Capítulo I

Cada noche, camino entre dos construcciones. Una está conformada por los dormitorios, cuyo muro cuarteado es húmedo; la otra, por la cocina y el comedor. Los muros están hechos de una mezcla entre excremento de vaca y barro, además del soporte que da la guadua, el roble y la tierra. Las puertas de los dormitorios son de madera, y hay una que está cerrada con un candado de óxido esponjoso, el celoso moho de un guardián. —abuelo, ¿y en donde está la sala?, —pregunté extrañado. Aunque no afirmó nada, comentó que prefería dar la bienvenida de los huéspedes en el comedor. Jamás había pensado en ello, y al parecer tenía razón; me agradaba degustar un trozo de atún mientras él narraba sus historias.
Creo que la casa expresa un poco de su pensamiento, una abstracta nostalgia de su existencia. La mesa del comedor es un rectángulo de borde tallado y lacado, de catorce sillas, mientras que el de mi antigua casa era una mesa redonda de cuatro sencillas posaderas. En una de ellas, un día mi ama amaneció muerta; seguramente del dolor que le aquejaba. Frente al comedor, una chimenea con doble boquete de ahumados ladrillos; de esa manera, el fuego también calentaba la cocina. Estaba incrustada en la mitad del muro, y adornada con hojas talladas de acanto; su vigor parecía retar al infierno. —Esta es la cocina, —decía el abuelo.
El material que resalta en el área, es la guadua. Hay un mesón improvisado, en realidad parece un rectángulo relleno de cenizas, y ocupa dos de las cuatro paredes. En la cuarta, hay un inmenso mueble cuya altura va hasta tres cuartos del muro, y contiene frascos de diversas formas, tamaños, y colores. Deben ser para almacenar polvos raros en la gama de los blancos, verdes, cafés y rojos, es la pared que se ve a nuestra derecha al ingresar a la cocina. Al frente de este mueble se encuentra la chimenea, por lo tanto, las tapias que observan mis ojos, y la que detalla mi ano, sostienen el gran mesón; que bien, podría decirse que son dos.
La naturaleza de la chimenea es hechizante, pero la luz del sol que penetra por cada una de las rendijas de la guadua, ilumina de tal forma que pareciese un espectáculo macabro de magia. Quizá tan sólo falta el vapor que se genera en una cocina.
Yo creo que esos frascos se verían mejor con etiquetas, pero el viejo parece que no me escucha, espero que algún día no espolvoree sal en el jugo de naranja. Me miró, sostuvo sus ojos verdes en los míos, y asintió como confirmando mi pensamiento.
Escuché los gruñidos de su estómago, y luego debí tolerar el olor de un eructo. —¡Debemos ir por la madera! —elevó sus cejas.
En el comedor, la estructura rectangular en madera que soporta el techo, presenta una hendidura en el centro, la cual sostiene los muros de cristal. Cuatro columnas de roble soportan dicha figura, imitan majestuosas columnas dóricas con hojas de acanto en el capitel.
Árboles desafiados por su imagen en un espejo de agua. Una imagen alterada un poco, por las ondas generadas en contra de la tensión superficial, al hundir mis pies. Estoy acostumbrado a llamarlo para disminuir mis nervios, lo intenté, pero en este momento me siento como un malabarista de circo que camina sobre una cuerda floja. Desde aquí, observo la profundidad del cielo. —¡MiAaaU!, —pude emitir un sonido rasgado, llamándolo mientras sentía que podía caer de la cuerda. Confiaba que en el caso de perder el equilibrio, pudiera agarrar la lengua de una quimérica bellota, sin que mi precisión se equivoque, y tome el fruto con espinas, destinándome a un sin fin desconocido. Los chayotes exponían sus miembros al sol, colgando orgullosamente de los árboles, ignorantes de morir al caer del bambú de cuarenta metros, mientras eran surcadas por peludos ladrones de lenguas.
La luz del sol era reflejada con ahínco por el espejo natural, y no podía distraerme cubriendo mis ojos del destello cada vez más intenso. La suavidad del viento penetraba cada uno de los espacios entre las inmensas columnas de guadua, develando sus más profundos secretos, en una danza circular e hipnótica que generaba alrededor de cada uno de los ejes de la extraña madera hueca y seccionada. Seccionada como si fuese un concierto de sexuales flautas que se cortejan unas con otras armoniosamente, mientras su danza reflejada en el líquido, intentaba confundir mi cerebro al hacerme sentir el viento en sentido contrario. Cruzaba tan rápido pero a la vez tan lento, que al salir del bosque deseaba tener un reloj de pulsera. El tiempo ya no era mío.
