Capítulo IV

Cuando iba a dormir, antes de cruzar las escaleras que une los balcones, giraba mi cabeza a la izquierda, como si ellos me llamaran. —¡Hey, no nos deje arrumados! —gritaban. Comprendí que si quería organizarlos, debía ver cuál era su lugar.
Al día siguiente, madrugué. Preparé un chocolate muy espeso, unos malvaviscos, y calenté unas arepas; que al morder, veía como su queso se estiraba más allá del largo de mi brazo. Rocié colonia en mi cuerpo, usé mi camisa almidonada, el pantalón vaquero de color negro, un cinturón de cuero, un par de zapatos deportivos blancos, y la gabardina café con leche. Debí remangar los puños para hacer menos evidente su tamaño.
Eran las 7:00 a.m., las farolas de la calle aún estaban encendidas, y los niños debían estar en “las jaulas de clase”; así le llamaba al salón de clase desde que el viejo monje se fue.
Aún recuerdo la última vez que le vi, yo estaba sentado en la entrada del taller, me vio, y se acercó. —¡Cómo estás de grande y fuerte!, hacía mucho que no te veía. Es la primera vez que veo abierta esa puerta desde que el dueño se fue. —Y es la segunda vez que veo su rostro con mejor semblante. —Seguramente se debe a la nueva actitud de los estudiantes, parece que el salón los hubiese transformado. —¿Ya no son pícaros? —¡Lo son!, pero se respetan. Están recanalizando su capacidad creativa. El ambiente se hace menos denso y el aire es más terso. —¡Veo! —asenté mi cabeza. —¡Ahora se bañan!, ¡puedes creerlo! —elevó su voz emocionado. —¿Y eso es creativo? —No has cambiado, ¿no? —Me imagino, —abrí mis ojos con suave exaltación. —Se lo debo a alguien que quizá, jamás vuelva a ver. —¿Dios?, pregunté incrédulo. —No, quizá sí, tal vez lo envió, no lo sé, deja así, son puras pamplinadas.
Culminó su jerga con maromas en su rostro. —Un loco —pensé en voz alta mientras se iba.
Agresivas, es la palabra que describe las nubes lúgubres que ahora cubren la escuela. En realidad son el reflejo del aire que respiran esos chicos cada día. Conocía esa atmósfera, la misma que me vio crecer, la de voces grotescas, la de aullidos sin sentido, la de clamores de amor, la de carencia de los padres, la de sonidos que intentan difuminar la soledad, la zona marginal que la sociedad no quiere reconocer como propia. Tan sólo esperaba que no hubiesen borrado aquella pintura, el último vestigio del monje que refutó el “porque sí” de mi rebeldía, mediante la rebeldía con un por qué. Tomé la decisión de activar las sesiones de lectura. Una mañana caminé soplando entre mis manos, para calentar un poco el aire para mi nariz, mientras observaba cómo las madres corrían desesperadas detrás de los buses, que a las 6:00 a.m. ya no les recogen; van atiborrados de personas. Una de ellas seguramente sería desempleada al llegar a su trabajo, mientras otra era explotada mediante el “sistema de cooperativas”. Caminé aún más, cruzaba el barrio Santa Librada, encontré una silla, y la usé. Al observar, vi cómo una señora era insultada por su jefe, le gritaba sin cesar; yo no oía bien qué le decía…, pero elevó sus brazos con una olla tan rápido, que ella apenas pudo reaccionar. La sopa lavó su delantal de la cintura a los pies. Se recostó contra el muro del restaurante en cuclillas, cruzó sus brazos sobre las rodillas, y empezó a llorar. —¿Disculpa, sabes en dónde puedo encontrar una cocinera?
Me miró absorta por la pregunta, no parecía creer lo que oía, sus ojos analizaban mi rostro, y parecía considerarme un idiota. —Discúlpeme jovencito —pronunció enfurecida, con la nariz arrugada—, pero no estoy para bromas, debería dejar a las personas en paz. ¡Estudie!, en lugar de burlarse de la calamidad ajena, ¡retírese o grito que me está violando! —Cálmese por favor, vi lo que acaba de sucederle, y en mi casa necesitamos una ayudante de cocina. Reciba esto como un adelanto. —¿Son de verdad? —¡Siéntalos por favor!, ¿tiene hijos? —¡No! —Si decide trabajar con mi familia, la espero pasado mañana a las 5:00 p.m. en el taller de madera, frente al colegio de la Aurora. Allí se le brindarán las comodidades que necesite.
La siguiente persona que requería, debía poder cultivar y ser fuerte para cortar la madera. Pensé en un joven descendiente de alguna de las familias de piel oscura que arribaron a América del occidente de África. En 1810 Colombia pretendía la unidad nacional, en un siglo en el cual la sociedad cívica evocaba el respeto sobre la propiedad privada, inclusive en una población despojada de poseer su propia carne, y desplazada a la fuerza desde el siglo XVI. En Bogotá, la raza dominante es la mestiza y la blanca, por ende, USME no era la excepción. Si quería encontrar un joven de las características requeridas, debía desplazarme en bus hacia el centro de la ciudad.
Después de dos horas de viaje, emergieron construcciones coloniales, republicanas, de estilo colombiano, griego, francés, y alemán, cuyo refinamiento alguna vez de moda, tiene un aire sin ostentación. Calles adoquinadas como alfombras, contienen rieles de antiguos tranvías. Son arterias que se desenrollan como un tapete rojo, para acoger y dar la bienvenida a las capacidades de aquellas personas dispuestas a compartirlas, como de quienes sólo desean conocer una ciudad peculiar.
