Capítulo VII

Leía unas cuantas líneas, leía otras cuantas, seguía leyendo, devoraba cada una, las releía absorto e incrédulo de la imagen detallada en mi encéfalo; cada palabra guardaba una definición oculta en su sonido, como el crujir de la manzana cuyo dulce me acompaña mientras veo los garabatos impresos. Luchaba también con el ritmo de mi lectura, a veces demasiado acelerada, y en ocasiones demasiado suspensa. ¡Desaparecía si no leía!, mi piel era cada vez más translúcida y menos nítida, el cansancio me agobiaba pero mi ahínco enardecía, como los desgarros eléctricos de las cuerdas contra los trastes de aquellas guitarras, cuyo sonido es emitido por el radio de Julio. Mi mayor temor: no dominar mi mayor mediocridad, y extinguirme así, tan solo en conocer, o en creer hacerlo. Giraba las hojas sobre su eje, regresaba una y otra vez, reconstruía la imagen en mi mente, y despedazaba con mis lápices, de suaves colores, los textos, tanto como les amaba. Fui tan intenso con aquel ejercicio, que llené una lata que era de papas fritas, con puntas rotas de aquellas minas sacrificadas para cifrar mensajes, o nuevas interpretaciones en los libros. Uso el código Dewey para crear una biblioteca de ideas de mis lecturas, o mis resúmenes de las mismas. O para el descaro de reconstruir el texto leído.

Creo que he interiorizado un poco los brincos de rana del monje, que enlazaba una idea en varias áreas, pero no soy tan hábil. No obstante, he acometido esa obsesión de abarcar el conocimiento, como ataqué mi reciente obsesión con los abrazos; aunque la virtud de un abrazo radica en su simpleza y profundidad, es la respuesta a Don Quijote para un razonamiento gustoso, una palabra. Todo razonamiento posible se vincula inexorablemente a un sentimiento emotivo, de felicidad o de tristeza. Escribir me proporciona ambos. Eso es la Literatura, un desahogo de las entrañas que se lleva con las palabras la última exhalación de vaho de nuestra alma. Julio debe ser más hábil, pero en realidad no se requiere nada más para escribir, tan solo un impulso por desfogar los nudos de nuestra garganta.

Continué girando las páginas, y tomaba algunas notas. El pobre tapete rojo estaba cargando la peor parte; cada vez que me emocionaba halaba sus cabellos. Al hacerlo, recordé que ellos se encontraban allí, afuera, mientras sus padres trabajan. Esperan un poco de atención que distraiga la mente de la idea acérrima de no querer hacer nada por su inmensa pequeñez, destinando sus vidas a las decisiones de otros, como si los científicos no creyeran en el efecto mariposa. Observé la puerta, y presioné mis párpados para ver a través de ella; luego miré el estante de libros, y no lo pensé más. Al día siguiente ayudé a limpiar toda la casa, debía quedar reluciente para mis invitados; peiné la lana de oveja del viejo tapete rojo, y solicité a María cocinar muchas galletas. Por fortuna, aún tenía ahorros del abuelo, los cuales distribuí entre nuestra manutención mientras que el negocio crecía de nuevo, y en la compra de cuatro vacas al cuidado de Mario.

Leche tibia y galletas fue la invitación para que escucharan nuestras representaciones teatrales de aquellos libros, o la lectura efusiva de algunos de ellos. Los sentidos son el verdadero gancho. La forma de modular el tono de voz, cómo se vuelve áspero o dulce, cómo crece y cómo desciende armónicamente con las expresiones corporales de: ojos exaltados, brazos extendidos, y otros movimientos que podrían llegar a parecer ridículos. Sin embargo, lo caricaturesco es una cualidad que permite acercarnos a ellos, pero hacer reír no es sencillo, Julio es mejor para eso… “¡Bu!…” en ocasiones genera sorpresa y risas, pero creo que en esta ocasión, no. Me gustan los chispazos de gracia, pero es tema de los artistas. Ese día comencé a reír en la soledad del balcón; María me creía loco, quizá tenga razón. Reía de pensar en ellos…, en la reacción de sus mentes.

