Capítulo III

La ventisca entra por la puerta mientras él sale. Los copos tropicales de cristal, estimulan las terminaciones nerviosas alrededor del pelo, que refleja el brillo de la luna llena; vellosidades que cargan el significado de la palabra: soledad. Es un corrientazo a través del sistema nervioso autónomo parasimpático, que estimuló mi saliva como perro rabioso, sin permitirme decirle “adiós”.
El retardo de la frecuencia cardiaca, leve pulsación del corazón, recordaba el cambio en las funciones del encéfalo que él había generado. Millones de dendritas habían sentido la necesidad de reproducirse como conejos, anclando cuanto núcleo se cruzaba en sus caminos, en una cuerda inhalación sexual por dominar cada detalle; capturar las ráfagas de información que él dejaba al modular aquel órgano rozagante de papilas, como una tabla de surf en un océano inmenso y desconocido, que no se alimenta por engullir, sino por experimentar.
Me enseñó que no había diferencia entre la lectura, y el abordo del mar hacia los huesos tarsianos en el pie, al chocar contra las falanges; mientras se hace uso de aquel objeto de madera en el océano, que actúa como una lengua que todo prueba y decide de qué gusta, e incluso con los sabores más amargos, es capaz de transmitir una percepción positiva. Yo creía abordarlo, pero era el lenguaje el que me abordaba. Un lenguaje distinto al que me había visto crecer.
Ya no portaba armas blancas en mi mano, sino que eran blancas hojas las que decían cargarlas. Historias de descabellados maleantes armados, que al acercar el terciopelo del filo de su arma a la carne más gruesa, ésta se abría instantáneamente en un grito de muerte ante el hambre. —¡Haber hermanito, bájesela de una! ¿O quiere chumbimba?, recuerdo cómo malversaba la lengua frente a un ser cuya cofradía impedía hacerme daño, y que veía su impotencia reflejada en el ansia de mis colmillos, y el brillo estelar del filo de mi navaja, como una extensión de ellos. La vida de las calles es una inmensa balsa de apática gandulería, en un canibalismo propio de la falta de un hogar, o del despojo de un uniforme, cuyo dueño no comprende y pretende heredar. En ese mundo que apenas alcancé a conocer, la escuela parece estar desprovista de propósito, en donde las pequeñas almas agobiadas no comprenden por qué están así, como dicen estar.
Día a día su dolor se transmite desde los deltoides, como un corrientazo a lo largo de su brazo, en un intento desbocado por atraer la mirada de aquel druida sobre una piel oscura, hábida de sed, con marcas imborrables, y profundas fosas entre las falanges. Un monje con apariencia de panadero, promotor de sueños sin libertad, aun consciente de la falta de la suya.
Es un rectángulo de sillas, que contiene una esperanza triangular de menor intensidad en la base, en donde algunos albergan su propia oscuridad contra los muros del salón, como esperando su protección, mientras oyen sin escuchar, el flagelo de aquel hombre. Un triángulo cuya punta no sólo se acerca al buda, sino marca el límite de la imposibilidad de tocarlo. Un límite transgredido por las mariposas monarca, que empiezan a brotar del suelo, en un oleaje de pasión desbordada de su corazón, con la firme convicción de penetrar la penumbra de la retina de aquellos que no intentan estirar sus brazos.
Algunas mentes asentaron la construcción de un lugar para sus posaderas, iniciado por la ansiedad de sus padres, por la angustia de verlos vivos y con un estatus más elevado. Sea cual fuere su elección, siempre es preferible a la que ellos tomaron, la que en muchos casos, les tocó. Hay otros, que sacrifican sus vidas en el porfiado patíbulo de la especialización por ella misma, sin oportunidad de abandonarla, o ante el cansancio que implica realizar el intento. Una carga heredada para algunos, un yugo ensombrecido en el salón de clases, para otros. Concentrar la atención de los chiquillos, era el habido esfuerzo que nacía tras la sonrisa de aquel hábito o bata convencido del estímulo neuronal que ha de inyectar desde el globo ocular.
