Capítulo VI

¡Ojalá nunca te hubiera hecho caer!, no fue mi intención, fue la rabia. ¿Pero cómo se te ocurre lanzarme ese pote de salados meados encima, y luego me ordenas limpiar el lugar? Cuando estaba en el baño, un poco más tranquila, sentí una atracción cerebral por aspirar un poco de ese aroma que picaba en mi piel. Percibí que no era tan terrible. Ingresó a mí como un cargo de conciencia, así que para evitar perderlo, tomé las tijeras y corté un pedazo de mi blusa, lo enfrasqué, y lo he mantenido en el congelador. Cada noche voy a él, y aspiro ese olor que emponzoña mis sentidos, se siente como un fucilazo al imaginar tu cuello. Creo que nunca debería haberlo aspirado. Creo que es amor. La verdad estoy confundida, no puedo dejar de inhalarlo. Parece una enfermedad. Hace dos semanas fui al médico, y después de contarle, me miró con unos ojos descarnados horribles, babeaba una lama verde que me impedía ver sus labios. Me dio tanta vergüenza que salí corriendo de allí. Mario es muy diligente, cuida con ahínco los cultivos. Cada tarde compra varios galones de agua al camión de los refrescos. Luego se dirige al viñedo, y limpia hoja por hoja el polvo que acumulan durante el día, yo no soy tan cuidadosa con mis plantas. A pesar de eso, parece que la peste nos ha caído. El viñedo está produciendo unas uvas que no son aptas para el consumo, y el vino ha perdido su exquisitez, y por ende, los muebles ya no se venden. Hemos estado enfrascados en conversaciones intolerables. Cuando me retiro, voy a la tienda y te compro este delicioso postre de natas inmerso en frutas que saboreo por ti. Me preocupa la codicia que Ania tiene, una extraña amargura que no comprendo. Y a veces dudo de saborear la comida de María… No significa que ella sea mala, pero creo que sus nervios han estado muy alterados por el régimen de menú que Ania nos ha impuesto. Ya olvidé el sabor del queso, del buen vino, de los camarones, del plátano asado, frito, y con queso y bocadillo, del ajiaco con alcaparras, y de las almendras que comía al trabajar. Creo que ahora nadie disfruta su trabajo, Ania lo ha convertido en una labor que nos hostiga. Parece que cada acto lo debiéramos a ella. Hasta el hecho de convivir en la misma casa. ¡Esta casa se está desbaratando! Ojalá me escucharas, ¿Quisiera saber qué piensas?, ¡pero vamos, di algo! —¡No lo sacudas más del cuello!, se puede fracturar —afirmó Julio al ingresar a la habitación. —Te tengo una buena noticia, hablé con la vecina, estuvo de acuerdo; ya que su casa da la espalda a la nuestra; mejor dicho, ya hice la perforación. —¿Contrataste a su hija?
Su nombre es Rosita —se dirigía al Rubio, ignorando a Julio, pero a la vez confirmando su pregunta. Por el dinero no te preocupes, estoy utilizando mis ahorros; como te dije, Ania restringió demasiado el presupuesto, y no aprobó contratar una enfermera. Así que no tuve opción, hice un hoyo en la pared frente a la puerta, y perforé los ojos de la señora que posa su mano izquierda sobre un asiento, fue lo único que se me ocurrió para que Rosita pudiera ingresar sin ser vista. Espero que no estés bravo… —¿Cómo lo va a estar, si duerme, Roxana? —cuestionó Julio. —¡Julio!, no te burles de mí —levantó la voz. —Lo siento —agachó su cabeza.
…Discúlpame, Julio me interrumpe, él también apoyó mi iniciativa, es mi cómplice. Mario guarda silencio, pero a él no le gustó que dañara la pintura. Yo traté de convencerlo, le dije que estaba averiada, como si el vapor de una plancha o una ducha hubiese corrido su tinta. Sin embargo, él no me creía. No te preocupes, en el peor de los casos compro otra, seguro la venden en cualquier taller.