Frente a mí, había dos columnas de mármol. ¡Miau-reka!, maullé entusiasmado hasta que desenfoqué la mirada, y vi que sostenían el cielo, mientras las flautas herían el alma. De repente, aparecí en una choza gigante. La altura del recinto equivale al ancho del río, y tiene un radio de quince metros. Parecía un intento descabellado por recrear una pintura de Maurits Cornelis Escher, pero con la sutileza del gusto japonés de Vincent van Gogh.
El primer piso estaba inspirado claramente en una galería 2, en donde los arcos de la obra se habían convertido en el pasillo de la casa. Al caminar, me di cuenta que el espacio cóncavo y convexo, me había hecho perder mi orientación natural de equilibrio sobre el núcleo terrestre. Corroboré que la gravedad más que una fuerza entre cuerpos, era una propiedad del espacio, o por lo menos eso sentía. Solamente las losas trazadas por algún imitador de Vincent me ayudaban a agarrarme en tan espeluznante obra racional. Y en la medida en que caminaba hacia los arcos, me alejaba de uno y terminaba acercándome a otro. Creí haber visto algo gris entre mis garras, deben ser los trazos de la brocha del artista.
De repente, vi que la proa de un inmenso galeón, mostraba su comba vulnerada por una espada, que había sido clavada en su casco. De la vela colgaba una calavera rellena de cascabeles, como si fuese el sonajero de un niño, y chorreaba sangre oleaginosa de su vientre, al expulsar escarabajos que brotaban del mismo.
Intentaba caminar, como hasta entonces, con la diferencia de haber ingresado a un pasadizo igual de vomitivo, cuyas paredes acariciaban mi piel al excretar musgo; lo cual me hacía sentir, parte de ese intrincado mundo. Estaba ahora en un rústico balcón de una vieja casa, con la sorpresa, que desde allí, podía ver los arcos de catorce estructuras. Escuché un eructo, y lo imaginé sonriendo. Giré mi cabeza, y vi una cascada de agua que desembocaba en el suelo. En medio del delirio, llegué como pude, no podía creer que iba a bañarme, pero no hallé otra solución. Me lancé a ella de cabeza, creía que despertaría del sueño de su realidad, pero vi que arrasaba con mis uñas el óleo, como un peine al pasar. Caí sin más remedio en el inmenso y curvo planchón, giré mi cabeza hacia atrás, y vi que era el techo de un hogar. Desahuciado, abrí mis ojos, había agarrado un pedazo de lino verde, mientras su mano pasaba entre mis cabellos como yo lo había hecho con el óleo de aquella superficie. —¡Si pudiera ver tu piel, diría que estás pálido! ¡Por eso te pedí que me esperaras! —dijo el abuelo, en un tono tan pacífico que parecía que se burlaba. —¡A qué horas me involucré en esto! —maullé de nuevo.
Pero al recordar que debía volver a cruzar el bosque, no dudé en continuar el camino. Había observado un quinto del piso, mientras mi imaginación no podía permitirse ver un metro más del mismo. Su tamaño descomunal, explotador del espacio sin tiempo, hacía que mi vida en esos instantes, girara en torno a la única pierna del viejo. Guiado por él, se había convertido en mi tiempo.
Con mis ojos cerrados, llegamos al segundo piso por una gran escalera de madera joven, envejecida al estilo de Luis XV. Algo había pasado allí, me podía mantener de pie, como si el mundo del abuelo me hubiese absorbido, o como si mi resistencia al mismo se hubiera agotado. Sin embargo, ya no veo la mancha natural de mi brazo, además siento mi piel escurrida. Seguramente son impresiones mías, —¿piel que se arruga al subir pisos?, pensé mientras movía los bigotes. El estrépito mental fue silenciado por la solemnidad de aquella recepción, en una habitación digna de un emperador.