Cierta mañana, en la cual mi padre había llegado borracho a la casa, abrí la puerta e intenté sentarlo en el suelo. Su sangre escurría entre mis dedos hasta llegar al codo, goteaba sobre la madera al ritmo de un batintín; su color caoba ahora era vino tinto. Sus ojos azules eran grises, y los rizos pelirrojos habían sido cortados. Ese era el prototipo de hombre a seguir. Uno de aquellos que desenfundaba sin miedo, pero cuyas ondulaciones no le permitían preguntarse si era mejor haberlo tenido. Un hombre sin nombre, ilegítimo, incapaz de curar al enemigo caído en combate. Un Argus temeroso de acercarse a una Medusa, sin darse cuenta que estaba en ella. No sabía si llorar o reír. Recosté sus brazos sobre mi espalda por primera vez, y luego lo solté.
En muchas ocasiones había querido matarlo, pero el monje me confundía, por un lado, me incitaba a hacer algo bueno con mi vida, por el otro, me enseñaba a mantener el tabú, porque de violarlo, su consecuencia era la muerte. Yo no quería morir a los ojos de mi padre, pero tampoco me identificaba con él. “El padre fertiliza la madre, como el capitalismo fertiliza la sociedad”, fue una de sus frases. Los hijos no podemos matar al padre (Tótem) y no podemos casarnos con la madre (La Sociedad). Quería revelarme contra el Tótem, porque sentía que violaba mi integridad humana. Pero al sentir su sangre por mis brazos, entendí que era un regalo de mi madre para fertilizarla de nuevo. El monje siempre hacía alusión a las ideas, pero él mismo se encargaba de castrarlas, catalogándolas de utópicas. Pero ello me indicó que eran ellas, las encargadas de fertilizar de nuevo la sociedad, y así, recrear al padre.
Cambié mis ropas y bañé mi cuerpo; para lavar las gotas que habían tocado mi rostro en su caída. Cerré la puerta, y dije adiós a un hedor inconfundible a lujuria y meados, tan sólo apaciguado por la calidez de sus palabras aquella noche, en la cual lanzó la bolsa de orina por la ventana del inmenso bus rojo, como si nada más allá que mi bienestar le importase. Arranqué una hoja de papel, tracé las líneas necesarias, y al pasar por la estación de policía, envié un avión cuyo recado decía: “Allí yace, a quien buscaban en su estación”.
Caminé por la arena de las vías, observando mis pisadas, como si cada una de ellas estuviera ensangrentada. Y sin la menor intención de llorar, fue inevitable el filoso corte en mis entrañas, que agudizó un silencioso brillo lagrimal, incapaz de limpiar las huellas en ellas.
Al entrar en la escuela, vi el edificio, cuyo balcón en el segundo piso, era la ruta de acceso a mi salón. Estaba rebosante de energía. Mis tenis antes blancos, podían aparentar haber tocado el pote rojo; no existía un solo estudiante sin pintura en su ropa. La pared del tablero ahora, era de un cálido amarillo amanecer, que resalta la tinta negra de los marcadores, y no un uso desordenado del color. El tono ascendía de la base de los muros adyacentes, y frente al acrílico, aquel muro de los lamentos, se había convertido en un apacible paraíso terrenal; cuyas gloriosas aves nos invitaban a montar sobre ellas. La amargura parecía un imposible ante la mirada de aquella obra, cuyo rugido de león dejaba atónitos mis sentidos; conocí lo que significaba la concentración. Todos habían levantado las manos sin vacilar; fruncidos o tranquilos, expectantes o ansiosos, hambrientos o radiantes. El monje se quitó su bata, sabía que la única manera de guiar nuestros ojos, era con el vigor de la luz, y colgó un prisma de tal forma que lo recordáramos siempre.