También mantengo encendida una vela en la farola de lata, pero ahora la ubico cerca a la puerta, para que Rosita pueda verificar que la habitación está cerrada, antes de mover el cuadro. Aquí está, siéntela, es una mujer muy laboriosa. Ahora ella será la encargada de alimentarte… ¡Sí!, la encargada mientras cultivo mis esencias —reflexionaba con la mirada ida. No te lo había contado, pero en el bosque, le pedí a Mario no cortar una sección, para mantener resguardadas mis plantas. Lo otro era como una fachada, para evitar tus preguntas. Mañana comenzaré a envasarlas. —¿Esencias?, —preguntó Julio. —Luego las conocerás, —dijo Roxana.
Escribí una lista de alimentos, un menú que Rosita te suministrará por sonda. Ella misma lo prepara, así evitamos que pruebes las sopas insípidas de María. —¿Cierto Rosita? le preguntó Roxana. —Si señora —se dirigió a ella. —Vámonos Julio. Hoy debe comer Entero triturado. —¿Entero triturado? —No preguntes, ¡vámonos!
Una mujer acariciaba mi cuerpo con un gusto profuso por el serrato mayor izquierdo, como un niño que explora tierras ajenas, y al llegar al cenit, descansa placentero. Siempre aparece de imprevisto, viste una bata blanca, y oculta su cabellera con un gorro de encajes. Cada día destapa un estuche, sirve el caldo casi espeso, y al cerrar los ojos, me alimenta. Oigo un murmullo, un susurro de rezos que acompaña un constante látigo de su mano izquierda a la derecha; la sangre escurre por su pulgar hacia la cuchara, y por más que alejo la boca de ella, no sé cómo lo logra, pero me siento satisfecho.
Cada día, cuando oigo el pasador del recinto en el cual me encuentro, mi cuerpo se altera, siento sus manos inquietas revolcando mis entrañas; parece que sus ansias han ganado la batalla, su instinto me desnuda, y cubre mi cuerpo con el vaho de su boca, sin tocar ni un pelo. Los cambios bruscos de temperatura, condensan el vapor en cada vello. Luego espolvorea carbón sobre la pantalla húmeda y aceitosa, toma un papel tan suave como el higiénico, e intenta crear imágenes de mi cuerpo en él, aunque mi corazón alterado no lo permite; por el exceso de sudor que le convierte en barro. Abre sus ojos, y ve cómo su obra de arte se deshace, sin poder hacer nada; sus pupilas se exaltan, pierde la cordura, lleva las manos a su cabeza, las observa, y olvida los límites entre el artista y el modelo. Desde el talón y hacia la ingle, presionando ansiosa con los pulgares cada músculo de mis piernas, intenta concentrar el húmedo color; el cual se ha evaporado por el sudor. Es ahí, cuando comienza a llorar, mientras los pliegues de su piel besan los míos, para yacer en aquel cenit.
Es mi última exhalación, la agitación invade mi cuerpo, pero no logro levantarme por más que lo intento. No recuerdo el momento en el cual prometí a la dama, una colaboración artística de tal nivel. Intento hablar, pero no me escucha, cada día es lo mismo, creo que moriré de un paro cardiaco. Al principio me pareció interesante y divertido, pero ahora, la angustia me aborda, no la tolero, necesito levantarme, necesito gritar. ¡Necesito que se aleje de mí! Cada sonido es ahora más profundo, más agudo, y más estruendoso, se hace lento y el karma extenso. ¡Auxilio! —Doña Roxana —susurraba angustiada por el pasillo la joven Cándida ante el exacerbo de sudor de aquel paciente. —¿Qué ocurre?, cuantas veces te he dicho que no me llames, se pueden dar cuenta que estás aquí —como en efecto sucedió en el transcurso del tiempo. —¡Mírelo!, empapó las sábanas de nuevo, debe tener una fiebre altísima, o quizá sueña pesadillas. Debería llamar al médico. —Tienes razón, no es normal. —Regreso pronto, por favor cuídalo, y si Ania te ve, acudes a Julio.
Fue así como Roxana tomó la determinación de pagar los servicios de un médico, cuya valoración resultó positiva luego de algunos exámenes de rutina, aunque no logró explicar el exceso de sueño, imaginó que se debía a su trabajo sin mesura, sin embargo, recomendó realizar una tomografía PET. También sugirió que el exceso de sudor podía ser causado por la retención de líquidos en el cuerpo, y en tal caso debía ser llevado a la clínica. Para evitarlo, recetó la ingestión de tres gotas de una mezcla verde, que ayuda a evacuar fluidos y materia fecal del cuerpo.
