Capítulo X

Al amanecer, los rayos del sol acariciaron su piel sudorosa; por la tibieza del tapete. Abrió los ojos, y vio las páginas en blanco.

—Joven, pero qué hace ahí, en el suelo, puede contraer gripa. ¡Vamos!, levántese —le halaba del brazo—no se imagina lo que voy a preparar para el almuerzo, ¡le va a encantar! —Buenos días María, muchas gracias, voy a bañarme —refregaba los ojos, aún somnoliento. —Le espero, pero no se demore.

El chorro caía sobre él, mientras los vapores se elevaban. Tomó el resbaloso jabón perfumado por Roxana, y con el estallido de cada burbuja, memoraba al joven de cabello volcánico, que compartió su vaho con él, aquella noche. La joven musa no era percibida sino por Mario, que se abstenía de cualquier contacto con ella, entre cánticos y gritos que la exasperan. La magia de aquel menjurje no sólo radica en atraer, sino en tallar sobre la memoria, la primera imagen del ser amado. Y para su tristeza, la imagen que aturdía al Rubio cada día al bañarse, tenía nombre propio, y no era el de ella.

Le dejó en la jabonera nuevamente, y caminó semidesnudo por el pasillo, hacia su habitación. Quitó la toalla, y deslizó por él, las prendas de vestir. Luego tomó unas flores, y visitó a Ania en compañía de una mariposa monarca, que adornaba su jugo de naranja. Le había servido huevos pericos, y algunas galleticas de emoticones seleccionadas, para evitar alguna cara infeliz. Mientras ella degustaba el desayuno, le contó de la designación de labores que tenía pensado llevar a cabo ese día; Mario como un carpintero que además debe talar los árboles, Julio como diseñador y Roxana en la caja.

—¡Ay mi pequeña Ania! —exclamó apesadumbrado—vendí las vacas, y pedí a Mario que destruyera la viña. En ocasiones la vida no parece muy grata, ¿cierto?, pero qué se le hace… —mantuvo el silencio por un rato—Están ricas ¿no es verdad?, son de canela y vainilla. Hay una novedad en el taller, nos puede beneficiar a corto plazo, pero…siento un no sé qué, en el estómago. Hace unas semanas llegó un señor que dice venir de Venecia, un vecino de buena labia. Un día llamó a la puerta, y expresó muy efusivo, lo estimulante que fue para él, ver la mesa que diseñé a una de las hijas de Don Rogelio. El señor es comerciante, y me convenció de expandir el negocio. Tú sabes que estamos muy mal, así que acepté. Sea como sea, Roxana ahora se encarga de la caja; ha tomado práctica. Mario corta, y talla la madera, mientras Julio la diseña, aunque a él, lo he notado con desgano.

Intenté animar a Julio con una botella de vino, del primer cultivo, pero no resultó. Y ese no sé qué en mis entrañas, es simplemente la dificultad de hacer un diseño sin haber visto al cliente. No estoy seguro de que los muebles le agraden a alguien; el veneciano los distribuye en el norte, y allí las personas tienen fama de ser muy estilizadas. Por lo pronto, estamos enviando copias de producciones antiguas. Y la verdad, yo estoy entretenido en otros asuntos.

¿Por qué no me hablas? ¿Qué te pasa? ¿Es por aquello de tus arbitrariedades?, no las comprendo, pero ya pasó. ¡Nadie las recuerda!… respeto tu silencio pero me gustaría oírte, necesitas hacer ejercicio—cerró los párpados aquella mañana, que habría de repetirse por un mes, mientras el veneciano importaba el anís y las crines de los diversos y majestuosos caballos que él había solicitado.

No hablaba, su lengua se había entumecido, y ya no escuchaba al Rubio, que le parecía poco cuerdo al repetirle la mismas sandeces todos los días, aunque de distinta manera. No obstante, sentía compasión, ya que conocía las angustias económicas que debía estar acaeciendo. No le escuchaba, pero le veía; cada gesto de sus ondulaciones doradas, y el color de los ojos del joven, le gratificaba el alma; pero el aleteo resplandeciente de la mariposa en el borde del vaso, aturdía su mente de recuerdos en veneno. En alguna ocasión intentó mover su cuerpo, no le importó el rechinar de los huesos, constancia del límite de movimiento que la osteoporosis le permitía. Al lograrlo, arrastró los pies lentamente hacia una butaca. Una vez sentada, frente a sus humeantes botellas encorchadas, jugaba de nuevo con distintos químicos para lograr la neutralización del veneno. Gastaba las horas en ello, sin resultado alguno.

Había suspendido el suministro de arsénico a las plantas; el dolor corporal le agobiaba. Pero dada la bondad del chaval, lo mínimo que podía hacer era intentar hacerles inmunes, por lo tanto, continuó regando las orquídeas del balcón hasta el final de sus días.