Caminaba por la acera, y al mover uno de mis brazos, despegaron miles de aves bajo ellos, como si les hubiese guiado al campanario más cercano; aleteaban al son de los niños que comen algodón de azúcar, mientras los ejecutivos charlan entre sí, como si estuvieran en el patio de su casa. En el horizonte, hacia el occidente, de su anillo vial emerge un sabio búho entre la fauna, y las verdes entrañas de inmensos árboles cuyo follaje contiene una idea por cada hoja que le conforma. Esta Universidad3 no es un culto, es El Culto a la libertad en la construcción de una nación y el continente. Y aún más al occidente, una pirámide de cristal azul, memora nuestro pasado bajo las aguas jurásicas y cretácicas de Pliosaurios capaces de “volar en el agua”4, que ahora yacen a dos mil seiscientos metros de altura sobre el nivel del mar, al emerger las cordilleras del océano.
Esta ciudad mágica se alegra cuando el sol emerge en medio de los cerros orientales, en particular, entre dos montañas, de tal forma que proyecta la luz sobre el Archivo Nacional de la República; el cual contiene los documentos inéditos de la historia de nuestra América, la misma luz que guió a Jiménez de Quesada a descubrir una gran meseta de inmensas cascadas y sabias culturas. Pero aunque estaba maravillado con la inmensa ciudad cuyos espejos de agua habían sido diseñados para evocar la tranquilidad de oriente, y a la vez reflejar los edificios, no encontraba aún a un joven negro, dispuesto a trabajar conmigo.
Ingresé a una casa colonial de incontables fotografías de antaño, a blanco y negro, solicité un chocolate espeso con queso, y una deliciosa torta de auyama, zanahoria y “el toque secreto de la abuela”. Luego pregunté a la tendera, si sabía de algún muchacho de cutis negra que quisiera trabajar. —Hijo, yo no tengo idea si querrán trabajar, parecen perezosos, pero dos cuadras más arriba hay un grupo de bailarines de currulao, mapalé, e insoportable bullerengue. Yo de usted no iba por allá. —Gracias, —dije. Ese tipo de comentarios nunca los hizo el sacerdote italiano. Recuerdo su lectura de Sheridan y Williams5, según los cuales la revolución industrial inglesa, debía mucho a las plantaciones esclavistas Antillanas; y en ese sentido, un gran porcentaje de la industria de antaño, por no decir que la moderna. “Vivimos en una sociedad asalariada, cuya raíz reside en la esclavitud”, esa fue la conclusión del religioso.
También recuerdo en su desorden de ideas, la crítica constante hacia la piratería, como un síntoma de la imitación. A veces sentía rabia hacia él, por su ímpetu explícito de cambiar algo en mí, que yo desconocía; sus comentarios hacían un llamado a la culpa de mi conciencia perdida. Todos los chicos del barrio visten marcas con pretensión, y cada prenda nueva merece un festín por el progreso de haberla adquirido, la cual exhiben como los gallos, cuando éstos despliegan sus plumas para hacer más llamativas las armas de convicción frente a otros contendientes. Cada una evoca el anhelo de ser un integrante de aquella comunidad del norte, que nos identifica y excluye al vernos. La imitación, es una expresión del vacío que me hizo empuñar las armas. Aún recuerdo esa mañana, sentí tanta rabia hacia él cuando vi mi atuendo, sin que jamás me haya preguntado por el origen, y significado de aquella segunda piel de vocablos angloamericanos, que en el estrépito mental, así una naranja, cuyo ácido encendía el oxígeno del aire por la presión que ejercí sobre ella; la lancé hacia su rostro, y por fortuna quedó aplastada contra el tablero.
¿Cómo se supone que voy a ser un buen amo si le contrato? —recuerdo que me cuestionaba en medio del desorden en mi cabeza. No quiero caer en el Paternalismo; el fraile decía que aquellos que actúan en ese papel, aparentan una conducta benévola, y terminan definiendo las diversas características de quienes están bajo su tutoría, muchos de los cuales actúan como huérfanos, porque lo son. ¿Podría llegar a limitar sus sentimientos o su conducta? Pero tampoco quiero tratarle como si su vida no me importara; un monto de dinero a cambio de una tarea específica, que además no está aislada de la constitución síquica de su vida. Siempre nos fragmentan en pedazos para optimizar nuestras tareas, como si hubiésemos nacido con cerebros colapsados por áreas, pero quizá debe ser así, supongo que esta forma de razonar, es un trastorno del pensamiento Universal que intentaba inculcarnos el monje. ¿Será que la especialización es coherente con la particularidad humana? —¡Ah, qué dilemas! —pronuncié en voz baja. ¿Será que yo aparento ser benévolo? Lo único que quiero es tiempo para poder leer y ubicar esas figuras parlantes. ¿Será que el joven aparentaba ser bondadoso conmigo, o era sincero? Desde que le conocí, no hago sino enredarme la cabeza. —¡Ah, qué mierda!—grité agarrando la cabeza con las manos, empuñándolas después de soltarla. —Disculpe caballero, ¿le sucede algo?, si quiere puede degustar este postre. No se preocupe, seguramente va a encontrar el personaje que tanto solicita. —Muchas gracias señora. —Es más común de lo que cree. Los extranjeros hacen muchas preguntas, y sólo a veces están contentos con mis respuestas. —¿Ah…? emití un sonido descendente. Ahora resulta que soy extranjero, —pensé.
Caminé las dos cuadras sugeridas, y Renoir cambió el telón de mis ojos con el Almuerzo de los Barqueros, pero con epidermis cimarrona, y sin toldo alguno. Sus cuerpos se funden con los pliegues de sus vestidos; pliegues amarillos, púrpuras, blancos, y rosa con cintas. Los pañuelos de líneas de colores ondean en el viento, y nos invitan a danzar junto a los bodegones en sus cabezas, cuyo equilibrio envidia una bailarina de ballet. Una escena acentuada por el azul intenso del cielo, y el color hueso del mármol de los edificios.
