Capítulo II

Llegué por necesidad, a un lugar en el cual las ratas caminan aún por los cables de energía que cuelgan de los postes; a diez centímetros de cualquier edificio residencial. Las mujeres abren las ventanas con asco exasperante, tienen las escobas listas para el ataque.
Mientras el bozo de puerco espín se asoma con sigilo, los roedores mueven el hocico como si los bigotes les dieran el equilibrio necesario para cruzar; son conscientes de no tener sino una oportunidad entre el próximo poste, y su muerte. A cada lado de la calle, los mamíferos se observan, y comunican la estrategia a seguir por aquellas cuerdas, mediante la intensidad de su mirada.
Un barrio de calles estrechas, pero aptas para dos autos. Con andenes de concreto, cuyo borde de barrilete navideño verde y blanco, dibujado la navidad pasada por los residentes, evoca un espíritu de dulce unidad, que no cierra las puertas a ninguno. Parecía ebrio la primera vez que llegué, y la sensación se mantuvo hasta la última ocasión que estuve allí. Aquella vez tomé un medio de transporte masivo, era una tarde lluviosa. No había sillas disponibles, me colgué de una varilla mientras observé el hervidero de bacterias y humus chorreante en la articulación del bus. Un ambiente que despierta los más frívolos instintos de algunas miradas, mostraba el sosiego de otras, y una agotadora jornada laboral en aquellos colgados como reses de los tubos aceitados durante el día.
Las glándulas sudoríparas alimentaban el aceite; eran sometidas a distintas fricciones, según se los ordenaba el conductor. “Próxima parada Marly, destino, portal USME” reproducía incansablemente la computadora del bus, como una burla insensata de cuánto les faltaba para comenzar de nuevo su próxima rutina. “¿Y cuánto falta mami?”, reproducía la cinta un niño de cinco años, a su cadavérica madre de treinta y cinco, cuyos ojos desorbitados parecían salir de las cuencas, mientras en la articulación chorreante, una mujer y su marido aprovechaban las estregaduras que indisolublemente eran provocadas a sus cuerpos, por la presión de los demás pasajeros, con el auspicio de un conductor que intentaba evitar los huecos viales, que podrían averiar alguna parte esencial del mecanismo
del moderno artefacto de movilidad. “No puedo más” decía otro niño a su padre, “¡hazlo rápido!”—le dijo, mientras el salubre vapor del depósito en la bolsa, se mezcló con la intensidad del aire, frente a las miradas sorprendidas de aquellas mujeres celosas del portentoso pene del pequeño.
Son las 6:00 a.m., una estela de luz penetra sutilmente el frío de la madrugada. Los rostros pálidos son enrojecidos por el viento; por agujas que penetran suavemente cada poro, en un mundo en el cual tan sólo yo, parezco consciente de ello. La costumbre les ha invadido, y lo anómalo intenta abrirse paso como un volcán, que les logra develar la luz de un posible milagro. Pero su discernimiento crítico, se confunde ante la maravilla de cualquier bullicio prometedor.
Sus briosos cuerpos culminan débiles cada noche, al fulgor de las fricciones y aberrantes gemidos nocturnos necios de amor. Un vínculo por contrato que hace rechinar las camas, mientras los perros encerrados en las terrazas, frente a los amos descuidados, defecan y alternan la penetración, a excepción de aquellos, cuya disparidad de extremidades no les colabora. Pero al amanecer, la energía que bullía se disipa aún más rápido, al ver la normalidad. Los datos atípicos hacen honor a su nombre, escabulléndose en la maraña del olvido, deseando su fuga.
He ahí la felicidad de dos jóvenes. Uno de enmarañado cabello rubio, y de soeces palabras, que resalta su disgusto, por la falta del abrazo de aquellas cobijas incapaces de cocerle un desayuno, pero que a su vez, hace meses no asea. Su vida se reduce a la espuria emoción de un grupo irreflexivo, cuya cotidianidad gira en torno de la nada, en un imaginario que no llevan a cabo. El otro, de cortés y sedoso azabache, no advierte su fascinación de saber que disfruta del privilegio de estudiar en la mejor institución de la ciudad, aunque deba madrugar más de lo normal. Su madre cuece para él, huevos batidos con salchicha y queso doble crema con un aderezo de miel de abejas, y aros de colores sumergidos en leche tibia, mientras agradece a Dios la virtud de las becas. He ahí la felicidad de dos jóvenes, cuyo transigir y anhelos, se enlazan en una barra metálica, pero sin vínculo alguno.