Elijo a uno de ellos al terminar cada sesión, le cegamos con una tela, guiándole hacia el estante, y luego de marearlo con giros, él busca apoyo en el primer libro del cual se logre sostener; será el libro del siguiente día.

Cuando preparamos obras de teatro, Julio y yo las leemos en voz alta, y hacemos una sugerencia a Mario y a Roxana de cómo podrían ser interpretadas. Pero cuando ellos estaban muy ocupados, dejaba a mis sentidos transmitir su lectura del libro, con expresiones alteradas o sutiles.

Algunos llegaban, tomaban la leche, y se iban, otros se quedaban… y con el tiempo quienes se habían ido, se quedaron. Rostros mestizos y blancos de pequeñas pero espontáneas mentes, recordaban mis años de aburrimiento en el colegio. Aún recuerdo el primer libro que devoramos, lo elegí para dar comienzo a las sesiones de lectura que mis labios modulan para revivir cada palabra. Una parte de la primera sección dice así:

“Noche tras noche usaba Stellarium en mi Ubuntu, como guía de un viejo sueño anhelado para identificar las constelaciones de aquella colcha azul, en la cual está, “La Estrella del Norte”, el núcleo del cinturón de Orión. Debe haber otras estrellas del norte, pero esta vieja flecha no ha dejado perder a ningún viajero en las arduas travesías llevadas a cabo en los mares de: mamíferos gigantes, calaveras flotantes, temibles arpones vivientes, y sosegadas brumas que despiertan los más oscuros deseos de las mentes reprimidas. Su mirada tranquila, no temía a una fiesta de embriagados cadáveres humanos, en su eterna petición de salvación. Cadáveres sobre astillados restos de galeones, alguna vez dorados por el sol, que al ritmo de gaitas, hacen uso de majestuosas medusas brillantes, al conectarse a sus rizos, esperando así, regresar a la vida. Los espectros burlan la muerte bebiendo veneno, que atraviesa su esófago de plasma10 y escurre hasta llenar una caneca entre sus piernas. Luego lo embotellan de nuevo para dar continuidad a su efímera mofa. Está allí, sobre el transatlántico gris y azul, cruzando los mares y destrozando las pequeñas barcas de aquellos fantasmas que juran venganza por no haberlos recogido. Conoció un hombre que sin pensar en otra opción, o tras haberlo hecho, llegó a la conclusión de que no había otro camino para construir su vida, sino enlistarse para la guerra. Su nuevo amigo no sabía exactamente a donde iba, ni lo que haría, y él no halló razón para acelerar el proceso; en el campo de batalla no importa donde se está, sino combatir al enemigo. Tan solo era un naciente héroe de la patria. Una patria que a pesar de los asesinatos de ciudadanos ejecutados por oficiales gubernamentales, o bien, como se leía en la prensa, “Los Falsos Positivos”; es una madre que delega la seguridad del andar a los uniformados del Estado. No dejaba de preguntarme al pisar cada mañana el asfalto, si yo sería algún día, una víctima positiva de su falso andar. Pero allí iban. En su última carta, antes de zarpar; me comentó de su fuga a un páramo Colombiano, cuyo cabro en la imagen parecía valar como borrego sin madre. Había sido un buen tutor para mi descabellada infancia. Pero había llegado el momento de atender parte de su legado.”

Temía que la vida de aquel libro fuera la suya, aunque a veces se parecía a la mía. La historia siempre petrificaba a los jóvenes, y llenaba el vacío de los gritos desolados en sus mentes, la misma sensación que tuve aquella tarde. Gracias a Dios se convirtió en un ritual, a pesar del presto exaspero de sus padres, quienes llegan agobiados del trabajo, y respiran profundo para oír los estallidos impacientes de sus hijos, deseosos de narrar de nuevo aquella historia. Todo requiere tiempo para su decantación, la vida en sí, no es acelerada, pero en ocasiones, no logro respirar al escribir. No obstante, siempre intento tomar el lapso necesario para que la sensación de cada transmisión neuronal perdure.