Al abandonar la mesa, no existe naturaleza muerta. Sus curvas engalanan el entorno, mientras dejan resbalar alguna fruta que perforan sutilmente en el agitado baile, compartiéndola con el espectador. La escarcha que exhalan aquellas frutas, dirige su brillo al firmamento, veteado cómplice del coqueteo inocente que envolvió mi cuerpo, en una explosión de matices que aprueba su jocosa sátira; la cual entretiene a aquellos que alguna vez les habían esclavizado, ahora, hipnotizados entre aromas frutales. ¡Ahí está! —lo señalé durante el segundo acto con mis ojos.
Sus caderas se movían al ritmo de la marimba, los tambores y las palmas. La rotación de los muslos, envidiada por cualquier mirada, acentuaba el brillo de su piel aceitada como almendra, nacarada conjuntiva y especular mirada.
Una tela blanca que viaja de mano en mano entre sus blancas palmas, adornaba sus cabezas, y encantaron mis ojos al develar armoniosas trenzas. El humor es uno con la atmósfera que exhalan sus labios, y provoca agarrarles de un pliegue verbal, como si el verbo fuese una pluma entre aquellos carnosos. Los rostros esféricos y cautivadores, suavizaron el último baile, para distraer a aquellos que no pueden divisar más allá de las glándulas mamarias. Una danza en donde cada nota musical de sincera absolución, memora su pasado en un ardor que no me permite imaginar la sociedad sin ellos.
Al finalizar la danza, sentí una sensación abrumadora cuando le vi sentado, y no sabía cómo acercarme para ofrecerle el trabajo. —¡Mucho gusto!, me dicen el Rubio —extendí mi mano. —¡Ajá! —elevó la A, para descender en diagonal el já—, me dicen Mario —se levantó del asfalto. —Veo, agradable baile —sonreía para suavizar mi tono de voz. —Gracias —afirmó tajante y desconfiado. —No parece ser hombre de muchas palabras. He venido a ofrecerle trabajo. Necesito una persona que se encargue de cortar árboles para mi ebanistería, diseño muebles. No debe preocuparse por la alimentación, o la estadía. ¡Ah! Y también debe cultivar un viñedo –¬elevé el índice derecho con la muñeca en alto. —¿Y por qué yo? —Imaginé que usted tendría la fuerza necesaria para la tala del bosque y la siembra del viñedo. Es una labor ardua que consumiría horas de mi tiempo. Por ello necesito ayuda. —¿Y por qué un viñedo? —Quiero atraer a los posibles clientes con su paladar. Uso distintos tipos de árboles, por los taninos, y cultivo bacterias para sintetizar enzimas, espero hacerlo más exquisito al añejarse. Además la elección del cliente me indica su grado de refinamiento, útil al tener en cuenta la madera y el diseño. —No entiendo nada de lo que dice—frunció el ceño. —La verdad, yo tampoco tengo muy claro como es el proceso químico, pero leí un poco al respecto… Las bacterias las conseguí en una tienda especializada… Supongo que son tus hermanos —señalé a su grupo de amigos. —De color, pero no de madre —afirmó. —Entonces podrías venir conmigo, y aprender la tarea que te digo. —Ahora hago parte de este Kuagro, tengo responsabilidades, derechos y deberes hacia ellos. No les puedo abandonar después de haberme acogido. En algún momento podría hacerles falta; podría ser su líder. —No comprendo. Si me hablas en términos de posibilidad quiere decir que no lo eres. —¿No soy qué? —vaciló al preguntar.
—¡No eres el líder! —contraje los músculos sobre el omóplato, al llevar los codos hacia el tronco, y extender las falanges con las palmas de mis manos dirigidas al cielo, listo para recibirle. —En un Kuagro los líderes son todos —pronunció sin dudar—, nace espontáneamente para afrontar una situación determinada, por eso debemos estar juntos. —Comprendo, pero no pierdes nada al preguntarles —le persuadí—, quizá entre ellos haya algún otro cimarrón con tus cualidades, ¿no lo habías pensado? —le cuestioné con un tono sobrio y natural, que sembró en sus entrañas el fríjol del engaño de la insignificancia marginal, que habría de enredar su mente desde entonces.
Lo pensó, me observaba con sus ojos intentando ver el artificio. Había salido de su tierra al no tener madre, ni padre, ni esposa, ni hijos. Es una población de hombres que cuidan sus criaturas mientras las mujeres ofrecen sus productos para poder alimentarlos, son mujeres de negocios. Su curiosidad le había guiado hasta Santa Marta, en donde aquel grupo de amigos le trajo a Bogotá, con la esperanza de una vida más prometedora. Hacía parte de ellos, pero no compartía sus ideales materiales, innecesarios en aquella tierra de la cual él provenía. Deseaba explorar, y fue la razón por la cual no había formado una familia, aunque decidió viajar en una.
Se levantó, hizo una seña con su mano, y se dirigió a ellos. Hablaron, me observaron en varias ocasiones, yo les sonreía, me observaron de nuevo, y se levantaron al tiempo, encalambrando mi mirada con la suya. Se acercaron, y lo entregaron después de un abrazo, como si fuese un hijo que se extravía del camino. —¿Y si no me gusta puedo regresar con mis amigos? —¡Claro que sí!, yo mismo te traería hasta acá, pero al ser nómadas no estoy seguro de encontrarles de nuevo. —Comprendo, les encontré por casualidad, y me advirtieron de la gente mala. Pero usted no lo parece. —Gracias, —asenté mi cabeza. —¡Trabajaré!, pero me gusta mucho el pescado, ¿le gusta? —me preguntó y sonrió arrugando los ojos. —¡Me pondré a dieta de pescado si es necesario! —afirmé sin dudarlo sabiendo lo útil que me sería. —Gracias —concluyó esmaltando la vista de nuevo.