Aún con la negativa de Ania, Rosita pudo continuar trabajando en la casa, al fin y al cabo, ello no dependía del presupuesto del taller. Explicaron a Ania que la Cándida ingresaba muy temprano cada mañana, y así, pudieron mantener en secreto el hueco oculto tras la pintura, para prevenir alguna situación de emergencia; un secreto que no sabría ni el Rubio. La doncella continuó con su ritual de exploración, no podía perder la oportunidad de aplicar las técnicas de dibujo que creaba su mente, y tampoco la admiración del hercúleo cuerpo.
El comportamiento de Ania, inexplicable a los ojos de sus compañeros, estaba colmando la paciencia, empero, ellos no se percataban de la profunda angustia que la mortificaba. Sentía sobre su espalda, la inmensa responsabilidad de evitar la desgracia que le había acaecido en su matrimonio, no quería olvidarse de nuevo, ni perder la consolidación familiar de aquel taller. Navegaba contra la corriente, en un lugar que necesitaba estabilidad, por ello pidió a Roxana prestarle sus botellitas aromáticas, para ofrecerlas como regalo a los clientes, y solicitó a Julio, interpretar el comportamiento de los mismos, a partir de ellas. Pero su tristeza expresada en cantaleta, se concentró en Mario. Era él, quien debía tolerar sus regaños, para ella el problema no se encontraba en la naturaleza, no existen los seres con pies de cabra y piel de musgo, que asuste a quien tala los árboles, ni monstruos que agríen los frutales; la incompetencia se encontraba en él. Mario continuó con su rutina, e intentaba omitir cada palabra de aquella anciana; cuya racionalidad le indica que sólo su argumentación lógica es coherente. María por su lado, optó por no angustiarse, había vivido muchas situaciones difíciles, de hambruna y tristeza, para ella no sería nuevo otra época de austeridad.
Hacía artificios de contabilidad creativa, esperaba encontrar números verdes que salden los rojos, pero la regla más simple le indicaba que sin ingresos no podía subsanar ningún gasto. Pasaba las horas enteras imaginando cómo llegarían a ser sus vidas, si no lograban salir del problema, fue entonces cuando ordenó a María la producción de postres y galletas, cuya harina blanca creaba un efecto de nieve en el taller. Ella preparaba los ingredientes sobre el comedor, y cada vez que sacudía la masa, el polvo era guiado por una cresta de aire hacia el rostro de Julio, que tallaba la madera en el primer piso. Así, en la recepción, las personas veían unas extrañas botellas de colores, unos postres, y frutas en su dulce.
Como las hojas rojas que viajan en el viento, personas bajo las sombrillas cruzaban con sus mascotas en frente del negocio, sin girar su rostro hacia él. Fue entonces, cuando Ania ordeno a María preparar una mezcla de comida crujiente, cuyo aroma debía captar sin excepción todo animal que pasara por aquella vía. Fue así, como llegó un cachorro cálido a degustar gratis el alimento de la chef. Todos se encontraban a dieta de agua con sal, huevo, papas, perejil y cilantro, mientras el perro comía mezclas de finos ingredientes. Al cabo de tres semanas, la receta estaba lista, y el perro… sin hogar.
Ania dejó una estufa detrás de ella, para mantener la temperatura de la mezcla. El aroma, se dirigía a las narices con ayuda de un ventilador. Era inevitable, sus amos fueron obligados a visitar el taller; que entre ladridos y jadeos, la promotora y Roxana aprovechaban el momento para ofrecer sus más preciados productos.
El caos llegó cuando aquellos animales poco complacidos por sus dueños, lloraban durante la noche por la falta de aquel manjar en sus papilas. Se transformaron en un karma que no les permitía dormir, y rechazaban la comida ofrecida en casa. Al día siguiente, la fila no se hizo esperar. Todos iban por un paquete de comida para perros. Ania lo había previsto esa tarde, en la cual ordenó a María, Mario, Julio y Roxana, dedicarse toda la noche a fabricar la mezcla con sumo cuidado. Esa mañana, su caja registradora no paraba de girar en medio de la esquizofrenia. Parecía un sueño hecho realidad. Había logrado salvar a la familia de la ruina.