Eran las 12:30 p.m., la jornada escolar había terminado, y el limbo comenzaba de nuevo. —¿Y qué vamos hacer esta noche?, —dijo Uno. —Yo creo que es mejor merodear cerca a la chamba, —dijo Dos. —¡No parce! la policía está alerta a esta hora, —dijo Tres. —Yo no quiero hacer nada, —dije.
—No es que no quiera, ¡es que le toca!, ¿o se piensa abrir del parche?, —dijo Uno. —¡Está bien!, estoy cansado, no va más, —sentencié. —A ver hermanito, no creerá que todo termina tan rápido. —¡Pues espero que sí!, ¡no se le olvide que llevo la sangre de Caballero en mí!, afirmé con una mirada fija y flameante a sus ojos.
Les di la espalda, y a causa de la muerte de mi padre, se corrió la voz de la sangre en mis manos. Nadie puso en duda esa versión, y no tuve intenciones de hacerlo, su fantasma me protegía del daño ajeno, ni siquiera la policía intentó capturarme.
Al cruzar la puerta del colegio, frente a ella, un arco con una enredadera tallada en madera, de brillante caoba, replicó mi imagen. En la cúspide, de fondo blanco, con números romanos y manecillas negras; un reloj. Las voces cuchicheaban como golondrinas, y no podía ver el interior del almacén. Esperé cuatro horas recostado en el arco, con la esperanza de divisar la magia que había captado la atención del colegio. Levanté mis ojos, y vi una vitrina con figurines de madera, una alfombra, y un balcón. Entonces no comprendí por qué el espaviento. —¿Cómo te va?, puedo ayudarte en algo. Preguntó un joven mucho mayor que yo. —La verdad no, esperaba encontrar algo de diversión. —¡Pero seguro que si esperaste tantas horas ahí afuera, tienes las tardes libres!—, pronunció con un tono de voz confuso, me sentía retado, cómo si no fuese capaz de llevar a cabo las posibles labores que pudiera solicitarme. Pero a la vez, terminó la frase con un tinte de cordialidad, que me impidió pronunciar la respuesta en un tono adecuado. No sabía cuál era. —¿Me está ofreciendo trabajo?, cuestioné. —¿Por qué no?, dijo. —Acepto, afirmé sin duda alguna, lo último que quería era llegar a la pestilencia de aquel hogar ruinoso.
Al anochecer, me preguntó sobre mi estancia, mis juguetes, mi madre, y mi cama. No respondí ninguna, tan sólo lo cuestioné con aseveración. —¿Hay algún problema si vivo con usted?
Aún recuerdo su mirada impávida pero sonriente ante mi ceño fruncido, parecía inconsciente por el borde de insensatez que tocaban mis palabras. —No hay ningún problema, usa esta ruana, y vámonos ya. Tengo un apartamento arrendado a unas cuadras.
Caminamos por la calle opuesta a los fétidos recuerdos. Al llegar, no había nada fuera de lo común, unas ollas, una cama, y dos libros sobre una mesa de noche. —¿No tienes un televisor? —No son de mi interés, cada noche es lo mismo. Duerme, puedes usar mi cama.
Así fue, me desnudé, levanté la sobre-sábana, observé que era beis con franjas esmeralda. Metí mis pies, pero… en realidad ellos eran absorbidos por la suavidad del satín, que generaba en mí, una excitación espasmódica, para un cuerpo de nacientes vellos. Se acercó, certificó que estuviera cubierto con las cobijas, y encendió un velón en una vieja lata cilíndrica de galletas, a la cual había perforado estrellas, por las cuales se escapaba la luz. Salió de la cósmica habitación, y nunca le pregunté en donde dormiría. Pensaba en su paciente hospitalidad, mientras oía un rechinar en la cara opuesta de la puerta. Nunca había tocado unas sábanas tan delicadas. Las enrollé en mi cuerpo, cual capullo de seda, y olvidé por completo el torrente de ebrios glóbulos, al consumo de mi pensamiento en la cera.