De bombacho amarillo y camisa blanca, caminaba junto a mí hacia la zona de nombre San Victorino, cuyas calles ramificadas, en su punto de encuentro, permiten divisar una panorámica de casas antiguas de estilo europeo, que se transformaron en centro de chucherías para navidad, cumpleaños y demás festividades.
En una esquina, una viejita de plateados cabellos, de arrugada piel, aún con dientes, vende en su carrito de alambre, veneno para ratas. En la siguiente, otra viejita de vestido y ruana, de lacerados pies, vende envueltos y tamales. Al otro lado de la calle, un viejo de lunar peludo en la mejilla, usa sombrero, camisa blanca y pantalón café con tirantes, mientras lustra los zapatos de un joven de camiseta ancha y alhajados brazos dorados, que cuida su espalda con las gafas ajustadas sobre la visera de la cachucha. En diagonal, cuelgan del balcón de un edificio vienés, cientos de canastas de mimbre y abarrotes de fique y cáñamo, así como cobijas de llamativos colores para captar las miradas distraídas; mientras en dicho mirador, sobre muebles de Thonet, juegan canasta con barajas francesas al vapor de un café.
Todos caminan rápido y sin descuido, aunque magnetizados por las diversas ofertas que les hacen. Cruzamos entre la muchedumbre hacia la gran catedral del Sagrado Corazón de Jesús, cuya magnificencia evoca una época de custodia religiosa de las decisiones democráticas; una construcción en ruinas, de la misma forma que olvidamos nuestra historia; aunque gracias a la libertad de culto, el viejo líder de la “seguridad democrática”6 oró en ella para el custodio de sus acciones y las de sus subalternos. Por ejemplo, pintar el edificio adyacente7 a la catedral; honor al rublo principal del gasto gubernamental para el bienestar ciudadano. En la plaza de este templo, otra viejita contaba monedas sobre el asfalto, una tras otra hacía columnas de igual valor en distintas denominaciones. Su brazo le temblaba de tal forma, que al poner sobre la antepenúltima moneda, la última aleación de diversos minerales, todas colapsaban de un espasmo inesperado que desesperaba su hálito, y la enfurecía aún más, por no poder tirar hacia sí, sus greñas. Me acerqué, y solté de mi mano las monedas necesarias para llenar su vaso. Elevó su rostro y me preguntó desconcertada: —¿Qué desea güero? —¡A usted!, señora. —¡Cochino! —Sorprendida, abrió sus ojos, y gritó intentando sacudir un bastón a su diestra, sin ofuscar ni una mosca—, ¿no le da vergüenza hacerme semejantes insinuaciones en frente del templo? ¡Qué dirá la iglesia! —Disculpe, es decir, necesito de sus servicios. ¿Le interesaría trabajar como contadora de un taller que vende muebles? —¡Muchacho desvergonzado!, no juegue con esta pobre vieja mal hablada, cuya carrera quedó destruida por un marido vil que me drogó con su amor para luego dejarme en la ruina—pronunciaba en un tono dramático. —Siento mucho sus penurias, pero mi propuesta es en serio. ¡Observe al joven negro que juega con las palomas! —giré mi rostro hacia él. —¡Pobre idiota!—arrugaba aún más su rostro al reírse, mientras le señalaba con su índice derecho—, yo las veo a diario y no hacen sino comer y cagar. —…y la acompañan. —Sí, tiene razón—continuaba riendo. —Él es quien se encarga de cortar la madera, yo hago el diseño—afirmé observándolo. —Entiendo, ¿y cuál será mi paga? —Aún no lo sé, pero no le hará falta ni la comida, ni un hogar. —¡Jum!…Tan samaritano el muchacho —arrugó los ojos desconfiada—, pero usted tiene buenas nalgas… —examinaba mi cuerpo, mi voz y mi mirada. —¡Jum!…está bien —arrugó su nariz y contrajo el labio inferior mientras movía su cabeza de arriba hacia abajo—… ¡ayúdeme a levantar! —agarró mi gabardina como apoyo para su cuerpo. ¡Pero ayúdeme, qué espera! —¡Mario, vámonos! —grité tan fuerte que espanté las aves. —Mario, ella es… —extendí mi brazo. —¡Ania! —afirmó. —¡Mucho gusto Ania! —extendió su mano. —No me toque muchacho —le dirigió la palabra al mirarlo por el rabillo del ojo, con el lánguido cuello estirado como el moco de una pava. —Ania, espero que no tengas prejuicios —aseveré con mis ojos fijos en los suyos. —¿Acaso conoces una sola vieja que no tenga prejuicios? —me cuestionó. —No conozco ninguna otra señora de edad. Por eso te pido que no seas prejuiciosa. —Racista, sea claro joven —afirmó vehemente. —¿Qué significa eso? —preguntó Mario. —No lo sé Mario, y creo que Ania tampoco, ¿cierto? —la miré exigiendo acierto. —Sí Mario, no tengo idea de su significado —dijo con calma y arrugando de nuevo su nariz, con cierta inocencia. Discúlpame por no darte la mano, pero estaba sucia —la ofreció entonces, luego de intentar asearla con su ropa. —No se preocupe señora, a mi madre tampoco le gustaba tener las manos sucias. Las aseaba constantemente. —¡En serio! —exclamó sorprendida al ver su sinceridad. —¡Sí!, qué señora tan graciosa —se dirigió a mí. —Ania, deja esa bolsa —señalaba el pegante amarillo en su interior —no quiero volver a verte con ella jamás—¿entendido? —aseveré de nuevo. —Está bien, pero entonces me compra bagre de calidad mijo, mis dientes no soportan la comida dura y difícil de digerir —dijo con ojos tiernos y saltones. —¡Qué bueno señora, a mí me fascina el pescado! —¡Sí! —elevé mis cejas—, ¡qué alegría…! —exclamé en tono irónico. Al parecer van a tener más en común de lo que yo imaginaba.