Luego de una semana, Mario y Roxana tomaron la determinación de regresar a sus viejas labores. Fue el comienzo del siguiente calvario. Ania no solo consideraba sus actividades como improductivas, sino que limitó su alimentación hasta el coto. Eran los únicos en la casa que aún bebían caldo con papas. Julio intervenía por ellos todos los días, en cada oportunidad evocaba sus amigos frente a Ania, y colmaba su paciencia esperando calar en su remordimiento, aunque no se percató que la mujer de negocios, no sentía alguno. Entonces pedía a María platos extra del menú exquisito de quesos, vinos, y pescados elegidos por Ania para la cena, pero la respuesta siempre era negativa; Ania tenía todo muy bien medido, inclusive sin estar en la cocina, sabía cuánto debía gastar María para hacer un arroz.
El cargo de conciencia se apoderó de Julio, y renunció a trabajar para Ania, tomó sus herramientas, y empezó a moldear troncos.
—¡Desgraciado, que pretende! María no podrá producir el volumen actual de alimentos. —Eso debió pensarlo antes de sus razonamientos. —Todo lo he hecho en bienestar del grupo.
—Querrá decir…en bienestar suyo… —afirmó sereno. —¡De ninguna manera! Además, si yo estoy bien, ustedes también. —Ya lo decidí, y no pienso obedecerle de nuevo Ania —se retiró al taller.
El problema se acentuó cuando los amos vieron los bolsillos rotos, y expulsaron a sus mascotas del hogar. Las puertas del negocio se cerraron a los perros sin poder adquisitivo, pero muchos de ellos aún ladraban en la calle. Su ladrido estridente condujo a la anciana, a imaginarles cocidos, para venderles como carne, pero estaba segura que María no se prestaría para ello, así que decidió enclaustrarse en su habitación por un tiempo, exprimiendo el dinero que logró ahorrar. No obstante, dilapidar las monedas gota a gota en comida que ella no probaba, la llevó al límite de su silencio.
Su habitación contenía una colección de botellas, que había comprado para memorar a su padre, un toxicólogo que le enseñó cómo salvar vidas con mortales venenos. Era la oportunidad de salvar la suya de la tristeza y del infortunio. —El poudre du succession8 es incoloro, inodoro, e insípido—, pensó mientras las botellas tentaban sus ojos al brillar; por las velas en una lámpara. Sabía que no debía suministrar ni siquiera cinco gramos del veneno en una dosis, ya que el cuerpo, como organismo que procesa tóxicos, como el oxígeno, se altera inmediatamente, y no deseaba muertes inminentes en aquel lugar. Debía generar un espacio atípico, quizá un viaje familiar, para subsanar la irritación de la convivencia.
—Será allí donde morirán, tras la última gotita que diluya en agua —sonreía sobre la luz de una vela.
En cada alba, se dirigía a la cocina, y con su gotero de alta precisión, destinaba la dosis sobre la bebida preparada la noche anterior. Su ermitaña vida poco resistía la luz del sol, y ello acentuaba la preocupación de María, quien además se angustiaba por el escaso bocado que Ania probaba, sin darse cuenta de los platos que devora a las 6:00 a.m., guiada por la luz que aún las cataratas de sus ojos melifluos de lágrimas evaporadas por su endemoniado brillo, le permiten ver.
Transcurrió un mes, y al parecer, la dosis diaria no había sido suficiente para exterminarles. Detuvo el suministro, y comenzó a experimentar con una planta la misma medida. Al cabo de treinta días, en el sigilo de su habitación, no sólo descubrió que aquella planta era un ser un poco más fuerte; procesaba la cantidad hasta hacerla parte de sí, era inmune; sino que la conciencia calaba su alma, sabía de la arbitrariedad del acto, y de la maldad en él. Entonces tomó una balanza, y al asignar nombres a unas rocas de forma aleatoria, y evaluar los resultados, observó que la justicia estaba de su lado. Así, el proceso de muerte debía ser una lenta expiación de los pecados, que acompañaba con sus rezos para evitar ir al infierno. Ahora, estaba convencida de hacer un favor a sus vidas, evitando el calvario de la vejez, del mismo modo que garantizaba mejorar la suya mediante aquel criterio. Por ende, decidió elevar un cuarto de microgota la porción, de tal forma que sus cuerpos sintieran miles de agujas que les perforan de adentro hacia afuera. Pero su audacia dio un paso más allá, serían las esporas de las plantas, el polen que navega en el taller, el encargado de distribuir su vil coctel día a día.
