Capítulo V

Los remolinos de mariposas que dejan guiar su vida por la fuerza del aire, en realidad son hojas palmeadas de tonalidades otoñales, que envuelven a las nubes en esta localidad Bogotana; como enrollan las vidas de aquellos jóvenes agrupados en las aceras. El aroma a tilo y saúco, impregna las vías que sacian los pulmones, y sanan las penurias gripales. Todos provenían de un programa de arborización llevado a cabo por el viejo monje, en el cual no participé. Sin embargo, su benigno aroma, apacigua los impulsos frenéticos de psicóticos y vagos.
Caminamos en dirección al sur, es sábado, los niños en chanclas visitan la tienda para comprar los huevos y la leche para el desayuno, algunos prefieren cereal, pero hay madres a las cuales no les basta ello, y saturan sus platos con cebolla picada como aderezo al arroz con frijoles del día anterior, el cual absorbe el aroma a frito de los mechones verdes, y aunque los médicos no lo recomiendan, tiene un sabor agridulce muy particular, que aquellos chicos no pueden evitar degustar.
Frente al bosque, yace otro de habitados cubos sobrepuestos como tetris, y entre ellos está mi casa. En el andén de ésta, dormía María junto a una cesta de ropa. Introduje la llave, abrí la puerta, y les di la bienvenida a su nueva morada. —Ella es María, será la encargada de nuestra alimentación. —¡Buenos días joven!, no pensé que fuesen tantos, usted me contrató… —Por favor María, solamente somos cinco, seguro en tu antiguo trabajo cocinabas para muchas más personas —le interrumpí. —¡Mucho gusto! —afirmó María un poco apesadumbrada; no imaginó una familia moderna comprometida con más de tres hijos y una abuela. Tiene razón joven —continuó¬–¿y sus padres? —María, aquí no hay padres, mi familia tiene seis miembros y ello te incluye. ¿Me hago comprender? —Ajá.
Así fue como comenzamos nuestra vida casera de producción de objetos en madera.
Para desplazarse por la recepción, sentada en una silla con rodachinas, apoyaba una vara entre las hendiduras de la madera del suelo, luego se impulsaba. A Ania le gusta girar sobre su propio eje, como si con ello fuese a hipnotizar al posible cliente, mientras le ofrece una copa del vino que él ha elegido con anterioridad. No obstante, creo que le fascina más, hacer girar los números de la máquina registradora.
Lo único que intento es equilibrar las pasiones del cliente, de tal forma que el estrés acumulado durante extenuantes jornadas laborales, sea absorbido por la madera y transformado en cálida energía, que no permita por ninguna circunstancia, descontrolar la armonía del dialogo en su casa. De esa forma, el padre de familia no maltrata a sus hijos, como ellos tampoco lo harían con él. Por esa razón, no me agradan mucho los muebles de acabados agresivos, de líneas muy marcadas, la suavidad es importante. Sin embargo, cuando el sujeto ya no sabe cómo llevar su vida, y ha caído en un desespero suicida, la sencillez de esos maderos son los que le conducen a su equilibrio. Recuerdo mucho un hombre de tic en el ojo derecho, vomitó el vino sobre Ania, tenía un grave problema gástrico. Se había resignado a las medicinas, y tan solo quería un mueble para dormir. Al ver su trastorno severo, le invité a sentir una silla de profundas líneas rectas, muy marcada, pero no muy amplia. Cuando puso su regazo en ella, su alma supo que aquel experimento cúbico era el indicado para él. Al instante relajó los músculos, y evaporó su tic para siempre. Encajar en la silla, le había hecho sentir un fuerte abrazo, el mismo que sienten las reses antes de morir, es por ello que esos animales prefieren estar juntos; para compartir algo de seguridad. Es el secreto del carnicero para obtener una carne tierna. —Ania, ten cuidado, te puedes caer, deja de girar de esa forma—le decía Roxana—, aquella señorita de cabello encendido y piel de seda. Se dedicó a cultivar orquídeas de encrespados pétalos, y miles de colores. Cambió las macetas de helechos de mi balcón, y decoró las barandas con enredaderas de curubo, cuyas flores rosadas y fucsias, hacían aparecer colibríes dentro de la casa. Aquellos alados capaces de volar hacia atrás, y de mantener su posición en el aire, nos enseñaban cada mañana la inmensidad de lo desconocido. Jamás hubiera creído su existencia, de no haberles visto. Fue ese día cuando ella decidió acompañar a Mario. Nunca fui con ellos, pero la imaginaba descalza, caminando con sus enredaderas en el cuerpo, emanando leche por los senos para fertilizar el campo, mientras las plantas florecen al tacto de sus manos. —¡Mario! Prestadme la pala por favor. —Se encuentra en la bolsa Roxi. —Gracias, ¿La afilaste? —¡Sí señorita!