Otro balcón hizo su aparición, tenía múltiples antorchas, cada una a lado y lado de una pequeña escalera de acceso al mismo, ubicada cada diez metros en los 270 grados de los 360 del cilindro que constituye la construcción. En el muro, irradia una pintura al parecer sin acabar. De fondo blanco, y horizonte de amarillo tenue con alternaciones de ocre, suaves azules que acentúan la profundidad, algunos tonos magenta hacia las esquinas, y una lanza vino tinto apuntando hacia el interior, cuya sombra gris le hacía real; introducía a la distancia un eclipse total de sol, generando nuevos brillos y tonos en la pintura. En el lado próximo, una montaña rocosa que dejaba ver sólo un pequeño borde de brillo púrpura y base metálica, que imitaba las rocas nacaradas en la tierra del dragón naciente. Sutiles árboles acompañan el costado izquierdo, y aunque están cerca, conservan su propia distancia para darse a conocer. En el fondo, un erguido campesino sin oriente, divisa el imponente límite en compañía de sus herramientas de siembra. En medio del escenario, un mar tranquilo y calmo sin destino aparente, se dirigía hacia la derecha desgarrando cada una de las piezas del balcón, inundándolo con su agreste energía concentrada en un solo punto, devorando la vida a su paso.
El abuelo tomó el hacha, y empezó a destruir el balcón con una fuerza descomunal, ya no era más un inválido veterano de alguna guerra. Su muleta era ahora parte de sí, su extremidad portentosa y viril lo hacía una bestia destiladora de espumarajos entre sus dientes. Absorto e incrédulo de mis ojos, el tiempo parecía recobrar vida, y el espacio se unía a él, en una diametral distancia que evitaba cualquier minúsculo intento por detenerlo. En la medida que hinchaba sus bíceps, al ritmo que señalaba su codo, la luz acentuaba el filo del arma con un repentino destello, que indicaba el segundo señalado. De repente, el crepitar del océano con su fuerza descomunal, se inclinó sobre el centelleo, haciendo chasquear la gelatinosa madera. —¡Abuelo, las astillas no harán que perdure el fuego! —chirrié con un maullido. Me abalancé sobre su carnosa pierna de madera en un intento desesperado, mientras su objetivo se convertía en rumiado polvo, guiado por las corrientes de aire.
Era inútil, el cansancio era notorio. Giré mi rostro al horizonte opuesto, preguntándome cuándo llegaría al final del balcón. Agotado, solté la muleta y caí sobre el suelo, mientras las tachuelas brincaban diciendo —¡oui!—en su delirio de esporádica y vaga libertad sin sentido, como si su razón de ser, no fuese, estar clavadas.
Observé hacia el firmamento, caían algunos escombros del suelo del siguiente piso sobre mi rostro. La gravedad ahora era inversa al planeta. Los pocos objetos que se encontraban en el suelo, comenzaron a ser absorbidos por un truculento remolino que provenía de la chimenea. Allí estaba, sin la protección de van Gogh, a punto de ser engullido por las llamas sobre mí. Escalones cóncavos se desfiguraban de los cuatro puntos cardinales hacia el infierno flameante. El vacío se apoderó de mi cuerpo mientras el abuelo aún destruía su balcón. Era preferible la sensación del paracaidista sin su sombrilla, que la de aquel infierno espectral. No obstante, el polvo del aire, estimulado por el abuelo, y aquel del pasado, acumulado entre los maderos del suelo; comenzaron a formar lianas de acanto. Extensos bejucos verdes que sujetaba entre mis dedos, mientras un plasma de clorofila viscosa, parecía rechinar contra mis dientes. Mi cuerpo se elevaba hacia lo que debía ser el cielo. Un fogaril del demonio crepitaba las partículas del aire, en un épico combate espacial, cuyas flamas pulsionales deseaban culminar su labor al sentir digeridos mis huesos en sus entrañas. —¡Terminé! —gritó el abuelo—, esta madera podrida me costó mucho trabajo. Sonreía en plenitud como si aquel demonio de espumarajos se hubiese evaporado. Caí con el último movimiento de batuta del eufórico Beethoven en el radio, mientras las escamas mudadas a diario habían generado la fantasmal ola de piel muerta en la húmeda atmósfera gris de un cilindro sin visitar, el cual tenía un metro menos de balcón y cien centímetros más por pintar.

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