Durante aquellas semanas, Roxana había trabajado con mayor ahínco para perfeccionar el proceso de destilación, de tal forma que su olfato mejoró la percepción de los compuestos aromáticos. Fragancias que nacen de reacciones determinadas por el número de electrones en los anillos cerrados de átomos de carbono, cuya melodía se prolonga a través de la estructura del benceno, que hace parte de la cadencia del concierto de olores. Es difícil intentar hablar de aromas, cuando no conozco las palabras más simples y hermosas, con la facultad de hacerme sentir, tal cual lo hace su perfume. Asociamos la huella que deja en nuestra memoria, a una o dos palabras que indican su origen, por ejemplo: varita de ángel o rosa roja. No sé cómo describirlo, pero sé que es exclusivo de ella, un concierto de fragancias melódicas. No me preocupo por asociar aquella huella a un nuevo engendro de letras, sino por lograr una fragancia que despabile mi máximo deseo; que despierte mi amado de aquel sueño.
Al medio día, siempre juego a las escondidas con Mario, el tonto rara vez me encuentra, me oculto entre el pasto; su altura de noventa centímetros, es perfecta para ello. Al correr, el rozamiento de nuestros cuerpos con el aire, desprende los paracaidistas de los dientes de león, mientras la madre selva nos señala el camino hacia la huerta, y las margaritas comienzan a perfumar el día, pero en la tarde, las flores de los borracheros nos drogan con su mirada y dulce aroma.
Exhaustos, nos acostamos en el suelo, y dirigimos los ojos al cielo, observamos cómo millones de centellas caen sobre nosotros, quizá se están quemando con el rayo del sol sin sentir dolor alguno, pero ver esa escarcha vale la pena. Giramos nuestros rostros, y les observamos sudando con inquietud. Era nuestra hora de receso, pero ya faltaba poco tiempo para continuar con nuestras labores.
Ortiga, canela, cardamomo, jengibre, y eneldo para la pasión; mirto y romero para su fidelidad; albahaca y rosas para el amor; cidrón, ajos y ají para despertarlo; y un poco de lúpulo, tilo y valeriana. El primer hervor era suficiente para la infusión. La embotellaba en un termo, y al llegar a la casa, se la daba de beber con miel de abejas y limón. Pero su cuerpo tan solo sudaba, y mi angustia crecía al ver sus ojos cerrados cada día. Al cabo de tres semanas, decidí que no sería una infusión aromática sino un perfume, el que habría de sacudir su alma.
Tilo, cidrón, aceite de jazmín y sándalo; extracto de lirio y feromonas; vino, gelsemina y una sutil descarga eléctrica, son los ingredientes que en las siguientes tres semanas, identifiqué como: vaho pasional que penetra la nariz y bulle con la sangre, en una efervescencia descomunal de convulsión neuronal que reactiva el cuerpo, mientras se hace intolerable no tocarlo por la exaltación de las glándulas sudoríparas que mis papilas gustativas alcanzan a percibir.
Al primer rocío del perfume, oí un crujir entre los árboles, un ruido que se acentuaba con ahínco y desespero. Se detuvo, miró mis ojos, y de un brinco, se abalanzó sobre mí. —¡Detente Mario! —forcejeaba contra sus besos, mientras buscaba en el suelo, una planta que mi instinto había preparado para evitar una situación comprometedora. Escarbaba en el pasto una y otra vez con mis falanges, desesperada al tacto de sus bembas9, que habían arrancado los botones de mi camisa. El terror me invadía con sus estrujones de toro salvaje, pero cuando giró mi cuerpo 180°, agarré el racimo, y mientras se quitaba sus pantalones, giré, y azoté su miembro hasta enrojecer su canelada piel, con ortiga. El efecto de los pelos urticantes fue suficiente, no requerí usar cicuta, pero debí preparar con urgencia una bebida de perejil, y agua concentrada de equiseto.