La concebía con las enredaderas de su cuerpo, agarrando la pala para penetrar la tierra lentamente, y depositar en ella, la semilla del árbol u hortaliza deseado. Mi joven tutor, había guardado un telescopio rudimentario entre los libros, con él, alcanzaba a ver las distintas tonalidades. Ella sembraba bulbos de tulipanes y gladiolos. Acodaba e introducía tallos en la tierra, aunque al parecer, gustaba más del escudete. Alcanzo a sentir un pequeño hálito de aromas; cuadrados de fresa, mora, durazno, tomate de árbol, zanahoria, papa, cebolla, frijol, auyama, ajo, lechuga, laurel y espinaca. Allí estaba, recostada sobre un viejo madero comiendo lechuga, parecía oír su chasquido, lo alternaba con un crujir de zanahorias.
La primera vez que lo apunté hacia ellos, súbitamente me vieron, como si algo les llamara la atención. Solté al instante el artefacto, y al enredar mi bota con un madero, caí de espaldas sobre el café que había dejado en el suelo. —Dejó de brillar, ¿tú también lo viste? —¡Sí!, —afirmó Mario
Pero en realidad el sol hace brillar cada ventana de aquellos cubos que resplandecen cada día, como si fuesen una sinfonía irradiada. —¿Cuántos talaste hoy? —Treinta, ahora voy a sembrar vides, espérame aquí. —¡No!, mejor te acompaño, ya terminé esta labor por hoy. —¿Por qué lo haces si él no te lo pide? —Um…Te voy a contar un secreto… pero debes guardarlo —¡Lo prometo! —pestañeó Mario los ojos. —En realidad quiero enfrascar esencias de algunas plantas… acompáñame —señaló otra vía en medio del bosque. Observa, ellas son algunas de las plantas que voy a preparar. Ayudan a equilibrar los males. —No pensé que creyeras en misterios, mi familia también tiene ritos, pero aquí la gente los toma como irracionales vestigios. —No son misterios, es sabiduría acumulada por las madres durante siglos. —Yo también te voy a contar un secreto, así será mutuo. ¿Te parece? —Estoy de acuerdo.
Llegó una imagen a su mente. El suspenso se apoderó del aire…, y el brillo de sus ojos acumulaba lágrimas, a punto de rebosar por los párpados. El dolor en sus entrañas le indicaba una falta que no podía subsanar. Su vida fue matizada en medio de colores, que en realidad acentuaban su tristeza con el mismo fulgor que destellaban sus dientes. Las tonalidades le habían hecho olvidar el porqué de su vacío. Lo vistieron sus amigos para bailar por Colombia, y borraron de su mente su lugar de origen, tal y como les ocurrió a ellos.
—No recuerdo a mi madre, ni a mi padre, ni el lugar de mí infancia. Sólo tengo una vaga imagen de crepúsculo, un océano oscuro, de resplandor dorado por el sol, y nuestros cuerpos fundidos con su reflejo en el agua.
Roxana no dijo nada, se acercó a él, y le abrazó como a un hijo.
—Pero aún recuerdas sus ritos, ¿cierto? —Sólo uno.