Estos chavales se apropian del tejido que su cuerpo curva, cuando se sientan en la alfombra que detiene las manecillas del reloj. Pero es mi voz la que ayuda en ello, es ella, quien curva el tiempo y el espacio con mi mente, lo cual no sería posible sin la atención de sus rostros absortos, que mantienen fija la mirada mientras los muros del local escurren sudor. Así es cada día, culminado en un atardecer que les esfuma entre las calles con un soplido.

El ambiente en la casa se tornaba calmo, sin embargo, no comprendía los actos de Ania, quien llevó a cabo arbitrariedades alimenticias, según me han comentado. Lo más extraño era su negación a verme, no había motivo. Por esa razón pedí a la familia olvidar lo sucedido, y sonreírle al verla. Cada quien continuó con sus labores a excepción de ella, aunque Julio ya no estudiaba.

El crujir en el farol me acompaña de nuevo, me gusta jugar con su llama amarilla, aunque en ocasiones me he quemado. Le dejo en la mesita de noche, junto a la cabecera de mi cama, al lado del cuadro de da Vinci. Descubro mi lecho, me acuesto, y la observo, aún con más detalle mientras se consume. Su energía forma un espacio bajo ella, un espacio que contiene la cera derretida hasta el momento en el cual se colma, y sus lágrimas caen por las canales.

Ingresó de nuevo, acaricia mi rostro y besa mis manos, debo seguir soñando. No estoy seguro, necesito despertar, ¿cómo hace uno para despertar de un sueño? ¡No!, ten cuidado, no te acerques allá, ¡No! Me senté en la cama, muy sudoroso, y al abrir mis ojos… Allí estaba, no era mi imaginación. —¿Quién eres, y qué se supone que haces? —Soy tu musa, postrecito —pronunció sensualmente—¡Te haré sentir lo que no has sentido! —gesticulaba su boca.

Aquella mujer había perdido sus estribos, olvidó en su delirio la estricta educación que había recibido, y no tenía interés alguno de recordarla. La estudiante de arte, gozaba en él, de la libertad que tanto buscaba. Pero una libertad sin paciencia, la vuelve esclava de sus ímpetus de origen desconocido. Solamente tenía clara una idea, debía llegar de nuevo al regazo del serrato mayor, y descansar en él, tal como había sido.

La detuve, le exigí que abandonara mi habitación, pero no hizo caso. Sin embargo, afirmó que al primer trino de las aves, desaparecería cada día. ¿Cada día? Al parecer sería un calvario, pero no estaba dispuesto a trasnochar de nuevo. Formé un capullo con las cobijas, y empecé a contar ovejas. Así fue, al amanecer, ya no se encontraba, se había ido mientras yo dormía. Esa noche y durante las siguientes treinta noches, aquella mujer aparecía de mis sueños, bienvenida por un polvo de mariposas a cubrir mi cuerpo, como si fuese otra sábana. Mi reacción siempre fue la misma; alejarla mientras sudaba por el cosquilleo que había generado.

Cada una de aquellas noches, cuando despertaba, veía su cabello enmarañado, mientras gateaba sobre mi cuerpo, ansiosa de obtener algún regalo perdido. Al principio, se parecía a los turbios sueños de carbón, y sentía que al consumar su deseo podría transformarme en ceniza. Pero si era la de mis sueños, había cambiado la técnica, ahora usaba miel, y por supuesto, amanecía muy pegajoso.