Cada mañana me levanto, y observo tus ojos. Beso tu frente, y me retiro. Desde mi última discusión con Ania, tan solo pude tallar treinta muebles, pero no te preocupes, ayer renuncié a la escuela de arte, con el firme propósito de mejorar mi rendimiento. Sin embargo, tengo un mal presentimiento, creo que la comunidad no gusta de una sociedad, la nuestra. Siento que nos tratan como herejes, ya no compran nuestros muebles, y prefirieron abandonar sus perros a seguir adquiriendo el alimento de María. Hasta la madre naturaleza agrio nuestros vinos… ¡Sí! —exclamó—fue entonces cuando los clientes huyeron. Quizá me falte talento, o tal vez no haya logrado interpretar bien sus sentimientos con las esencias de Roxi, y es probable que estén cortos de dinero, pero no obstante, siento que algún día me cortarán la cabeza por no hacer parte de su homogeneidad. Esta sociedad se está acabando, por eso te pido que despiertes… —susurraba junto al Rubio esperando su respuesta, mientras Roxana y Mario tejían sus labores. Creo que Ania está mejor, aunque no sale de su claustro, parece que su pasado la atormenta, como la falta de tu presencia remueve los cimientos de esta casa. Necesito que despiertes, por favor… no tolero tu silencio.
¿Qué voy a hacer con estás nauseas, dime? Estoy tan pálido como María. Debe ser la estúpida dieta de la mandamás. Quizá sería mejor soportarte como un loco, el extravagante del andamio, pero así, callado, ¿De qué me sirves?
Estoy cansada de cocinar el mismo caldo todos los días. ¿A quién me quejo?, ¿a ustedes? —preguntaba a los muros. Dios me libre de males y peligros, ya hablo sola, como el joven pelirrojo… —dirigió su mirada hacia el balcón. Todas las mañanas visita al joven Rubio, trabaja durante horas en el taller, y cuando está exhausto, se baña y se desploma en ese tapete rojo a escribir —seguía narrando a los muros. El ruido de su sacapuntas me recuerda los trasnochos de mi hijo… siempre dejaba sobre la butaca los calcetines, el corbatín, su chaleco esmeralda, y un pantalón negro… ¿Cómo estará? —se preguntaba la madre de aquel joven becado de azabache cabello. Brillaba sus zapaticos de charol hasta hacerles resplandecer… —comenzó a sollozar al ver los detalles de su mente, que emanaban del humo sobre la estufa de carbón; lágrimas que se evaporaban al instante. Ya no puedo hacer nada… —cerró sus labios temblorosos y sus húmedas pestañas.
Las detallaron, y observaron que no eran las mismas. Les aleteaban con fuerza, pero lo anómalo no cambiaba, no obstante, las mariposas les veían aún más atractivas. Fue así como el clima de la casa cambió los colibríes, por aquellos bichos de majestuosas alas y colores brillantes; que incluso opacaron algunas flores.
Julio tiene mercancía acumulada, entonces… ¿por qué tengo que seguir talando árboles? De todas formas, lo mejor será continuar surtiéndolo. ¡Ay, jue mama!, si tan sólo fuera más simple volver al bosque, se me eriza la piel al recordarlo. Era verde oscuro, rechoncho, y sacudía sus ramas hacia mí. Llovía, llovía mucho. Cortaba las ramas a mi paso con la peinilla, pero cuando lo fui a cortar…, un relámpago me mostró su cara, era bien gordo y arrugado. De repente, sentí que todos me miraban…
—¡No más! Decían los troncos con un sonido gutural de ultratumba. Me rodeaban troncos con cara. Los rayos morados enceguecían mis ojos, y el trueno espantaba los búhos hacia mí. El agua comenzaba a surcar mis pies, y las hojas secas en ella, le hacían ver como la sangre. ¡Lo siento mucho, tan solo es mi trabajo!, recuerdo que les gritaba. El viento soplaba con fuerza, salía y entraba de las fauces de las nubes. Los rayos eran cada vez más blancos. Corría en medio de ellos, con mis pies untados de barro, y sus ramas rascando mi espalda. Mi alma se quería salir del cuerpo, yo sólo ¡Corría y corría!, pero tropecé con un arbusto. En ese instante, todo quedo blanco, el ruido apretó mi culo, y agarré mi cabeza con las manos; un árbol había sido trozado en dos, frente a mí. Esa noche, no llegué al taller, amanecí enlodado de una tierra de color chontaduro.
