor, y le sentó en sus piernas un rato, intentando reanimarlo. Al cabo de quince minutos, el gato vomitó. El abuelo le trajo una tasa de agua, y le cuidó durante toda la noche, cobijados por la tibia atmósfera, que estaba secando los muros, y eliminando olores. Sentados uno junto al otro, con la caña extendida, el abuelo escuchaba el sonido de distintas escalas del río, luego de una noche de tormenta. En ocasiones no sentía que Trueno se comunicaba con él, sino que por el contrario, su mirada ida, le indicaba que maullaba a alguien o a sí mismo. Hizo caso omiso de esa peculiaridad, y le mostró con entusiasmo el trinar de las aves, que anunciaban el regreso de la vida. De hecho, pestañas de pasto asomaban sus ojos sobre la capa de nieve gris. Y el ave del paraíso retozaba con sus polluelos y su amada.

Movió los bigotes, su instinto lo llamaba, su mirada no estaba errada, maulló en tono de ataque, y su amo captó el mensaje. Un pez dorado bajaba por la cascada, era probable que cayera sobre una roca. Apretó el cinturón, y remangó el pantalón luego de haber estirado su blusa. El gato sacó todas sus uñas, y preparó la garra secreta en su cola, como anzuelo. Tan sólo esperaba que el pez resistiera la caída sobre las rocas.

—¡Allá está!—señaló al victorioso animal que saltaba de felicidad entre las piedras. —¡Miau! ¡Miau!

Un movimiento constante y enérgico de su cola lo impulsaba, para abrirse camino entre las burbujas que estallaban en sus ojos. Un resplandor blanco se meneaba cerca a la superficie. La señal fue mal asociada por sus neuronas, las cuales no captaron la trampa. Lentamente abrió la boca, el agua era filtrada por los dientes, y pequeños pescados luchaban contra la corriente. Las cubiertas de las branquias se agitaban más de lo normal, mientras las aletas pectorales se forzaban al límite para mantener la estabilidad corporal. Un zarpazo de la cola dentro del agua, impulsó su cuerpo hacia el supuesto gusano, pero cuando lo mordió, una señal eléctrica perturbó ambos sistemas nerviosos. Aun así, no podía dejarse ganar. Envió una señal aún más fuerte, de tal forma que absorbiera aquella provocada por el mordisco, y clavó con mayor ahínco su uña misteriosa en el paladar superior del pez, halándolo hacia él. Cayó sobre el lecho gris, lo cuarteaba con toda su fuerza. Los ojos grandes y brillantes parecían desorbitados; anhelaba el otro ambiente. Pero lo inevitable acaeció, espasmos arrítmicos lo entumecieron. Cuando el gato vio esto, se dirigió a su amo, y le mostró su cola. —¡iau…! —sollozó un poco por el dolor.

Analizó la cola con sorpresa y detenimiento, no había fractura, pero debía recubrir la punta por un tiempo. El gato subió por su espalda, se mantuvo de pie sobre el hombro derecho, y el abuelo cargó el pescado con la mano de ese mismo lado. Al llegar a la casa, tomó un cuchillo, y empezó a descamar la bestia roja, luego le abrió por mitad, y le insertó una vara. A continuación, arrancó un pedazo de lino de su pantalón, lo dividió en dos, y luego de cubrir la cola, apretó la tela con el otro retazo, en forma de moño navideño.

Tomó de nuevo el hacha, sus destellos refulgentes casi enceguecían, y al rugido de un maullido, ejerció fuerza hacia el piso. El mapa gris se cuarteó en segundos, regresando a su estado de cenizas. La luz del sol penetró hacia las raíces, y en menos de un parpadeo, todo el territorio se empezó a teñir de verde. Juntó sus labios en el interior de la boca, y los soltó por la presión del aire, pok, puk, pok… era el sonido que emitía, un símil del maíz pira en cocción, pero en realidad era su imitación del sonido de las primeras flores que veía exponer sus órganos al cielo. Un atractivo muy llamativo para los colibríes, y para las abejas, que iniciaban su nuevo panal en el bosque cercano.

Las tierras del pequeño venado comenzaban a retoñar de nuevo; la oscilación del aire generada por una mariposa, sacude el polvo amarillo de largos amentos colgantes del aliso, hacia las inflorescencias femeninas. El recubrimiento del nevado, tampoco se oculta. La llegada del colibrí ese día, fue el advenimiento de más de mil especies de aves colombianas, como de la danza de polinización. Adornó el suelo con algunas escamas nacaradas, y luego de hacer crepitar las llamas, acercó una silla para dar vueltas a la vara. Alternaba su atención con otro crepitar en la cocina, en donde una sopa de auyama y cremosa avena, estaba emergiendo al cuidado del gato. Al fin había podido ver cómo el vapor de una olla, eleva la tapa esporádicamente.

Mostró una garrita, y halaba pedazos de mojarra junto al abuelo, que hacía lo propio. Saboreaban la cacería, la instauración de mutua tranquilidad; el paso más radical para eliminar cualquier reminiscencia que el pasado había dejado en su perturbada vida. Al cabo de un rato, el gato se durmió en las piernas del viejo-joven.

Parece que durmiera en el aire; planea de regreso a su nevado, y extiende sus plumas de vuelo semejando dedos, como si un hombre hubiera encarnado en él. Un brote de flores amarillas adorna el prado. El río ondea la costa con un caudal brioso, que seguramente aumentará de nuevo en la siguiente época de lluvias. Su vida transcurre lentamente. Cultiva hortalizas, frutas ácidas y dulces, gusta de morder zanahorias durante el día, y las acompaña con una lima o una naranja. Hace mezclas en la olla, intentando variar los sabores, mientras ríe de las piruetas que Trueno hace para atrapar los escarabajos.