Durante aquellos días, Julio se había tornado más abstraído y solitario que de costumbre, escribía toda la noche frente a una vela, en el último rincón del balcón; el rincón a mi derecha viendo hacia el almacén. Jamás le vi llorar, pero al mirarme, sus ojos brillaban como si estuviese a punto de hacerlo; dos cristales acompañados de una sutil sonrisa en la penumbra. Desde entonces, cuando trabajo, leo, o escribo, me hago al lado opuesto, para darle la espalda.

Una noche encontré en el escritorio un poema, una libre rapsodia al parecer sin métrica, pero en realidad no conozco de poemas. Las palabras se desprendían del papel, y contraían mis pulmones. Las escandalizadas vellosidades de mis piernas, no lograban creer la información que recibían. —¡No tiene remitente! —exclamó explorando la hoja—, ¿Quién podría haber sido? Quizá Roxana o Julio, no creo que haya sido de nadie más. No puede ser él, no debería ser él, ¿por qué él? Eso no estaría bien. No puede ser… —se negaba a creerlo—debe ser de Roxana. ¿Roxana?, pero yo había hablado con ella. Se supone que todo está claro. ¿Roxana?… Podría ser Julio,… Eso explicaría su creciente tartamudeo, su falta de coordinación al hablar, su reciente incoherencia.

Miró sus manos… temblaban… No las podía dejar quietas.

Es cierto, y cuando lo abrazaba… lo malinterpretó. Pero… ¿por qué lo abracé?… Simplemente era un impulso de amistad, o ¿no? ¡Es ridículo! —exclamó con angustia—, me dejé llevar por un arrebato —agarró su cabeza con las manos—, un excitante pinchazo del corazón, por un rapto atiborrado de fastidio…, un abrazo, un enfado subconsciente de negar… de rebatir la repugnancia hacia mí. Un estrujón para hacer campechano lo que parece contranatural.

Un Tórrido torrente recorre mi cuerpo,

Cada vez que te veo y no te siento,

Inmenso amor me nutre como un herpo,

Y acelera la adrenalina de este veneno.

Es tu brillo en la soledad del desierto,

Guía de niebla condensada en mis entrañas,

 ¿Por qué no beber esta dulce agua?

 ¿Por qué me niegas sentir tus labios?

Soy polen que arde en las estrellas,

Cuando al mirar cada noche,

Tus ojos recurren a ellas.

Mi único deseo es… ser la verdad de tu deseo.

 

—¿Mi deseo? —se cuestionó mientras sentía que las llamas del infierno crepitaban en su cuerpo. ¡Mi deseo es que no me escriban! —arrugó el papel y lo lanzó incendiado a la caneca. ¡Es el colmo, no faltaba más, cartas ridículas en mi escritorio!

Apoyó las manos sobre la mesa, las empuñó, y las lágrimas desbordaron los párpados. Los bocetos se humedecieron, tomó asiento, reclinó el cuerpo, y elevó el rostro. La luna estaba al otro lado de la teja translúcida. Su rostro era reflejado por el techo, con ayuda del firmamento. Reconoció a un hombre que tenía los ojos húmedos, a uno rodeado de luciérnagas que titilan en la mancha negra. A un macho que al haber recurrido a ellas, observó en el espejo a un varón.

Resbalo el anular sobre el touchpad. Incontables pero delicadas líneas atraviesan la mano; el instrumento que teclea en una habitación cuya única luz la proporciona la pantalla de mi portátil. Pequeños pelos se elevan sobre la piel, parecen sujetos en una montaña rusa, como si estuvieran anclados por una fuerza sobrenatural, mareados hasta regurgitar sudor.

Elevo mi diestra al nivel de los ojos, formando un ángulo de 45° desde la base de una mesita, en la que reposa la computadora; todo, sobre la cama. Me acerco al cristal, y veo a un cabro de cobre y más aleaciones con la lengua por fuera, además de algunas varas en una plataforma, con objetos incrustados, como malvaviscos en pinchos sobre las llamas de brasas familiares.