Durante la mañana, Roxana cuidó de mí, cómo imagino que alguna vez lo hizo mi madre; calentó agua, quitó mi ropa húmeda, y cubrió mi cuerpo con su manta. Luego preparó un caldo de hierbas. No le decía nada, y ella insistía con las preguntas. Sus jetas aún rodeaban mi cabeza. No quería volver a cortar un árbol. Sin embargo, luego de hablar con Ania, comprendí que no podía dejar mi trabajo por un infortunio; era suficiente con el rubor, la peronospora y la antracnosis.
Algunos tienen manchas aceitosas y eflorescencias blancuzcas en el envés, otros, manchas amarillas o rojas, y las más feas son esas manchas negruzcas con perforaciones. Ya casi no tienen hojas, les diría que son afortunados de no ver, pero estoy seguro que lo sienten. Recuerdo el día que consulté a la bibliotecaria, me mostró un libro cuyas imágenes confirmaban las enfermedades. Allí conocí esos nombres extraños. Pero por más fungicida que les dosifiqué, no logré eliminar la plaga. Por eso, aún insisto restregando cada una de sus hojas con agua embotellada de manantial, a eso destiné mis ahorros. ¡No me fallen! Extraño su sabor y su olor. Lo extraño demasiado… —dijo en voz alta, luego de haber narrado su nostalgia al aire, cual borracho habla con un amigo, mientras caminaba hacia el viñedo. —Deberías cargar un espejo —sonreía—tienes la nariz pintada con el polvo de las flores. —Debo parecer un tigre. —En realidad, pareces un jaguar. —¿Demasiadas manchitas? —¡Muchas! —¡Estoy entusiasmada!, espero obtener un aroma sutilmente salvaje —gruñía al imitar entre rizas al león, mientras arrugaba la nariz. —¿Y qué se supone que curará?, ¿el mal de ojo? —La falta de amor. —¿Y lo piensas ensayar conmigo? —sonreí. —¡No! —afirmó.
A las pocas semanas me sentí aturdido con mi acto abusivo hacia ella. ¡Fue la patada! Dijo que era culpa de su perfume, pero no puedo creer que un aroma me haya descontrolado. La culpa me agobia, y mi único consuelo está en mi pene dolorido por la ortiga, quiere decir que no le hice daño. Pero ahora solo puedo orinar en el bosque, no me atrevo a tocarlo, duele mucho, además, María detesta que ensuciemos el baño, y no suelo sentarme el retrete.
Ustedes deberían hablar…, el Rubio me escuchaba, no intervenía, pero un día me dijo algo que me dejó pasmado: “Si te mantengo ocupado, es para evitar que tu risa sea el colapso estrambótico de tu pasado, despréndete de esos nervios”. Tenía razón, es así como uno se siente cuando está sin líder en la manada. Lo extraño, es que no recuerdo mi pasado, pero sus consecuencias permanecen como un reflejo en mí.
Gracias—pronunció al rato, cuando se detuvo, cuando dejo de hablar al tiempo, cuando enfocó su mirada en lo que estaba haciendo —, ojalá pudiera prolongar tu vida, pero ya no sé qué debo hacer para evitar tu muerte. Quiero brindar de nuevo contigo y beber en familia tu vino viejo. Eso es todo, embriagado en el presente. ¡Sí!, con ellos–¬terminó el soliloquio melancólico con una sonrisa. —¿Qué se supone que estás haciendo? —cuestionó Roxana con severidad, al ingresar en la habitación del Rubio. —No se preocupe señora, es un rito a base de carbón, para purificar el alma en caso de muerte. —¿Qué?, no necesita ningún rito, te estoy pagando para velar por su alimentación, no para lustrar su cuerpo. —Discúlpeme señora, le aseguro que no lo he hecho con malas intenciones. Mejor mire esto—comenzó a masajear las piernas del enfermo. Esta es una mezcla de aceites naturales, de aquellos que me ha vendido. —¡Niña deje las obscenidades!… —elevó su voz. —Tranquila, tan solo observe los ojos… —¡Se mueven! —exclamó Roxana, sin saber de las pesadillas de aquel cuerpo; en ese momento pensó en tomar el lugar de Rosita. —Necesitamos que despierte, pero no sé cómo más podría colaborarles —intentaba convencerla de algo que no deseaba. —No te preocupes —congeló el sonido fricativo, con los pómulos regordetes—, has hecho suficiente. Hazme un último favor. —¡Con gusto!