El brillo de la argolla del candado, relucía a diario. El fulgor era muy notorio al medio día, cuando la luz cruzaba con severidad la bóveda. El abuelo imaginaba que el contenido tras la puerta, debía estar relacionado con la existencia de su pupilo, a quien prefería dejar descansar en paz. Cada mañana y cada tarde lo evadía, pero el gato no estaba dispuesto a tolerar más enredos; por ello rasguñaba la puerta, insistiendo en dar luz al humus de esa habitación. La casa relucía como una tacita de té, digna de alguien que le ha cuidado mientras explora el campo, la radio, y algunas lecturas que había dejado Rubí. Pero la habitación que era de Mario, no podía contener más el vaho de la descomposición. Una nata verde, como aquellas que se forman en los lagos, se abría espació bajo la puerta, la nueva diversión de los escarabajos, y por ende del gato; que la rasguñaba con más fuerza, aunque su intención inmediata era agarrar algún bicho volador.

Preparaba su café, y luego de aderezarlo con miel, limón y canela, se mecía y observaba el atardecer. El cielo púrpura con destellos amarillos y rojos, era surcado por una sutil estela azul. Se mecía como era su costumbre, con los ojos fijos hacia el oriente. El gato despertó de su siesta frente a la chimenea, giró su cabeza, y vio los escarabajos jugando en el suelo. Aguzó la mirada, caminó lentamente, casi arrastrando las patas. Y a menos de un metro, mostró las garras y se impulsó hacia la puerta. Inevitablemente, la madera había sido casi trozada por los rasguños previos. El gato penetró tras el estallido que generó el astillar, y maullaba desesperado al ver las telarañas verdes que destilaba el techo. El abuelo se levantó aturdido por el maullido. Al ver la puerta rota, y una peste dirigirse a su nariz, corrió en busca de las llaves de aquel candado que había evadido. La insertó, la giró hacia la derecha, y lo quitó.

Los maullidos se hacían más desgarradores, mientras el abuelo intentaba caminar sobre el suelo resbaloso. No había opción, debía untarse las manos de aquella tela pegajosa, si quería rescatar al gato. Así fue, se apoyó en la cama, y tomó al gato por el tronco para llevarlo hacia el hombro. Una vez allí, vio la bolsa blanca sobre el estante. Lo pensó un rato, pero no había nada que perder. Buscó una butaca, y la agarró.

Dejó la puerta abierta, y al llegar al comedor, la destapó. Su mirada estaba estupefacta, no era la primera vez que observaba aquella imagen, pero era claro que ambos la habían conocido. Lo meditó un poco. Apoyó las manos en la mesa, y luego fue en busca del cofre en una caja bajo su cama. Miró a su gato, consternado, respiró profundo, y se agachó en busca del dibujo monocromático. Desempolvó el cofre; y desplegó la pintura. Un brillo blanco sobre los senos guió su mirada hacia el rostro. Exhaló. No cruzaban pensamientos por su mente, era más que tranquila, demasiado lenta. Eran iguales, la diferencia estaba en el color y las perforaciones. “Profunda”, fue la palabra que colmó sus neuronas para referirse a la sonrisa. Una sonrisa cuyos labios estaban listos para despegarse en palabras. Un par de carnes ensombrecidas sutilmente en los extremos, y bajo el labio inferior. Unos labios hambrientos como los ojos, casi devoradores, acentuados aún más por el reflejo de las mejillas. Pupilas oscuras, fijas al lado opuesto, como si el alma deseara lo que las palabras no afirman.

Escurrieron un par de lágrimas de sus ojos, relajadas gotas de alegría. El cenit de un duelo bien logrado. Un enfrentamiento contra la muerte, porque la vida es la muerte; no tener miedo a abandonar la mirada que se ha ido, o que decidimos dejar, ya que otras podrían venir o no. La vida es una oscilación de duelos, y la muerte de cada ciclo, es en realidad el verdadero éxito; ésta palabra no refiere a quien “todo sale bien” (porque en realidad hay algo mal en él o ella, aunque sea sutil), sino a quien es capaz de transformar el fracaso de cualquier tipo, la desilusión, en libertad.

Inhaló profundamente para saturar la sangre de oxígeno, y fue en busca de madera. La cortó, la afiló, y la pulió. Dispuso la pintura perforada sobre su imagen monocromática, y después de enmarcarlas, fijó una grapa al marco. Tomó un alambre, y lo enredó entre la grapa y las fibras de la guadua, que hacían parte de la pared frente al comedor; lo colgó sobre la chimenea. Tomó al gato entre los brazos, se sentó en la mesa, y descansó los pies sobre una silla. La mirada había regresado, y las hendiduras vino tinto habían sido zurcidas con trazos sin color. La observaba una y otra vez. La mirada lo llamaba. Dejó al gato en la mesa, y corrió una silla para poder verla de cerca. Deslizó su nariz, de abajo hacia arriba; lentamente viajó por las fibras. Era extraño, pero un aroma le recordaba al Rubio, quizá era sudor impregnado en la tela; recuerdos ocultos en moléculas. En realidad…, un perfume, la concatenación de dos vidas en un suspiro, un efluvio cuyo curso depende del entorno, y de sí mismo. Es la unión de distintas formas de amar un objeto, de tomar la determinación de amarse a sí mismo, y de dejarse amar.