Capítulo VIII

El barrio se despertaba el domingo a las 6:00 a.m., y media hora después, se dirigía a la plaza central para recibir la bendición del padre; cuya agua bendita, al ritmo de Bach, espantaba los espíritus malignos acumulados en los cuerpos pecadores durante la semana.

 Con los copones listos, llenos de agua por los acólitos, el cura rotaba los brazos como las hélices de un helicóptero. Pero la tarea previa de los monaguillos, había sido limpiar los parlantes que el sacerdote madrugó a exorcizar de las demoniacas letras del artista Rock-Pop del momento, que por error, había reproducido uno de los seglares; eventualidades que sucedían de vez en cuando. La más común, era el grito de los angelitos en plena misa; un estallido medieval que retumbaba en las columnas del templo; una reacción del cuerpo al juego de los quemazos con el carbón, el cual usaban para calentar el incienso.

Diagonal a la cancha de fútbol, se encontraba Don Rogelio; un señor robusto, de hombros elevados, mostacho afeitado, posaderas firmes, sombrero de copa, frac a su moda y chanclas de boda.

—Amor, te he dicho cientos de veces que no traigas esas pantuflas; que dirán mis amigas, no quiero verte en las nupcias con ellas.

Era doña Rubí, cuyo rostro simétrico adornado por brillantes en sus lóbulos; robaba los suspiros de los hombres. Lucía una cegadora esmeralda boyacense, acompañada a su alrededor del sutil brillo de algunas amatistas del caldas; una joya opacada por sus ojos zafirados, imitación de las estrellas. Junto a ella, sus hijas; Ágata y Ónice. La primera iba a honrar a su padre con un veneciano cuyos negocios no habían sido muy fructíferos, pero que luego del despertar del Rubio, habían mejorado; era el distribuidor oficial de los muebles en Bogotá; su ciudad natal. Su ingenio con las computadoras le había llevado a fundar un café internet, con el agravio de la demora en la red. Por ende, le vendió y trasladó su hogar de Venecia, un barrio bogotano, a su nueva y humilde residencia en la localidad de doña Rubí, con el propósito de formar fortuna en tierras desconocidas.

La Aurora es aún más místico que Venecia. Alegres personas contonean sus caderas mientras sostienen molinetes de colores, que ofrece un joven durante el día, cuyos hijos se cuidan mutuamente en el frío de la madrugada. Junto a él, otro señor vende agua aromática. A su lado, algunas familias han madrugado para vender frutas y verduras que cultivan en el patio o la terraza de sus casas.

En este barrio, el asfalto ensordece las carretas de caballos, que alguna vez acentuaban la vida con el alegre relinchar sobre un relieve de rocas, que ya no existe. Pasan las sombras y los tubos de escape también. En las calles abundan mujeres cuyo amor no es recíproco. Madres silenciosas ante hijos alterados. Madres que silencian sin escuchar a sus hijos. Madres tiránicas, y madres subyugadas. Padres amorosos, y padres gélidos. Otros se embriagan en exceso, pero quedan fundidos; es decir, profundamente dormidos. Los otros también se embriagan, pero la tormenta que generan, es enfrascada por una noble esposa, que ora a Dios para evitar que sus hijas, sean un reflejo de su vida. Asimismo, hay aquellos que no beben y son responsables, y algunos que lo hacen, y a su vez lo son. Pero todavía pululan las madres angustiadas, cuya disyuntiva entre alimentarles, y estar presentes, no pueden evadir. Como el ave que al llegar a su nido, regurgita su último aliento, que ha satisfecho la felicidad insaciable de un buen hombre, que al lanzar la ráfaga, no pensó en ella.