—No vuelvas por aquí, nuestras cuentas están saldadas—sentencio con una mirada airada de celos. —Señora, pero no puede dejar al paciente solo. —No se preocupe, ahora estaré aquí para cuidarle. Muchas gracias.
Sin pronunciar una sola palabra, desgarró su cuerpo de aquel tronco humano, y contuvo las lágrimas al pasar saliva. Su mente sabía que no podría volver a tocarle como en aquellas semanas de libre saciedad.
Al llegar a su habitación, durante el día, veía el movimiento de las manecillas del reloj, el único sonido allí; el tic tac que le indicaba cómo se difuminaba su vida en esta historia. Su cuerpo ahora temblaba, y la falta de concentración por la ansiedad, colmaba gradualmente su paciencia. Su madre se estaba angustiando, desconocía el flagelo que aturdía a su hija, golpeaba la puerta, pero ella no respondía a ningún llamado. Su mayor tentación estaba al otro lado de un muro, aislado por una tela que podía mover si lo deseara. Pero el contrato había terminado. Lo único que podía hacer era violar la ley. Transgredir la ley no es sencillo para una dama educada por concordato. Vulnerar la prohibición implica vulnerar su vieja vida, y reconstruir su vida a costa de un dogma, no parece sencillo.
—Quizá sea fácil, —decía mientras sus manos tocaban la pared. —¿Acaso ya no lo hice? He pecado al no tener su consentimiento. ¿Cuál es la diferencia? ¿La voz de ella? Quiero envejecer con él. Con ese adonis. ¡Sí! —gritó extasiada—¡Con ese adonis!
Fue así como los platos acumulados en su puerta, al no escuchar el llamado de su madre, fueron devorados en un instante que hidrató su cuerpo con algunos fermentos, para dar ímpetu a su deseo. Su plan comenzó a hilarse, y solo mantendría una regla.
—Nunca sabrás por donde ingreso. Te visitaré a media noche, cuando estés durmiendo, y velaré tus sueños hasta el amanecer —dijo.
Esa noche ingresó en la habitación, vestía una ceñida seda amarilla, tan refulgente como las velas, y usaba un penacho blanco sobre los hombros. Había elevado su estatura con un par de tacones, y su cabello de rizos definidos, flameaba. Sacó la botellita de cristal de entre los senos, y con el índice derecho la fundió sobre la aorta y las muñecas. Tomó una butaca, cruzó las piernas, y esperó. La llama se detuvo, no se movía ni siquiera por el leve viento. Escuchaba el tic tac de la habitación de atrás; la de Cándida. Miraba los ojos, pero en esta ocasión era su nariz la que se movía. Respiró profundo y espero aún más. Acercó su mano al rostro, y la deslizó con suavidad. De rodillas, perfumó su cabello, y recostó su cabeza sobre los pectorales. Cada gota corría por sus mejillas hacia él, cada lágrima contenía aquella sustancia, y cada glóbulo estallaba del ardor.
Eran las 10:00 p.m., Julio abrió la puerta, la tomó de la cintura, y la cargó en los brazos para que descansara en su alcoba. De regreso, traspasó el marco de la puerta con su pie derecho, mantuvo el izquierdo elevado por unos segundos, estaba estupefacto por la imagen. Lo vio sentado sobre la cama. Se acercó a él, y luego le ayudó a estar de pie. Apoyaron los brazos en sus hombros, y los flexionaron hasta juntar los cráneos. El vaho de la respiración se intercambiaba entre las fosas nasales, mientras sus pestañas se elevaron lentamente, y vieron cada iris hidratado como un diamante. La llama comenzó a moverse.
Luego le tomó de la cadera, mientras su brazo izquierdo se apoyaba en los hombros de Julio, que le guiaba hacia el baño y gritaba con voz grave:
—¡Despertó!

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2 comentarios en “Capítulo VI

  1. Primeramente un saludo y felicidades por esa capacidad de plasmar el arte narrativo. Me estuvo curioso eso de la ‘pierna elevada’ 🙂 si es para captar la atención, pues muy bueno. Estaré en otros instantes por aquí, para darle la debida atención a tus escritos como merece. Un abrazo

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