Ingresamos a un restaurante de relucientes manteles, servilletas de tela, vino a la carta, platería tallada, y bóvedas iluminadas por lámparas de cristal reflejadas en el suelo. Se acercó un galán con un papel rectangular de nombres exóticos. —Caballero, lo siento mucho por sus acompañantes, pero ellos no pueden estar en este lugar —afirmó erguido de seguridad en sus palabras. —Garzón —le señaló Ania con su uña rota; hágame el favor y me trae el plato número dos y un Cavernet Sauvignon —afirmó sin mirar la carta. —No desearía mejor un Merlot. —No me crea ingenua, jovencito, estaré harapienta pero no he perdido el gusto. No padezco de eyaculación precoz —su ojo izquierdo señaló con desdén hacia su bragueta, al mirarle tan fijamente con el diestro, que hízole sonrojar y temblar las rodillas. —Discúlpenos joven, por favor sírvanos tres platos del servicio dos, y el vino que la señora exigió —solicité. —Señor, no quiero ofenderle como la señora acostumbra—fruncía el ceño en su vergüenza—, pero debo cobrarle por anticipado, comprenderá usted. Por otro lado, debo perfumarles un poco. Los demás clientes están un poco indispuestos. —No hay problema. Y por favor perfúmenos. —Con gusto —afirmó. —¿Cuál es tu melosidad con ese indiscreto, ah? —me cuestionó disgustada. —Debemos reconocer que tienes que asearte y usar otras prendas —le dije con cariño. Pero no comprendo por qué conoces de vinos. Yo pienso crear un viñedo y no tengo idea de esos nombres. —Ya te dije que un desgraciado me dejó en la calle. No quiero recordarlo —parecía ofuscada. —Comprendo, pero debes asesorarnos en la producción del vino—le persuadí. —¿Y para qué piensas producir vino?, ¿acaso no vendes muebles? —cuestionó. —¡Para enlazar los clientes!, exclamó Mario. —No interrumpas las conversaciones ajenas Mario, —aseveró Ania para afirmar luego… “Entiendo” —emulaba las comillas con el índice y el corazón. —¡No!, no entiendes, no se trata de enlazarlos sino de conocerlos. — ¡Si, claro! …“de conocerlos” —exclamó irónica. —En fin, me basta con que yo lo crea. —Menos mal, —asentó la cabeza compasiva. — ¡Camarero! —gritó ella. —Ania, por favor deja de gritar, ahora entiendo por qué te catalogas como inculta. —De malos modales, Rayitos, de malos modales —miró mi cabello al repetir su frase, de nuevo compasiva.
Las personas del restaurante pensaban miles de estratagemas para salir de su prisión. Una señora solicitó a su mayordomo rociar perfume hacia nosotros, mientras ella corría con prontitud, sin imaginar que Ania tomaría represalias, sorprendiéndolos con exhumaciones fétidas al dar luz a sus peludas axilas, que inevitablemente hicieron desmayar a la dama, mientras Ania se reía. Los demás clientes absortos, sentían pena ajena mientras cubrían sus narices con las servilletas. Sus rostros morados intentaban mantener la juventud, y sin pensarlo más, arriesgaron sus pieles y vestidos, para evitar el sofoco astringente que emanaba aquella anciana. —¡Mozo estúpido!, cómo habéis dejado entrar a mi negocio esa gente —pronunciaba despectivo el administrador del restaurante, mientras regañaba al camarero—. No tendrás sueldo por los próximos seis meses, hasta que canceles las cuentas de aquellos clientes, además, por tu ineptitud, deberás ayudar con el aseo, y realizar turnos dobles. ¿Entendiste?, —gritaba al joven de acento angloparlante. —¡Yes, Sir!, I can understand your misfortune and annoyance… —¡Pero yo no! —le interrumpí. Me levanté y dirigí al administrador, sin saber lo que aquel pelirrojo le había dicho, sólo imaginaba su respuesta, tal cual lo hubiese hecho algún gentil. Estaba indignado por el cobro al cual le había sometido—. Aquí tiene el monto necesario para cubrir su pérdida, y tú eres libre —le miré a los ojos. —Gracias señor, pero no es necesario. Puedo buscar otro empleo, además requiero sostener mi beca, y obviamente no puedo aceptar yugo gratis por seis meses. —¡Estudias! —me sorprendí—, ¡qué bueno!… ¿te interesaría trabajar conmigo?, te enseñaría a dibujar y a pulir la madera, además no tienes que preocuparte ni de la alimentación, ni de la vivienda. Observa, ellos son Ania, y Mario. También hacen parte del equipo. Y dado que estudias, puedes organizar tu agenda según sea el horario de las asignaturas. Lo importante es tener el producto reluciente para la entrega. ¿Te unes? —No creo que le agrade a la señora del Cavernet… —¿Y usted creyó que se iría así de rápido? —le interrumpió disgustado por lo que parecía era, otra innumerable huida de un empleado en un mes—, tiene un contrato firmado con la cadena en Miami. —Lo siento mucho Sir., pero apelo a la cláusula de maltrato hacia los becarios, y en tal caso, la ley me desvincula del empleo que ejerza, siempre y cuando tenga testigos. Y como puede observar, son tres. —Está bien caballero —se dirigió hacia mí—, acepto su propuesta, mi nombre es Jules, pero puede decirme Julio. —¡Lo que faltaba! —exclamó—, ahora debo ser amiga del camarero. —¡Ania!… —elevé tanto la A que podría descalabrarse en su caída, mientras advertía mi disgusto con los ojos.
Caminamos al ritmo de Ania hacia el sistema masivo de transporte. Al llegar a la estación, nos recibe una plataforma y máquinas registradoras que esperan devorar alguna tarjeta sin saldo. Hemos ingresado al caparazón metálico con puertas de vidrio. Estas se abren mediante un sistema de sensores al llegar un bus biarticulado. Cada módulo de la estación, está organizado por colores, rutas asignadas a las zonas de Bogotá.