—¡Mija!, ¡vea!, allá está Don Rogelio —señaló. —¡Rubí está lindísima!, ¿Dónde estará Ágata?, voy a buscarla —dijo Doña Alejandra. —¡Don Rogelio, Buenos días!, ¿cómo se encuentra? —preguntó don Pancho —Viejo Panche… —suspiró apesadumbrado—…triste; no pensé que mi niña se fuera a casar tan pronto… ¡Aunque ese muchacho parece trabajador! —pensaba—, imagínese que vino desde Europa, y vaya uno a saber por qué terminó aquí, en USME. —¿En serio?, yo si notaba que era un poco excéntrico, —le señaló con la mirada. —¡Ahí viene, has silencio! —Se viste demasiado afeminado para mi gusto. ¡Tiene encajes! —exclamó preocupado—, parece de la Inglaterra del siglo XV y tres palitos. —¡Eso no es problema!, no más mírame con pantuflas y un sombrero de 1905 —sonreía Don Rogelio, de tez negra, y aguda voz—¿Y desde cuando conoces de vestidos, si no sales de la tienda? —Es culpa de Alejandra, ha estado visitando al “maderero ese” —señaló hacia el taller en forma despectiva—; y cómo el señor al parecer es muy culto, le ha estado enseñando artificios que me confunden cuando habla. Ya no sé lo que me dice. Ayer le prestó un libro de diseño de vestidos. Debí soportar toda la noche la luz encendida para que al amanecer me dijera: “—¡Amor, mira, mira! —sacudía la colcha sobre su rostro—. ¡Este vestido es igualito al que guardaba mi abuela en su baúl, lo voy a buscar! —decía exaltada mientras intentaba leer—, l…o u.sa.b…an las mu…je…res d…e I…ng…a…la…te…rra en el si…gl…o X.V. y tres palitos (XVIII) —pronunciaba con dificultad—, ¿será que era de la abuela de mi abuela? ¿Qué tal que haya nacido allá?” —preguntaba exaltada moviendo sus muñecas. —Deberías agradecerlo, tu mujer añora el pasado, la mía nos hace vivir en él. ¿En verdad usted cree que un costeño como yo, usaría un sombrero de copa?… prefiero la ropa ligera, que permita que el aire fluya por mi cuerpo, con mangas anchas y blancas, como “La perla de América”; como si caminara desnudo mientras la céfiro despierta mis sentidos.

—¿No me diga que usted también ha estado yendo donde el maderero?, —le miro sorprendido y casi disgustado. —¿Por qué la pregunta? —No, por nada… ¿“la perla de América”?, ¿la céfiro? —¡Ah!… ya entiendo… ¡Sí!, en tres ocasiones —manifestó sonriente y con arrugas en los párpados. Era el cumpleaños de Ódice; no tenía un céntimo para su regalo. Me dirigí a la plaza, y allí estaba él con Roxana; una joven que le ayuda. Me saludó, y no vi por qué no hacerlo. Observó mi rostro triste… Aún me pregunto por qué —pensaba con la mirada ida­–, tal vez es su calidez…, le comenté la razón…, y me dijo que visitara su taller con una foto de ella. Eso hice, ¡y jamás la había visto tan feliz! La pulió de forma magistral, es una mesita muy encantadora, muy vanguardista, es imposible no mirarla, puedo pasar horas viéndola. Es el único objeto en la casa que evoca modernidad, se siente como un torbellino de frescura. Me recuerda mucho Santa Marta. ¡Con decirle que ahora las flores solo quieren mostrar sus pétalos en ella! —afirmaba convencido de sus palabras. —¡No!, eso ya es el colmo, —se burlaba Pancho revelando la falta de un cepillo dental. —¡No se ría compadre!, es en serio. Intenté cambiar las flores en varias ocasiones, pero cuando las movía, la luz que irradiaban, se apagaba, y comenzaban a marchitarse. —¡Seguro! —continuaba con tono irónico. Lo que yo creo, es que donde puso la mesa, es el lugar óptimo para ellas. De todas formas, me tiene aburrido que mi esposa lo visite. No he encontrado una razón para decirle que abandone estas tierras. ¡Pero llegará! —sentencio poblando sus cejas para acentuar su macabra mirada, mientras desempuñaba su índice derecho al nivel de sus ojos. —Compadre, no desperdicie su energía en ello, mejor entremos a la iglesia… ¿Y el novio?, ya no lo veo. —¿Otra misa? —pronunció desahuciado, como si hubiera llegado de una jornada extenuante—. ¿Pero acaso no era el que venía de por allá? —¡Sí!, pero ya no le veo. Quizá ingresó y no venía hacia nosotros, ¡vamos!