María cada día preparaba una cena distinta, jugaba en la cocina con cada producto que Roxana le llevaba en su canasta. En ocasiones, mi estómago estrujado no toleraba sus experimentos, y debía lavarlo con aguas efervescentes. Comidas dulces, agridulces y picantes, como si mi plato fuese una ofrenda de pimentones. Pero no podía olvidar a Mario ni a Ania, por lo que camarones y bagre frito o sudado, se hacían más comunes que mis propios gustos, que acompañaba siempre con casquitos de limón, o dulce de las frutas que cultivaba Roxana. El problema en la mesa, era por los cubiertos. Ania y Julio los usaban como expertos, Roxana y María imitaban a Ania, pero Mario me imitaba a mí, y yo no imitaba a nadie; aún comía con cuchara. La noche que intenté usar el tenedor, la carne salió volando al ojo de Julio, destilando cebolla agridulce por su mejilla. Y la noche que intenté con el cuchillo, se me caía cada minuto del borde del plato. —¡Ah, deja de hacer ruido!, dijo Ania quien llevaba varios días tolerando mis mofas no intencionales. Mejor come con la cuchara —sentenció. —Sería más fácil con las manos —remilgué. —De ninguna manera. Sería asqueroso. ¡Imagínalo! —Mejor no. La cena se estaba convirtiendo en un calvario para mí, que aquella explosión de sabores lograba mitigar un poco.
Salvé la mesa redonda del moho, y construí dos sillas más. Su lugar ahora era en frente de la cocina, al fondo del pasillo; desde allí, podía ver una inmensa, espumosa y fresca cascada. Unos luchaban por abordarla, pero otros peces brincaban en dirección de la corriente. El torrente flota como si estuviera en la Luna; flota sobre rojas cabezas de hongos pecosos; el trampolín de las aves que vuelan bajo la estela de agua. No emiten ningún sonido, solamente penetran el líquido una vez han identificado el alimento, y engullen con su pico para hacer suya la energía que había sido almacenada por los peces. Pero a medida que avanzan, los papeles se invierten. El agua es turbia, y el infierno nace bajo ella. De los intestinos de la tierra, un tornado devoraba la superficie, y era el causante de que los peces se tragaran a las aves.
Había mezclado azufre con el óleo, como si aquellas nubes amarillas que empezaban a invadir el bosque de hongos, emitiesen el fétido olor. De la espiral salía una mano desgarradora, cuya silueta verde era acentuada con líneas negras entre los huesos metacarpianos, para realzar su profundidad, mientras se metía en las aguas suspendidas. Otra mano sangraba a borbotones por la cutícula, había alcanzado uno de los bordes de los mefistofélicos peldaños de aquel tornillo; y el rostro de su dueño, con la boca abierta, los labios morados de gritar, los ojos grandes y profundos, en las cuencas rodeadas de una seda de piel sobre los huesos; destilaba pintura verde de su nariz hacia lo recóndito de su negra alma, como si sus entrañas no le quisieran dejar salir.
Junto al infierno, una mujer estilizada y arrodillada, con sus manos juntas, rodeada de gladiolos volcánicos, de iluminaciones de color miel; oraba, mientras su bata blanca era bordada por una planta enredadera de flores multicolores.
A la derecha del muro, frente al comedor, en la cúspide de la cascada, un cedro gigante era peinado por el viento, libera sus frágiles hojas, como transatlánticos secos en una tormenta oceánica. Bastaba con ir acercándose al cuadro, para sentir el desgarre de la sabia, y la inundación de una hojarasca sobre el taller.
El agua comenzaba a bullir al ritmo de la energía desprendida de la leña, y la cocina se tornaba sofocante e intolerable, las burbujas salían del río sobre la tela, cuyo volumen parecía aún más descomunal, por la sombra de maldad en el suelo. Dichas esferas eran perforadas por el filo agudo de las hojas, mientras la tela era desgarrada por tres perforaciones en diagonal, de izquierda a derecha. La madera tras ella, de repente, retoñó con el ánimo de zurcirla, como si la tela fuese un tapete persa, centro de la vida en el hogar.