Quisiera ser aquel mítico animal, que al parecer era perseguido antes de ser convertido en metal, para sentir el movimiento delicado, docto y poco sabio, de las dunas que petrificaron su lomo. Un cuadrúpedo que mira con irresistible melancolía… la nada… El destino de aquel, a quien toca una guerra innecesaria. Una estratagema de personas que dicen no temer a la muerte, pero sofocan su miedo con el abatimiento del semejante. Una ofensiva de incomunicación, que me hace extrañar su voz.

¿Sabio?… Entonces no te habrías ido. Los problemas me agobian, el viñedo colapsó, y no puedo consultarte. Ojalá nos pudiéramos comunicar por medio de esta fotografía, amalaya no estuvieras tan lejos. ¿Qué rayos he olvidado?

Chocolate y ropa planchada. ¿Dónde estás viejo?, el taller se siente como un desierto, ¿dónde están las dunas que labraron mi desierto, las manos que un día me brindaron ayuda? ¡Estúpido cabrón! —gritó a la foto—Si fuera un malhechor no estaría escribiendo nada de esto. ¡Ah, échate a joder Pasado!

Han transcurrido varios meses, y aún digitalizo en esta máquina, en donde al parecer no cambia nada. Ella está allí, con Julio. Lo arrebató de mis ojos; mi único consuelo se da al verlo trabajar cada día en el taller. Yo no creo en ese amor repentino… Pero seguramente lo guió a sus garras enfurecida por mi negación a amarla; y él aceptó por mi cobardía a amarle.

Al despertar, la unidad regresó a una sociedad que se había fragmentado, a pesar del desorden individual.

—¿Cómo amaneció yernito? —Me siento cada vez más agotado… la muerte se acerca. —Mijo, no diga semejantes barbaridades. —Mejor no vaya a trabajar. Anoche vomitó demasiado. —Había pensado lo mismo, creo que es lo mejor. —Voy a preparar mi caldo levanta muertos —picó el ojo al prometido de la Cándida.  

Lo mejor es desprenderme de él… Otra vez ese aroma —respiraba—, es ese olor a sándalo y lirios —sonreía. Mi querida Roxana, ese efluvio fantasmal llega hasta esta casa –­suspiró.

Debería ir al médico, pero esta ponzoña está avanzada. ¿Dónde habré dejado el rubor de Roxi? —buscaba en su mesa de noche. Respira —se decía—, ya no hay vuelta de hoja. ¿Por qué le dije a esa perniciosa que me casaba con ella? ¡Acepto!, qué palabra tan maravillosa. ¡Hum!… No seas idiota, es lo mejor para todos—se decía a sí mismo. —¡Espléndido! —Exclamó Rosita una tarde de bruma —mañana paso por ti. —Adiós viejo amigo —quemaba su cuaderno de notas—, adiós. Intenté hacer evidente lo que no debe existir. Pero mis tristes letras no lograron calar su alma, ni hacerle ver lo que podría ser.

A la mañana siguiente, semanas antes de que Julio no regresara a trabajar, Rosita madrugó completamente satinada, con un sombrero y guantes blancos, cuyos encajes hacen juego con sus pestañas encrespadas.

—Buenos días Don Rubio. —¿Cómo le ha ido doña…? —Rosita, mi buen marido… qué pena nunca haberte dicho mi nombre… por aquí, extrañando tus carnes. —¿A qué ha venido, no ve que cada quien está muy ocupado? —preguntó tajante, para evadir sus comentarios. —¡Pero como está de acelerado! —exclamó con pícara sonrisa—, ¿le pongo nervioso? —¿Qué desea señorita? —continuó preguntando. —Me contaron que gracias al veneciano empieza a mejorar su situación. —Es cierto, está vendiendo los muebles por toda la ciudad.

