Capítulo IX

¡El Rubio es un marica!, ja, ja, ja —se burlaba hasta constipar sus entrañas por las contracciones.

—Panche, no friegues más, ni siquiera lo conocemos. —¿Cómo que no lo haga? Por eso es que este país va de mal en peor; tan solo mira, enciende la televisión, ni ella los menciona por la vergüenza que siente. Pa´eso se inventaron el machete templado mija, pa´ darles duro por ese culo. Menos mal que mi papá no vive para ver semejantes barbaridades. Pobrecito mi viejito, qué pensaría de ver machos que se besan, ¡mínimo le da un paro cardiaco! —dijo sobre exaltado. ¿Me puedes explicar eso Mujer? —Con un solo canal en ese artefacto, y negado a ver otro noticiero, cómo pretendes que nos enteremos de lo que ocurre en el mundo. Cada cual escucha lo que desea, aunque sea ruido. —Haber mija, no me falte al respeto, —elevó la voz mientras sacudía su bastón contra el suelo—y no me enrede las palabras, que me confunde. —¿Y ahora por qué lloras?, ¿por la rabieta? —preguntó la mujer. —¡No!, de alegría; menos mal tuvimos una niña, a ellas no les gustan las muchachas –­sonreía. —Papá, ubícate —expresó con vergüenza—, creo que necesitas cambiar el canal —lo miró la hija con paciencia y comprensión. —¿Cómo así? —frunció el ceño. —¿Recuerdas a Sandra?, la hija de la vecina. —¡Sí! claro, ¡cómo no!, es toda una señorita, y tiene unos melones bárbaros, —sacudió su cabeza de izquierda a derecha mientras soplaba. —¡Papá, respete!, no use ese lenguaje para referirse a otros. Como le decía… a ella le agradan ellas, no ellos. —¿Qué?, ¿cómo así?, no sólo es una enfermedad de los hombres. Yo pensaba que se debía a la “Bomba Gay” que al parecer fue fabricada en los EE.UU.