Al occidente, el dorado firmamento permite a las tenues nubes crear la profundidad del infinito, alternándose unas a las otras con diversos matices rojos y violetas. Pero en el oriente, nuestros ojos lo ven a través de una pantalla de gotas de agua. Gotas que se acercan de una calle a la otra. Así, en una torre del occidente, un viejo en su balcón, se burla de la lluvia detrás de él, mientras observa el sol, y mece su cuerpo al beber un café. Entre tanto, en la estación, unos pasajeros intentan pasar de un módulo a otro, sin dañar el trabajo del estilista; ya que entre ellos no hay techo alguno. Hay quienes en dicho tramo, se resignan a un segundo duchazo, y caminan con lentitud; hay otros que aún con sombrilla… corren, porque el radio de ésta, no alcanza a cubrir su cuerpo de las rodillas a los pies; hay algunos que caminan porque creen que así se mojarán menos, ya que el viento va hacia ellos. También hay niños que giran las sombrillas al llegar al siguiente módulo, de tal forma que humedece el paño de aquellos que no se habían mojado. Otros creen engañar a la naturaleza, y en un repentino descanso de las nubes, cruzan entre las secciones, sin percatarse de los buses que avanzan por las vías inundadas, que al cruzar frente a la intersección, generan olas que cubren el cuerpo de quienes caminan… y tras dejarles fríos, inmóviles… no tienen más remedio que estallar en carcajadas. Allí estábamos, haciendo fila en un módulo con destino al sur. Pero en el mismo, había una ruta hacia el norte y el occidente. Mi descuido y su curiosidad, le llevaron a ver un sujeto oriental. Giré mi cabeza, y él estaba ingresando al bus equivocado. Corrí, y Julio alzó a Ania de la cintura, mientras ella pataleaba. Lanzó un zapato nuevo al rostro del hombre detrás de ella, que blasfemaba por el insulto. Logramos ingresar al bus, cuyas puertas al cerrarse, impedían la parada hasta la próxima estación programada. —¡Mario!—agudicé mis ojos en él—, ¿en qué pensabas?, me haces el favor y no te alejas de mí sin avisar —sentencié. —¡Yo lo sabía!, comenzó a refunfuñar Ania. —Ania por favor, no comiences —le dije ofuscado. —Lo siento, —dijo Mario. —No te preocupes, ya pasó.
El silencio nos invadió…, al otro lado de la ventana, los tapacubos de los carros en la autopista, giran de tal forma, que en ocasiones parece que lo hacen en sentido contrario al neumático. De repente, un silbato silenció el aire. Céfiro que al contacto con el rayo produce ondas expansivas calientes que retumban a las mujeres, mientras los hombres miran los destellos púrpuras, fascinados. Es un llamado de vapor que surge del interior de aquel edificio de mármol aún erguido, sostenido por un cóndor que agita sus alas en la cumbre, a pesar de las ventanas hollinadas y rotas del pasado, un pasado presente. En la entrada, una fila de personas con gabardinas oscuras de color café tostado, fuman puros, mientras sus sombrillas se unen como una tolda de retazos, para evitar mojarse. Los soberbios zapatos brillan para enceguecerse mutuamente, mientras ingresan al cobertizo para comprar un vaso de leche con yerbabuena, o un café con chocolate aderezado con crema de güisqui y canela, o queso y tamal; otros prefieren comida francesa o mediterránea, con un vino exclusivo para los pasajeros de aquella negra locomotora a vapor, de líneas rojas y nombres fundidos en inglés. La vieja locomotora se niega rotundamente a ser oxidada por falta de uso, como aquellos vetustos a su alrededor, y sin importar la carga, se muestra rejuvenecida y briosa.
Mis oídos habían detectado la fuente, que mis ojos excitados no dejaban de ver, mientras rogaba al cielo que este bus moderno y poco ruidoso, se detuviera, pero no fue así, nos dejó en la siguiente estación. —Estás loco, no quiero salir de aquí, además está lloviendo—gemía Ania. —Ania, no te preocupes será divertido. —¡Ya no estoy para exploraciones chico! —torcía la boca. —¡Yo me uno! —afirmaron al unísono Mario y Julio. —Si no nos acompañas, Julio tendrá que alzarte de nuevo—afirmé sin darle otra opción. —¡Descarados!… ¡sólo quieren mostrar mis piernas de nuevo, sacar provecho de mi juventud! —afirmaba con dignidad. —Si Ania, ¡eso es! —le daba la razón—, queremos sacar provecho de tu juventud, quizá los billetes sean más económicos. ¿Nos acompañas? —Tienes razón, sin mí no podrían viajar… —afirmaba con su cuello erguido y su protuberante joroba—, ¡Está bien!, vamos, pero no me dejen mojar —suavizó el tono de voz.
Salimos del sistema, y cruzamos la avenida en medio de la lluvia. Al correr hacia la estación de los Ferrocarriles Nacionales, en cada pisada nos salpicábamos mutuamente. Al ingresar, cientos de faroles metálicos con su resplandor amarillo, nos recibieron colgando de cables en el techo, iluminando el viejo reloj al lado de la taquilla, junto a una colección de teléfonos antiguos. Mientras tanto, las tinieblas se apoderaban de la última exhalación de luz, que en el horizonte, una mano irradia al encogerse. Además, la lluvia había logrado callar no sólo la sonrisa de aquel viejo en el balcón, sino la de todos aquellos emparamados que aún corrían, viajaban en el mal oliente bus, o de quienes debían dormir esa noche sobre la acera.