La sencilla capilla contaba con un sacerdote alegre, de aquellos que faltan en las catedrales góticas de Bogotá. Los vitrales del templo, a pesar de la luz del sol, no auguraban una consumación placentera. El único rayo de felicidad, lo emitía el hombre de túnica blanca, y casulla verde con destellos dorados. Había una bruma en la iglesia; un cambio de parecer, que no se llevó a cabo. Todos los vecinos estaban allí; con botas altas, dientes de oro, escotes modernos y algunos muy sobrios, un aroma a loción que impregna, y marchita las flores. Sin embargo, la joven lucía espléndida. Sus delicados movimientos eran dignos de una reina. La sutileza se notaba en la única alhaja que llevaba; se había negado a usar más de una. La extensa cola del vestido, invitaba a todos a seguir. Pero ella no estaba segura de querer realizar el que había sido hasta entonces, su máximo sueño. La noche anterior requirió zurcir una almohada. Visitó a doña Alejandra; la madrina de boda. La cual desplegó un arsenal inconsciente de halagos, ante la sorpresa que le generaba aquel joven jamás visto. Hablaba como desfogando un ímpetu, que su marido había corroído durante los años. Su envolvente voz inquietó a la prometida. No obstante, decidió no modificar sus planes, sin lograr regresar la sonrisa a su rostro; la albergaba la incertidumbre.

Fundió la argolla en el dedo, pero su amor sincero ya no parecía correspondido. Luego, ella colocó el anillo en su ahora esposo. Y fue besada al pensar en aquel misterioso.

Habían alquilado un área al aire libre, cuyas lozas blancas resplandecían. La pista de baile estaba encerada y lista. Doña Rubí preparó el tocadiscos, su rozagante rostro esperaba confirmar plena satisfacción de los invitados, por su elección musical. Pero el delicado sonido ante oídos distraídos, evadía la riqueza que ella había percibido. —¿Escuchas? —extasiado, preguntó el Rubio. —¡No!, no señor. —¡Vamos Mario! —le haló de la camiseta, sacudiendo el polvo a su paso. —¡Señor!, acabo de limpiar el piso —tac, fue el sonido de la escoba al caer. ¿A dónde vamos mi señor?

Estaba perplejo por el sonido desconocido. Corrió desmesuradamente halando a su ayudante de la blusa, hasta rasgarla. Los perros asustados, ladraban a su paso. Al llegar, la blanca plaza tan sólo resplandecía. Al parecer, un extraño instrumento difundía la afinación. Observó la flor de un cartucho sobre una caja, que sostenía un disco giratorio. Saludó cordialmente a los glotones invitados. Y divisó a lo lejos, el desespero de doña Rubí.

El pulso del corazón iba al ritmo de sus vellos. La simetría musical penetró como un relámpago de series Fibonacci en el tímpano de su oído, para formar el caracol. Era el regreso del prisma; el cuerpo del Rubio irradiaba un fulgor apasionado al ritmo de las frecuencias de sonido. Le bastó con extender el brazo, para compartir aquel velo de colores eléctrico a su alrededor; la primera en ser partícipe, fue Ágata.

—¡Yo tampoco sé bailar esto! —le dijo a la joven—, tan solo siéntelo, ¡intentémoslo! —la convenció al tomarla de la mano.

La muchacha se levantó de la silla, elevó su mirada, y no se percató del temblor de sus rodillas. Entre tanto, doña Rubí cerraba los ojos ante la Belleza del Danubio Azul. Las personas de repente olvidaron la existencia del manjar, y al ver aquella pareja danzar, también cerraron los ojos por un segundo, y las series reconstruyeron sus oídos. El satín refulgente de cada pareja se había convertido en los nuevos vestidos, mientras sus cuerpos eran guiados como marionetas, por el núcleo excitado de sus neuronas. La pureza de las mentes ahora era un coloquio de tonalidades. Una fiesta de vellos danzantes, como reacción a la inhibición de un uso consciente de sus cerebros; los cuales están acostumbrados a repetir las mismas labores cada día, solamente para garantizar el alimento diario. Desde entonces, aunque en algunos casos debían repetirlas, hacían lo posible por que fuesen creativas o distintas. De repente, el aire rebosante fue inhalado sin exhalación alguna, por Rosita, cuyos ojos almendra, se disecaron por la rabia y los celos. Aquel hombre al que tanto amaba, al que había cuidado sin que él mostrara el más mínimo suspiro por ella, estaba bailando con otra mujer.

—¡He ahí “al que se le agua la canoa”11! —señaló con el brazo extendido, hasta el índice derecho, con todo el desprecio que sus labios carmín podían expresar—no conviene a estas tierras un hombre así, —continuo—me le he insinuado, le he gemido, expelido mis vapores sobre él, y aun así no me ha tocado. Y sus pobres hijos van en romería a esa casa bandida, todas las tardes, ¡a escuchar tonterías! ¡Dios nos libre de alguien así! ¡Debe ser ejecutado si no desean la muerte de este pueblo! —sentenció mientras sus flameantes rizos cobraron vida. Las serpientes brotaban de aquellas ondas hacia el suelo, formando un círculo de cabezas bífidas, cuyos espectrales ojos acentuaban el miedo de los espectadores, atónitos de la rozagante piel del reptil. —¡Rosita!—gritó Alejandra—¿Cómo te atreves a decir semejantes barbaridades del joven? Retírate inmediatamente a tu habitación.