—Te equivocas… además… Por si no lo recuerdas, los homosexuales ahora pueden libremente hacer parte del ejército en los Estados Unidos, eso lo vimos en este canal. —¡Yo sabía que esos negros no traerían nada bueno! ¡Nadie te oba-mará en unos años! –­continuó en tono burlesco y despectivo, mientras reía estrepitosamente—. ¡Esperemos, lo quiero ver!, lo van a odiar. —¡Mamá! ¡Dígale que se calle!, ¡me exaspera! ¿Papá?—reclamó su atención—, ¿Cuál es el tono de piel de tu mejor amigo? —¡Bah! —la miró con desdén—¡tramposa! —Mijo, mire —expresaba mientras tocaba su energúmena mano en tono condescendiente-­-las cosas ya no son como antes, es mejor aceptarlas. No existe cura. —¡A punta de rejo!, —decía agarrando de nuevo el machete, que hacía temblar entre sus manos—. —¿Mamá? —cuestionó extrañada. —Perdón. Ya lo explicaste. Sean como sean las cosas, yo creo que a los niños si les hace falta las lecturas. Te aseguro que van a volver a sus viejas y callejeras andanzas… y a mí… me hará falta —suspiró mientras el caucho que sostenía su cabello, pegó un brinco, por el volumen del mismo —, tanto como los masajes que hacía Doña Carmenza en la peluquería. —¡Supongo!, pero no creo que se pueda comparar con la máquina de afeitar eléctrica que le vi a Rogelio, que lástima que no puedas usarla. ¡Pone mis pelos de punta! —¡Papá!, estás hablando como un marica. —¿Qué? —estrelló la é contra la pared. —Se supone que los machos se afeitan, no les importa lo que sienten, ¿no? —Bueno, no van a empezar de nuevo…como te decía…—interrumpió Alejandra—es un cosquilleo extraño lo que sentía al escucharlo. —¡Ay no mija! —pronunció preocupado, con la mano izquierda en su frente, atónito, y rumiando un hueso—¡me la está convirtiendo! —culminó su frase con los ojos preparados para recibir una gota. ¡Tráigame la camándula! —miró a su hija. —¡Bah! —le dio una palmada en la frente—déjese de pendejadas Pancho. Puras majaderías. Parece un bebé, y estoy segura que son más maduros. Allá está servido su caldo con papas —señaló con desprecio. —Pero mija, —retomó la conversación en un tono de galgo regañado—es que sumercé no entiende. —¿Qué no entiendo?, —remedó su tono de voz y le observó como si hubiera comido un taco de chiles—¿que el muchacho debería ser como usted?; vago, perezoso, bebedor, un gordo inculto que me quería encartar con 15 hijos, expulsa escupitajos en la acera, y se baña cada mes. ¡Qué tal que le hubiera hecho caso! Así como el hijo de la vecina, otro idéntico a usted. Por lo menos ese señor parece que tiene un buen espíritu; y ahora le toman por burla. Nadie se había dado cuenta de su problema, hasta los comentarios de esta bífida hija que tengo. ¿Qué es lo que quiere niña, sexo? —giró su rostro hacia ella con plena decepción—, mala hora la que acepté la propuesta de Roxana. ¡Estoy aburrida! —sentencio enfurecida mientras las llamas en su aura quemaban las vellosidades del viejo, inmóvil en su silla—y además… ¿no amas a Julio? Que ahora no te pueda acompañar muy seguido por sus náuseas, no implica que le faltes al respeto. Y si ya no lo quieres, es mejor que se lo digas. —Está bien mamá, acepto que no debí hacer ese comentario en la fiesta del barrio. Pero, me pareció extraña su frigidez conmigo, todos me desean —lo afirmó con plena convicción—en cuanto a Julio… si lo amo, pero ala, me tiene aburrida con su enfermedad. No te preocupes, lo seguiré cuidando. —¿Cómo así, es decir que tampoco estás segura de eso?, ¡Qué vergüenza! —estallaron los vidrios de la sala ante el grito de su rostro flagelado. —¡Mamá! Pero es extraño—elevó la voz mientras ella se retiraba. —Mija, no le ponga cuidado a su mamá, está como loca —continuó el padre—mejor ayúdeme a levantar de aquí, iré a la tienda de Don Rogelio. Vamos a ver cómo lo solucionamos. —¿Qué se supone que debes solucionar padre? —Ya me lo agradecerán. Sé paciente, nos traerá buenos frutos—sonreía sin mostrar los dientes. —¡Ay Dios mío!, —angustiada, oraba la anciana en su habitación—el vecindario de nuevo huele a cerveza. Los saúcos y los tilos ya no florecen. Estas esposas de hierro me anclan a un marido intransigente, y no entiendo por qué estos muchachos de hoy en día son así; remilgosos y contestones, o como el Rubio, tan extraños. Nací criando cabrones y terneros, lavando cerdos, y cebando ingratos hermanos, como cortando leños, ¿acaso crees que no merecía un hogar mejor? Me hubiera encantado tener 15 hijos, es sano para una familia, pero con alguien comprometido a alimentarlos —elevaba con ahínco su disgusto al cielo, sacudiendo la camándula en las manos. ¡Mi madre lo decía!: “los viejos siempre tienen la razón”, eso me pasa por enamorarme de ese bueno para nada, un pelmazo viejo y poco cuerdo… ¿Qué opinas, di algo? ¿Se me está ablandando el corazón? ¿Eso es malo? ¡Estoy cansada de hacer los mismos trabajos cada día, sin recibir ni el más mínimo agradecimiento! Me levanto…, a la cocina, al mediodía, otra vez… y en la noche, ni que se diga… ¡Lo haría a diario!, lo sabes —señalaba el techo—, pero ya no tengo incentivos, mi hija creció, y es una arrogante manipuladora, ¿acaso viste alguno de mis hermanos o a mí, en tales acciones? ¿Por qué me castigas? —lloraba sobre una reliquia.

Ese joven me mostró el valor que tengo en un instante. ¿Será que él es, lo que mi hija dice que es? ¡Tú me entiendes! Y si es verdad… ¿A qué se debe? Es raro, no lo niego, pero… ¿por qué he de lanzarle la primera piedra? Me ha gustado lo que me ha enseñado; me ha enseñado a leer… ¿Y si yo fuera su madre? ¿Qué haría? Yo no soy libre, pero si lo fuera, ¿él lo sería? —Santos y santas, acudo a ustedes, —evocaba en voz alta—les he comprado grandes velones de colores, —pronunciaba en un tono más bajo. Acudo porque necesito mantener las fuerzas para continuar con este ritmo de vida. Y los invoco porque se hace necesaria la libertad y la paz en estas tierras, que también habitan los necios, corruptos, e intolerables; algo posible tan sólo con la solidaridad y la aceptación.

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