La administración del tren cada mes organiza un cronograma turístico distinto, para todos aquellos que se atreven a conmemorar el pasado o reconstruir el presente. Sin darnos cuenta, transportamos a Ania a la melancolía de una época, una en la cual la gimnasia artística había sido su máximo deseo. Un imaginario que si bien no pudo llevar a cabo, me comentó que fue gracias al desgraciado de su marido, que optó por bailar tango y cancán para ganar el pan de cada día. La misma danza que enamoraría a cientos de hombres, al parecer rudos pero delicados, y otros que parecían caballeros pero eran burdos en una sociedad cuya ley las subyugaba; este último, fue el prototipo que le habían seleccionado, y luego de noches entre pestañeos y rubor, le condujo a bailar para poder estudiar a escondidas con el dinero ahorrado, porque la había estafado.
Hoy es una de esas noches, en las que el pasado se hace presente. Una en la cual, el origen de la luz al interior del transporte, pierde sus rieles entre los espejos, los cristales, el mimbre, la madera, la loza, y las alfombras. En cada extremo del tren dos escenarios, una causa y una consecuencia. La barra a lo largo del vagón, le transforma en una pasarela de pasabocas, de colores que expresan una sensación que rechazan algunos y agrada a otros.
Tap, tarap, tara tu rap tap, ta rap tap tap, Tap ta rap, tu rap tap tip, tap tap.

Los tarap-tap-tap llamaron la atención de las voces diseminadas en los vagones; coches envueltos por aquel zapateo entre giros, raspoteos y repentinas piruetas que tras un chasquido del bailarín, evoca entre aplausos a la penumbra.
Después, humo despedido por vigorosas cámaras a través del pasillo, que a ras del piso, era iluminado por un reflector rojo, dirige zapatos de tacón hacia el escenario. En ese momento, buscamos un lugar en medio del expectante público, ansioso por el brillo que reflejaba las alhajas en las piernas de las damas. Un hechizo a los fueros pasionales de los hombres vestidos en angora, cachemir y poliéster.
También había, como yo, si no lo hubiese prestado a Ania, quienes evocan la sencillez de la rudeza; líneas de trinchera cuyo cuello en V hacia el ombligo, dejan ver la excelsa costura del sastre, que adornan con un detalle de sombrilla. No obstante, otros prefieren un cuello alto, estilo tortuga, con napa llamativa sobre las piernas, pero con los pies al aire. Por otro lado, hay mujeres sin blusa, de abrigos blancos, cuyo cinturón ancho abre la prenda en V desde la cadera, usan tacones de cintas negras, y se acompañan con un ejecutivo sobrio y sin sonrisa. Otras, usan botas altas de acabados parabólicos y de tacón agudo, que acompañan con blusas blanco mate de ondeantes líneas negras. Sin embargo, las más llamativas en la barra son aquellas de ruana tejida a mano en un solo tono, que ocultan el misterio de un cuerpo cuya piel en su rostro, es acentuada por una expresiva mirada color miel; misterio que contrasta con una joven de profundos ojos, cuyo cuerpo ceñido en transparencia, fue bordado por un tono pastel, que deja al descubierto uno de sus hombros. No obstante, hay otras que su sencillez no se puede describir, porque disfrutan de la compañía de su novio, el cual sostiene las manos de la amada sobre su rostro, sin percatarse de la pasarela de destellos.
Al llegar el primer tacón al escenario, un trueno enciende todas las luces en un espectáculo armonioso, en el cual cada una de ellas, arqueada, con la mano izquierda sobre el cóccix, mirando las uñas de los pies, deslizaba su mano derecha sobre la pierna, y al tiempo, alternaban la mirada al llegar al telón. Sus ropajes de cancán, estremecieron a Ania. Sus ojos lagrimeaban sobre los pómulos, añorando sus años de piruetas.
No pudo soportarlo más, permitió que mi prenda se deslizara por su cuerpo hacia el suelo, mientras unos guantes comenzaban a vestir sus manos, y un vestido púrpura casi transparente, bordado en orquídeas de diamantes, y ajustado en la cintura; enderezó su columna e iluminó su rostro con un collar, y un diseño de bucle en su cabello, adornado por una tiara que tan solo nosotros parecíamos percibir. Sus harapos dispersaron el humo rojo, y subió al escenario para que aquellas bailarinas la imitaran. Los giros profesionales de ellas, le hacían sentir los aplausos como propios. Giraba, giraba y giraba como un torbellino, un mareo que agotó su noche al caer exhausta en el suelo. Sus prendas púrpuras habían desaparecido, le conduje a su habitación al final del tren, y solicitó que abriera la cortina para poder ver la lluvia; que no logró apreciar, ya que la luna llena reinaba a las afueras de la ciudad.
Discos de setenta y ocho, y treinta y tres revoluciones alternan su oportunidad de ser escuchados por visitantes de Ikuo Abo y Ruko Fujisawa, que ahora alternan en el vagón sus pasos cadenciosos, entre zigzagueos de hombres de negro y mujeres de brazos descubiertos, bordados pechos, cintura sedada en cinta de seda, y una flor volcánica en su azabache cabello. El tren del espectáculo se transforma en uno de la integración de edades, al ritmo de cada silbatazo que funde aún más los cuerpos.
No es más que un baile de uvas pinot noir, pinot meunier y chardonnay, como abstracción del tiempo de maduración de aquellas parejas apasionadas, vívidas y sutiles, entre los quince meses o más de cinco años. Sin embargo, en otro vagón, hay quienes toman solitarias y agrias gotas de champañas cuyas flores son de frutos secos, mientras observan con detalle el mosaico de tonalidades de aquellas copas que danzan a lo lejos. Es el vagón del hombre que hace piruetas con las botellas, antes de hacer resbalar el vaso por la barra hacia su cliente. El vagón de un hombre frente a mí, que ha mezclado en la licuadora sesenta mililitros de ron blanco, cinco de jugo de toronja, quince de jugo de limón y cinco de marrasquino durante treinta segundos, a la cual agrega hielo frappé en su copa de champaña con el cristal empañado. Pero también era el de Julio, quien degustaba un Chateau Petrus 83 con la delicadeza de sus poco carnosos aunque rosados labios. Sin embargo, Mario prefirió ir a la siguiente estancia, para oír a un poeta embriagar el corazón de quienes entre velas se unían a su fulgor, para quedar fundidos en el satín de sus letras.