—¡Qué bueno! —En realidad no me gusta mucho, mi trabajo no se diferencia del que podría hacer una máquina. Comienzo a repetir mis viejos diseños, como si las personas fueran fichas que encajan en ciertos parámetros. —Usted y su jerga mi buen hombre, son simples compradores, lo que importa es el dinero­–movía sus pestañas mientras contoneaba su cadera. En realidad, venía a hablarle muy seriamente de su amigo Julio. —¿De Julio? —¡Sí!, imagínese que llevamos un mes de novios y pensamos casarnos. Mi madre lo ha invitado a convivir con la familia, por aquello de conocerle mejor. ¿Me comprende, cierto? —Comprendo. Pero no le creo. ¿Cómo podrían ser pareja si nunca se ven? —Eso es lo que usted cree Risitos. —¡Jules! —exclamó su nombre con voz gruesa y la quijada tensa, estirando la U para hacerla reventar. —¿Señor? —dejó de serruchar. —¿Es cierto? —¡Ya lo sabe bizcochito! —se refería a Julio. —Sí señor, es cierto. Esta misma tarde tendré listas mis maletas para convivir con Rosita. Sin embargo, si usted me lo permite continuaré trabajando en el taller como es costumbre. —Pero… ¿por qué?, te disgusto algo —preguntaba con voz apacible. —No, simplemente son costumbres de familia, cohabitar antes del matrimonio nos da un margen más amplio para evitar el fracaso de pareja. Por lo pronto, Don Pancho ha planeado la consumación después del matrimonio de la hija de Don Rogelio. —¿Pero si tú nunca corres? ¿Cómo diablos se apuraron? —Don Rubio, eso ya no importa, se va conmigo —aseveró ella. ¿Acaso tiene algún problema? —¡Ninguno, él es libre de ser su esclavo! —¡Insolente! —Por favor, ya está dicho, no discutan más —apaciguo Julio los ánimos.

Efectivamente, así había sido. Esa tarde Julio empacó su ropa en las maletas, se despidió de cada miembro de la casa, incluyendo a Ania.

Con los brazos apoyados en la baranda del palco, el Rubio lo saludó con una seña militar, un movimiento de la mano en la frente; y María abrazó al joven pelirrojo, para destetarse de su hijo adoptivo.

Al llegar a la casa de Rosita, la madre complacida por la figura esbelta de aquel joven de piel ruborizada, le guió a su nueva alcoba; la vieja habitación de su hija. La niña de la casa tendría un dormitorio temporal, mientras llegaba el día del casorio. Desde entonces, la gentil mujer ubicaba una mecedora en el pasillo, para evitar que la Cándida se dirigiera a su viejo aposento.

Esa noche cuando ingresó a la habitación, vio un par de claros en el muro. Un par de brillos que irradiaban luz amarilla; la pared no fue sellada, y la Cándida tampoco lo hubiera permitido, un descuido en medio de la euforia de la casa vecina, para el deleite de la astuta Rosita. Allí estaba el joven Rubio, a disposición de sus ojos, sin que ello hubiese sido planeado. Su propósito era alejarse de él, como el de Cándida, generar celos al Rubio.

La rutina se apoderó del taller, y solo se rompía cada tarde de lectura. El joven Rubio abandonó su legado para lograr sostener la familia. Esa noche se encerró en su cuarto, no recordaba la admiración que profesaba a aquella pintura, y por ende, no se había percatado de los hoyos en ella. Se sentó sobre la cama, posó el rostro sobre las palmas de las manos, y sin emitir ningún sonido, permitió a sus lágrimas escurrir por los brazos. Pero allí estaba él, mirándole absorto en la penumbra. Deseando abrazarle, como al Rubio le gustaba; aun cuando pretendía hacerse el fuerte. No obstante, las enzimas en el organismo de Julio, capaces de metabolizar tóxicos, eran las más débiles de la familia. Mientras los demás se volvían inmunes a las esporas, él moría lentamente. Su presión arterial irreverente, ya no tenía control. La náusea de su vida, era como la náusea que el arsénico empezó a generarle con mayor intensidad. Pero algo tenía claro en su inmensa conmoción, debía continuar en la normalidad de la función.

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