El silencio se apoderó de la atmósfera, ahora gris y magenta. La gente veía la camisa rasgada de Mario, y empezó a especular con las palabras de la Cándida. Le miraban por el rabillo del ojo, mientras abandonaba las losas de mármol, en un vía crucis hacia el templo del Señor, la construcción aledaña al baile. Se miraron a los rostros, cómplices del pecado de aquella danza hipnótica, y corrieron despavoridos a los baños de sus casas. Los hombres destrozaban el estropajo contra el cuerpo, provocando la máxima descamación para un cristiano. Las mujeres encendían todas las veladoras, recordando a los santos esa inversión en beneficio de sus plegarias, mientras repetían cánticos de arrepentimiento con latigazos de camándula.

La esfera de estambre rodaba por el asfalto, frente a los perplejos ojos del Rubio y Mario. Se miraron fijamente, y sintieron una extraña sensación de culpa.

—Es mentira, no te preocupes Mario. Simplemente ella no me atrae. Supongamos que aquí no ha ocurrido nada… —No se preocupe jefe, todo tal cual estaba antes de asistir a esa fiesta. —¡Qué sonido! No creo que lo olvide—sonreía.

Esa mañana se convirtió en noche. Y la lluvia corrió por las calles, limpiando la sangre que el blue-tar identifica para siempre. La desolación volvía a colmar al viejo tapete rojo, que intentaba tragar las suelas de los zapatos del que lo pisaba, para auto satisfacer la necesidad de ser cepillado. Él los extrañaba tanto, como las figuras enigmáticas aún arrumadas, que no alcanzaron a encontrar su lugar en la colección de libros; porque los padres les prohibieron regresar allí. Johann Strauss cambiaría el ritmo de lectura del Rubio, que desde ahora perdería la cordura en las enigmáticas máquinas.

Bebió varios vasos de leche sin reacción alguna. No pudo dormir esa noche, pensaba en la magia que escondía aquel cartucho musical. Se dirigió a la biblioteca, y reburujó entre los libros mientras aquellas figuras murmuraban al respecto.

—¿Qué estará tramando? —se preguntaban.

Los libros son criaturas que nunca duermen, y siempre esperan por ser descubiertos. Por alguna razón de Dios, siempre están allí, a nuestra disposición; y sin pensarlo, les abrimos en el párrafo que si bien puede no decir mucho, en ocasiones nos intriga a saber más.

De lomo rojo y líneas doradas. Acentuado por sus verdes vecinos, y el color caoba del mueble. Las hojas blancas no mostraban nada, a excepción de la numeración.

—¿Cinco mil hojas en blanco?, ¡no puede ser!

Lo lanzó al suelo, pero los hilos refulgentes del borde, cortaron en diagonal el dedo corazón.

—¡Ayayay! —gimió.

La caída removió el polvo entre la madera, aún estaba abierto. Una de sus hojas recibió tres gotas de sangre, que hicieron aparecer de repente, trazos y dibujos; que por el volumen descomunal de tinta,   figuraba estar moribundo. Las ánimas de madera se escandalizaron con el evento. Las damiselas en peligro, ahora estaban desmayadas. La sección leída de caballería, al mando de algún Cid, unió sus fuerzas y cayó sobre él; como una brutal estampida. Por otro lado, los libros cuya figura tallada había sido ubicada, le lanzaron la desdicha de los bandidos en ellos. Pero aquellos cuya felicidad de estar juntos les impedía abrirse, tan solo vieron el fallido intento de venganza. Parecía que los sabios en ocasiones también caen en las pasiones, sin percatarse que él, les había concedido vida.

—¡Ay! —sobó su cabeza al ver los libros en el suelo, y sentir las nuevas protuberancias sobre el cráneo.

Lo miró, lo alzó como si fuese una pluma, y caminó hacia el tapete rojo. La estática le hacía cosquillas de nuevo, se percató del rostro iluminado por una vela, leía con atención. Los diseños eran dorados, circundados por hojas de acanto rojo, y enumeradas y rigurosas descripciones que les aludía. Los observó con detalle, pero hubo uno como ninguno.

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