Las personas, al sacudir del bus, recostadas unas en otras, hacen fila colgadas del cilindro, y las mujeres embarazadas acuden a tres estrategias: hacer más protuberante su estómago con algunas prendas de vestir, apoyar los ojos de ternera por degollar sobre aquellos ojos de hombres que como el suyo, les habían abandonado. Querían calar en el remordimiento de conciencia que en algunos casos no existía. —¡Siga, señora! Afirmaba el mismo sujeto cada mañana a distintas mujeres; un viejo decrépito, cuyos ojos como dados, filtraban su mirada para capturar un nuevo asiento, que pudiera luego ceder. Y por último, acudir a un entrañable rezago verbal, que intente hacer reaccionar la caballerosidad de quienes nunca han recibido alguna, y asisten al derecho adquirido de sentarse gracias a un tique.
Allí estaba, observando los rostros que gimen, los aturdidos, las miradas ausentes y presentes; los desgarros en la piel de un intento de sonrisa, que el exceso de botox no deja tejer, pero que la aurora de los ojos mengua; como la plenitud del océano exacerbado en los pliegues de la faz, de aquellos que llaman “la tercera edad”. Los desnudos visuales; los protuberantes senos que desvían las miradas de aquellos insatisfechos la noche anterior, sin saber que sus mujeres son quienes aparentan gemir frente a la triste virilidad de su marido; que debe descansar cada cierto período. Una virilidad que recuerda el olvido de los sueños, en una vida cuyos hijos son el motivo.
Ya no decía “¿Y cuánto falta mami?”, sino “¿Por qué tenemos que regresar madre?”, sin que aquel rubio pareciese disgustado de su estado. Al frente, un grupo de borrachos intentaban sentarse en el aire, riendo con sus ojos desviados en sentido opuesto de su cuello, y con la boca semiabierta. Atrás, en la esquina derecha del bus, el brillo de su mirada indicaba proximidad, un hombre de bata oscura, un monje, giraba una manzana como si fuera el globo terráqueo en su pulgar.
Al día siguiente, nada parecía haber cambiado, excepto por aquel muchacho de color azabache. Su madre había sido sustituida por otra persona que le hacía sonreír fríamente, mientras ella miraba con desprecio a los demás individuos del vehículo rodante, incluyéndolo a él; un aura de aparente paz escondía una relampagueante furia mutua. Un demonio que le sometía a su cultura y modales a cambio de frescura, juventud y libertad de subyugar, bajo el paradigma de “ayúdame que yo te ayudaré”, como si él lo hubiese pedido, un contrato firmado con la amorosa y sumisa tinta de su madre, quien creía firmemente en el beneficio que no podía ofrecer. Aquel joven hasta el momento intuitivo, amoroso, sagaz y feliz, terminaría siendo el reflejo de una mujer obsesiva, tiránica y hostigosa, que creía hacer el bien. En el transcurso de los dos años que habité estas tierras esperando un qué hacer, y en donde mis amados días eran rebosantes de incultas e ingenuas sonrisas frente a mi taller; no le volví a ver. Por el contrario, el joven rubio que se bajaba conmigo del bus, y se dirigía a su escuela, se acercaba cada tarde a la burbuja creativa de madera, queriendo ser un observador aprendiz, incrédulo de las bondades de los libros, aún sin haber tocado alguno.
En madera, yo esculpía la protección de un nuevo sueño. El ritual comenzaba cada mañana. Observaba los árboles, y pedía a la madre naturaleza su guía y permiso de cortar unos cuantos para la cena y el trabajo. El aire calmo del amanecer guiaba mis brazos al sendero indicado, mientras el bus había continuado su recorrido matutino. Desenfundaba el filo de mi hacha, y cortaba un árbol, luego de sembrar otro. Debía calcular sigilosamente su caída, para evitar tumbar aquel adyacente que la madre no me había permitido demoler. Al mirarlo, siempre encontraba en él, algún ave o nido.
La recepción consta de una vitrina hecha en forma de L, con caballos de madera, soldaditos, indios y vaqueros, damiselas en peligro, dragones, gusanos y castillos, caballeros y escuderos, sapos y oseznos, autos y locomotoras, aviones y superhéroes. Frente al armario, que está detrás de la vitrina, una alfombra frente a ésta, de rojo intenso como la sangre, y de excelso tejido a mano. En ella se sumerge cada tarde, algunos chicos de chaleco verde de la escuela lindante. El contraste navideño es alterado por las historias macabras, de caballeros rampantes, de delirantes justicieros, de ladrones benefactores, de mohanes, de patasolas, de lazarillos de Tormes, o historias vecinas que brotaban de mi descabellado andar, o aquellas que ellos se impedían conocer.