Al día siguiente, mi ropa estaba lavada y seca, sobre el sillón frente a la cama. Jamás vi tan reluciente mi camisa blanca. Parecía que había pasado la noche despercudiéndola. Sobre ella, un jabón nuevo y un champú. Observé el baño a mi izquierda, e imaginar un chorro de agua tibia, encalambró mi cuerpo, cuya huella involuntaria quedó desparramada mientras se resistía al abandono del infame satín. Después del baño, usé el toallón de esponjoso algodón, y al secarme no encontré razón para mi hostilidad. Me vestí, asomé la mirada por un pequeño espacio en la puerta, y allí estaba, cocinando algo. No sabía si salir o quedarme. —Buenos días, —dijo de repente como si me hubiera visto. ¿Cómo amaneciste? —Bien, muchas gracias. —Mira, te preparé el desayuno. —Gracias, —repliqué.
No comprendía si hacía parte de él su amabilidad, o simplemente era un comportamiento atípico. Me senté en el pequeño comedor redondo de cuatro sillas, y tomé el chocolate lentamente para saborear su espuma. Parecía un milagro de Dios en la oscuridad y…, ello me daba más miedo. Pero había sido yo quien le había pedido ayuda. —¿Y usted no piensa desayunar?, —pregunté inconsciente de los tonos de mi voz. —No gracias, es temprano, yo desayuno a las 8:00 a.m… Cerró la puerta y le aseguró con un candado. Y en lugar de caminar, esperamos el bus. —¿Por qué esperamos el bus, si podemos caminar unas cuantas cuadras? —Me gusta ver el rostro de las personas en él, parecen ser los mismos cada día, las mismas expresiones, pero en realidad cambian.
No dije nada más, parecía una de aquellas respuestas que el monje añoraba algún día escuchar de nosotros, seguramente alguna vez estuvo colmado de cursilería, un ñoño disciplinado.
No giraba su cabeza, no movía sus ojos, sentía como si él todo lo viera. Desde entonces, y sin decirle el por qué, me alejaba de su lado al ritmo del motor, prefería acercarme a un “encopetado hijo de mami”, cuyo aroma a loción penetraba el más minúsculo poro en aquel frío mañanero, que los niños agitan cuando soplan.
Esa resultó ser nuestra rutina durante el tiempo que convivimos, aunque cuidaba muy bien de no repetir el menú del desayuno, tres días seguidos.
Nos dábamos la espalda cuando se abría la puerta del colegio. Había llegado temprano, olía bien, no tenía hambre. Centré mi atención de forma espontánea en la narración del profesor. —¡Quizá es el prisma!, —pensé. Me di cuenta que estaba distraído pensando en el por qué creía estar concentrado. Entonces observé el prisma sin cohibición, y en segundos no oía sino que escuchaba. Parecía que el triángulo había perdido su base. Giré mi cabeza hacia atrás, y vi la majestuosidad a mis espaldas. Lo confirmé, el muro había caído.
Esta mañana no tomé bus. Nadie se percató de nuestra falta. Los copos de cristal habían calado en mi memoria, e hicieron que aherrumbrara en este tono sobre el papel, un poco nostálgico. Toqué el suelo de cuarteada tierra con mis pies, intenté amasar un poco de ella con los dedos, y observé mis manos sobre las piernas; estaban listas para tocar el teclado, había sido su último regalo. Encendí el velón, y vi en el horizonte el brillo de la pantalla, cómo si en la selva hubiese correo electrónico. “Made in Vietnam” tenía tallado el liviano artefacto. Lo compró el mismo día en que arribó la carta. Había dejado mi ropa planchada, y almidonada de nuevo con yuca, sobre la silla de madera.
Un jabón nuevo, que había perfumado la camisa en el transcurso de la noche, hizo un llamado a la melancolía. Yo, el hijo del Caballero sangriento, temblaba de nuevo ante la soledad. Sabía que no volvería a verlo. Sin bañarme, asomé de nuevo mi rostro, y divisé un pocillo cuyo chocolate había hecho nata, no existía la espuma en él. Suspiré, y me dirigí al baño. Abrí el grifo con desgano, y perdí mi mente en una humarada de asfixiante vapor y agua hirviendo mientras intentaba comprender el sentido de la vida.