De la esquina superior izquierda, irrumpió una venus de sedosos y flameantes rizos, que ondulan a su propio ritmo; dobló el lienzo hacia atrás para darse cabida en la estrechez. Sus piernas de sutil sombreado, usaban una estela de pliegues, incapaces de ocultar su pie izquierdo, ni la flexión hacia atrás de su extremidad diestra. Su prominente brazo, aceleraba el lanzamiento de una lanza, cuya punta cortaba el viento con un relámpago de venganza. Una sed insaciable, reflejada en sus ojos cian y sensuales mejillas rosa, pero arrebatada por sus estupefactos labios. El grito de aquella mujer decidida a liberar sus entrañas del machismo reinante, que la había esclavizado, y por ende a sus hijos; parecía impávida ante el disgusto de la naturaleza, no sabía si calmar el infierno de los hombres o la sed de savia que la infértil tierra requería de la muerte.
Todos mirábamos la pintura, pero en cada parpadeo más disgustado me sentía. Súbitamente, a pesar de la negativa de María, me levanté de la silla, y brinqué desde la baranda hacia la tela. La arranqué con mi peso. Todos se levantaron pálidos, mirando hacia el suelo. —¿Estás bien? —gritaban. —¡Sí!, no se preocupen, ¡continúen almorzando!
La cambié, tomé mi lápiz, y comencé a trazar líneas nuevamente. No tuve tiempo para atender el negocio, tenía varios pedidos saturados, y en algunos casos pedí a Ania enviar cartas de disculpas con indemnización por la espera. Necesitaba sentirme en la pintura, requería estremecer las entrañas de aquellos que la vieran. No podía limitarme a un par de tubos, solicité canecas de trementina, de aceite de linaza, y una paleta básica directamente a los proveedores. Rojo Cadmio, Azul Cobalto, Amarillo Cadmio Claro, Blanco Titanio Negro Carbón, y Verde Alfa Incendio.
El proceso de aprendizaje de Julio, que generaba un estruendo insoportable al cortar la madera, me llevó a detener toda la producción de muebles a cambio de un poco de silencio. Continuaron viviendo conmigo, pero en función de una tela.
Mi perfil izquierdo era perpendicular a la entrada del negocio. Las habitaciones se encontraban a mi espalda. Fabriqué un pequeño andamio para poder desplazarme por las paredes con facilidad. También instalé un tubo al balcón, para descender del pasillo al taller-almacén, con mayor rapidez.
Podía pasar los días y las noches en vela, reflexionando sobre el cómo hacer viva mi pintura y mi mensaje, sin hallar solución alguna. Pero con el transcurso del tiempo, mis ojos parecían agrietarse, y la tembladera inundaba mi cuerpo. La cantaleta de Roxana estaba colmando mi paciencia. Su deseo era verme dormir por un tiempo. No comía, no bebía, y tenía mi letrina sobre las tablas del andamio. —Por amor a Dios baja de ahí, que eso no generará nada bueno, —continuaba ella desde el suelo con su cándido rostro mirando hacia el techo. —Roxi, no te acerques tanto, que de pronto te cae pintura en el rostro, —dijo Julio.
Aturdido, necesité moverme hacia la izquierda, y sin intención alguna, la sopa que albergaba años de maduración hormonal sin uso, bañó su rostro atravesando su cavidad bucal y empapando su vestido. Sin sospechar tal estrépito, continué amasando pintura, y llamé a Roxana para limpiar lo que imaginaba debía ser un pote de trementina sucia en el suelo. —¡Ah!, —gritó ella hasta hacer temblar las cuerdas que me sostenían. Estoy harta, no te soporto más, mi boca sabe a… —no logró pronunciarlo. —¡No lo hagas! —le gritaba Ania.
—¡Julio, Mario, agarren a Roxana! —gritó María. Rápidamente, vi cómo las luces se opacaban en las sombras.
Había soltado la cuerda del andamio; el Rubio y sus canecas resbalaron por la tabla. Y sin querer, la pintura se había estropeado de nuevo. En el suelo, aquel tinte espeso sobre él, como una bendición de Melquíades, le había sanado la enfermedad del insomnio.

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