El tapete es un punto de referencia espacial, al estar sobre él, encuentro el armario a mi izquierda, frente a mí un balcón, y mi dorso mira la entrada. El balcón, es mi lugar de diseño, el cual tienen un mueble con cientos de libros. A aquellos que leí, tallé mi personaje favorito. Pero su vieja orfandad en la vitrina, los hacía irreconocibles a aquel grupo de desaliñados, que ocaso a ocaso vi crecer. Uno de ellos era un huérfano inquieto y atento, que vio materializadas las historias que devoraban sus tardes; que había preferido a cambio del vagar por las calles, y el ahora desprecio de sus amigos.
Bajo el palco, un arco herrumbre protege las futuras creaciones al otro lado del muro, en el taller-almacén, en donde frescos corazones de madera perfuman el ambiente, como un soplido divino, que neutraliza al vecindario del sopor sexual de aquel humor nocturno. Camas con cajones para guardar la ropa, armarios de impecable lacado, dignos de la realeza para un mercado vil a la nobleza; mesas, mesones, mesitas, y hasta arañitas, dignifican el lugar. Pedía a la vida detener el tiempo que me hacía viejo y solitario. Me niego la rotunda contundencia del abandono de aquellas sanguijuelas de cuentos y novelas.
Llevaba a cabalidad el legado de la familia, al calor de la intensa luz que titilaba en aquel salón de corazones puros; hasta el día en que llegó la carta.
Tengo 18 años, con un negocio prometedor, un aprendiz en boga, y disfruto el delirio crepuscular en un naufragio de historias. Me rehusaba a repetir el pasado de mi familia, un pasado más allá del sencillo arte de la madera; el cual desfoga todas nuestras pasiones al abrazar los árboles, y descarga nuestros ímpetus mal habidos, que purifican al contacto con la tierra. Ahora cargaba fuego a mi derecha, y agua a mi izquierda, había perdido la capacidad para producir una opinión, pero era a su vez la opinión del rechazo hacia la misma. Mis temores, de nuevo encarnados respecto al por qué, habían regresado.
Aquel mozo de profundos ojos, desperdiciaba sus abriles entre libros y diseños, mientras joviales mancebas mostraban sus nuevas protuberancias con profuso orgullo, deseando ser penetradas. Sus blusas en V, acentuaban la iluminación entre los senos, de abajo hacia arriba, destellando posteriormente el rostro. Recordé entonces, que las mujeres de antaño parecían menos preocupadas por la inserción, y les gustaba ser observadas de forma discreta, de los ojos a sus pies.
Quien había dejado impregnar de orín el moderno medio de transporte, ahora era mi mano derecha en la burbuja creativa. No tenía hijos, y no era mi intención en mi joven tez. Por ende, aquel chiquillo ahora de 12 años, era el nuevo jefe del establecimiento. Llegué una noche y me fui en otra. Sentía que era un adiós definitivo. Y al observar la carta, confirmé que tenía 22 y no 18, ergo el jovencillo tendría 16 y no 12.
De repente, me percaté de la existencia de avenidas acopladas a la montaña, cuyos barriletes de colores abrazan los bordes de las aceras, en un intento desbocado por dominar la tierra de nadie, y a su vez llamar la atención de alguien.
Ubicado en la mitad de la calle, se ven distintos ángulos en cualquiera de las direcciones que podría tomar. Entre las zanjas, a cada lado de las escaleras que bajan por las montañas, en medio de las casas; los niños usan costales para lanzarse por ellas como si fuesen un tobogán. Por otro lado, en una esquina, cerca de la cima, un grupo de adolescentes gira entre las manos sus cuchillos, cuyo filo roza el viento mientras nos observan y esperan la beatitud de sus vidas. Me detuve, vi venir el bus perseguido por maniáticos perros, que en su hambruna compiten entre sí, imaginando alcanzar la teta de leche caliente. Me subí a él, y allí estaba el supuesto monje, elevó su cabeza sin rostro, siguió girando la escarchada manzana sin saber cuándo morderla, elevó su cabeza de nuevo, y la mordió.

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