Era inevitable ver el fluir de la sangre hacia los labios de aquellas damas, entre los brazos de esos hombres que ya no eran flácidos. Parejas que sienten cómo el viento agita sus pestañas al brincar de puerta en puerta, mientras el suelo bajo ellos se mueve en sentido opuesto. Las habitaciones en este hotel móvil ya estaban ocupadas. La mía, en medio de los vecinos gemidos, se confundía en la extravagancia de mantener las sábanas sin pliegue de sudor alguno.
El costado diestro del cuerpo extendido en la cama, la nuca sobre la mano derecha, y la desnudez de su pierna izquierda formando una cúspide en la rodilla; fue la imagen que encontré en mi alcoba cuando el silencio del tren me guio hacia ella. Aleteó sus pestañas cual mariposa monarca sacude esporas en el aire, desnudó mi cuerpo con su mirada, y se levantó de un salto que entrelazó mis piernas, y puso una de mis manos sobre ella. Sus glándulas erectas regurgitaban leche sobre mí, aún sin haberla tocado intencionalmente. Llevó hacia atrás una de sus piernas, para hacer caer mi cuerpo sobre la cama. Movía su cabello intensamente rojo, hasta esponjarlo. Acarició mi cuerpo desde la frente hasta la ingle, con el roce de sus uñas carmín, que ahora agarraban mis testículos, mientras comenzaba a devorarme con sus labios, cuya tinta de aceite nacarado, marcaba el cuerpo a su paso. Un espasmo eléctrico recorrió el sistema nervioso, que no sólo humedeció las sábanas de salado sudor, sino que hizo segregar una sustancia transparente a la Cápsula de Bowman, mientras el torrente sanguíneo se dirigía hacia las cavernas del cuerpo esponjoso que aquella sujeta casi logra insertar en ella, de no ser por el empujón que un calambre de conciencia perturbó mi mente, para evitar colmar su deseo. Arranqué el cubrecama y cubrí la mitad de mi cuerpo, trastornado por la fogosidad de aquella mujer de ojos color turquesa, y pómulos rosados. No pronunciábamos una sola palabra, solamente nos mirábamos. Comenzó a acercarse de nuevo, serpenteando su cadera, sigilosa como una gata, sin comprender el porqué de mi rechazo. Rozó mis labios de nuevo, y al recordar lo que ella había besado hacía unos minutos, me produjo el asco necesario para razonar el vacío que ella no podría llenar. —¡Detente, no te amo! —le dije.
Me miró de nuevo, y parecía no importarle. —¡Discúlpame, esto no puede seguir!
Dirigió sus ojos a la ventana, les concentró en la Luna, se sentó en el borde de la cama, y empezó a llorar en silencio. Sentía que su juventud se iba como aquellos árboles al pasar. Había bailado toda la noche, y deseaba no tener que hacerlo más. A diferencia de Ania, no había nacido en cuna adinerada, tampoco había sido obligada a casarse con alguien, ni convencida de amarle. Su adolescencia estuvo marcada por una violación temprana en un barrio marginado, cuyo aborto clandestino, como una aspiradora de cuchillas, había esfumado cualquier vestigio de formación ósea en su vientre. Era el fantasma de quien sería su hijo, el que le atormentaba cada noche. Con el pasar de los años, su corazón concibió un nuevo amor, que renunció a ella por el daño que aquella máquina había ejercido en sus entrañas, impidiendo por siempre una nueva concepción. Desde entonces, se embarcó en una vida de triste penetración, a cambio de un hijo que le regresara…, aquello que había perdido.
Cogí la sábana para cubrir su cuerpo, y sin necesidad de comprender el por qué lo había hecho, la recosté sobre mis pectorales. Acompañé su sollozo durante la noche. De repente, Julio corrió la puerta; se disponía a tomar su siesta, pero al ver la escena, decidió embriagarse con la cegadora luna, apoyado en los brazos del barman.
En un parque cercano, un niño y sus amigos están sorprendidos de las esferas de cristal que emanan del calzado deportivo; tras haber lanzado una moneda en una fuente. El tren regresa, deja tras él una estela de escarabajos mientras camino por el pasillo. Las puertas están abiertas, parece que todos desean un baño de sol. Un hombre de cabello negro, respingada nariz, y pelo en pecho, tiene su cuerpo de medio lado sobre la cama, y la cabeza descansa sobre una almohada. Siente con tranquilidad al otro hombre, calvo, de pelo en pecho, que expresa a la pared su enigmática sonrisa, atisbo de felicidad entre la comisura de sus labios, mientras su cabeza se sostiene sobre la cadera de aquel sereno. En el siguiente cubículo, su seno respira de medio lado, mientras la sábana entre sus piernas cubre medio cuerpo, que el amado aún protege al dormir sobre su brazo derecho. Otra habitación resguarda sus cabezas a lado y lado de la cama, sobre un par de almohadas para formar un arco cóncavo al juntar sus caderas; una silla cuya pierna próxima se hace una con el brazo de la otra.
Algunas solitarias bailarinas tan sólo duermen en sus aposentos, pero otros aún exploran con pétalos la belleza de la columna de sus doncellas, cuyos pliegues de piel, dirigen las manos para acariciar las nalgas, y ver la insólita imagen del corazón flechado en el papel, mutado al cuerpo, perturbando sus sentimientos, que evitan transgredir al no narrar su turbia asociación a aquel cálido durazno.

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2 comentarios en “Capítulo IV

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