Una descarga eléctrica descomunal pasó frente a mis ojos, y se conectó con el sifón metálico en un destello púrpura cegador. Entonces reaccioné, la ducha se había fundido. Puse un pie en el piso, y vi como la tierra se ha transformado en barro. Caminé con cuidado hacia la cama, para evitar ensuciarme. Sequé cada parte del cuerpo, y usé talcos para evitar el mal olor que genera el sudor durante el día. Deslicé por mi cuerpo una camiseta verde, y un pantalón vaquero café con tirantes color naranja. Después busqué en el armario, y encontré unos viejos zapatos negros.
Esa mañana no tomé bus. Calenté el chocolate y preparé unos improvisados huevos. Cogí las llaves del taller y caminé. Eran las 8:00 a.m., había tomado la decisión de no regresar al colegio. Vi el taller-almacén más sucio que de costumbre, ni siquiera la recepción relucía. Cerré las puertas, y lo lustré hasta en el más minúsculo rincón.
Tomé algunos ahorros de la caja fuerte, compré la casa vecina, la demolí, y construí otra para agrandar el almacén de madera detrás del arco bajo el balcón creativo. Hice un segundo piso, el cual contiene cuatro habitaciones, dos baños, una cocina, y un corredor que los comunica. Luego hice una perforación en la pared, para unir el corredor al palco. Ello implicó mover un armario de libros. En realidad son dos balcones, unidos como una L, en donde la línea horizontal, representa el mirador hacia la recepción, hacia el tapete rojo. El mismo que anhelaba ser peinado de nuevo por los dedos de los chicos, mientras él narraba sus historias.
Con los brazos reposados sobre el barandal, en compañía de algunas plantas, y mariposas, que habían logrado filtrarse por alguna hendidura del techo; la nueva galería me permitía analizar y contemplar mis proyectos en marcha.
Cambié todo el techo de zinc por tejas que permiten el paso de la luz solar. Pero aquel de las habitaciones, preferí que fuera de barro, sostenido por vigas de lacado roble. El tapete, ahora era peinado por la estática de la cálida energía, que hacía que las arañitas, ahora de madera, a falta de una, tomaran el sol.
Observé la vieja vitrina, y rompí la pecera que les encerraba. Organicé el librero de tal forma, que cada uno, esperaba ansioso su figurín correspondiente. Por ahora, entre los libros, había un espacio vacío, aunque junté algunos. Las figuras que no asociaba a una obra, las dejé arrumadas en una esquina del balcón, a la espera de ser ubicadas. Tallé y cincelé el exterior de la casa, de muros en madera, unas puertas rectangulares, adornadas con arcos en piedra; para generar una sensación de fortaleza y protección. También había diseñado ventanas que aparentaban estar abiertas, y balcones en los cuales sembré plantas, que cada tarde y cada mañana, debía regar subido en una escalera. En ocasiones, algún vecino se acercaba y me preguntaba el por qué no lo hacía desde el interior, sin saber que en él, la placa de madera, como un bastidor gigante, rodea el almacén.
Deseaba vincular las habitaciones a un entorno más allá de una sierra, un lápiz, un martillo o un serrucho. Tapicé la placa con tela, y durante los primeros cien días tracé líneas, los otros cien aplique óleo, y los siguientes cien me di cuenta de que no era como estaba en mi mente. Cambié la tela y comencé de nuevo, dejándome llevar por mis instintos al pulso del pincel, sin forzar mis ideas. Disfrutaba las tardes imaginando cientos de formas de lograr la mejor integración, pero ésta solo llegaba cuando no pensaba en ella. Habían transcurrido seis meses y aún no había pintado la mitad. En la mañana cumplía los pedidos a cabalidad, y aunque el producto parecía una anomalía de mi mente, el cliente siempre expresaba satisfacción.

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