La materia de esas flores reflejaba la luz en un escarchado incandescente, casi cegador; ello garantizaba que la anciana jamás olvidaría la transformación a la cual les había sometido. La vergüenza la invadía, sus sentimientos se revolcaban entre la contemplación de aquellas plantas, y la culpa de generar alguna posible muerte. La inmunidad de su familia era lo único que deseaba.

Salió de la habitación, mientras su piel renovada, reflejaba la luz en el balcón. Comentó sus nuevos planes, y una vez asignadas las labores, caminó hacia su escritorio, y derramó otra gota de sangre sobre el papel del libro. Añadió con cinta pegante algunas hojas, tomó su grafito número dos, y luego hizo el bosquejo de una máquina que después de saciar la sed, había brotado del vacío. El día anterior recibió los materiales necesarios para su construcción, tan solo esperaba que su ingenio lograra hacerle funcionar. Replicó el diseñó del tubo de un metro de largo, y tres centímetros de radio. A él, perforó una espiral a su alrededor, una extraña espiral de resonancia; que recubría con albura extraída del aliso, después de que usaba el instrumento, ello, para conservar un leve grado de humedad. Tenía así, un ébano oscuro, casi negro, conviviendo con células vivas. Luego tomó los hilos de crin de los caballos, y unió algunos de ellos para generar sonidos agudos y graves según el grosor. Los ató en orificios hechos a un par de círculos, cada uno con siete milímetros y medio de radio, de tal forma, que ese nuevo tubo pudiera ser introducido en el otro.

En el centro del instrumento, un cilindro metálico hueco, flota gracias a algunas almas o varitas, que también ayudan a transmitir las vibraciones al tubo externo. Este cilindro tiene en sus extremos unas pestañas, u orejas, que mantienen la tensión del tubo de hilos que le rodea. Así mismo, tiene incrustado en la cúspide, una gran estrella de anís, como si hubiese sido perforada por cánula, cuyos pétalos se elevaban al cielo a 60° alrededor del centro del tubo. Cuando uno de ellos desciende a cero grados, la espiral metálica correspondiente, se enrosca inmediatamente bajo el pétalo, una espiral que imita el mecanismo de los juguetes de cuerda. Movimiento que acciona un martillo de cedro tallado milimétricamente, cuya forma emula el casco de un barco, y este hace vibrar las cuerdas. Un martillo que puede desplazarse al sostener la tecla; para hacer dinámica la electricidad. Así, las ondas interactúan con el tubo hueco, que transmite el mensaje a través del alma, hacia el veteado regular que refuerza el sonido por simpatía.

Sobre la alfombra, de pie, tecleaba día y noche. Le afinaba intuitivamente una y otra vez, aunque ello implicara desarmarlo. Cantaba a la luna, mientras Roxana le observaba en la penumbra de su perfume, sollozándole. Aquella noche, la niebla cubría el barrio, mientras el Rubio en su júbilo, tocaba y tocaba sin cansancio. Escuchó unos gritos en la calle, fue a la ventana, y observó aterrorizada tres hombres; uno de prendas rojas, otro de atavíos negros, y el último de ropajes verdes; cada uno con un puñal, persiguiendo una dama de vestido blanco, que al girar la calle, y luego de medio minuto de petrificación por la sorpresa, los oídos de Roxana escucharon un chillido desolador, que ahuyentó los espectros que caminaban por aquella senda.

Recostada contra la pared, Roxana desgarró la cortina, de la misma forma que aquel vientre había sido perforado por aquellos bandidos, que después del crimen, y en medio de un vaho verde, jugaron con los intestinos desparramados. Cerró los ojos elevando una plegaria al cielo, y pidiendo perdón por no haber tenido valentía, por no haber brindado la ayuda necesaria para evitar el brutal aborto, que el novio de la víctima había pagado. Abrió los ojos, se asomó por la ventana, y un corrientazo de indigna complicidad invadió la manzana a través de los cristales; todos los vecinos habían escuchado los gritos sin socorrerla. Todos eran criminales ahora, embriagados en el silencio del olvido, para mantener en la impunidad a un muchacho, que cinco minutos después, salió de su lecho arrepentido, y al tocar el asfalto, sintió el asco de aquellas lechuzas cobardes mirando hacia la escena del crimen. Cuando regresó a su habitación, degolló su alma ensangrentada.

No es más que una efímera imagen de tantas que cruzan en la noche, mientras estamos a salvo en los ladrillos de nuestras casas. La amaba, pero había perdido su mente en medio de una agonía que no pudo soportar, la muerte que implicaba ser padre. “¿Cómo voy a serlo?, no tuve alguno”, era su constante pregunta. Eso ocurre en sociedades de hijos emancipados de sus progenitores, pueblos de heterogeneidad cultural, de estructura disonante al mezclar el semen de los padres; hijos ricos en ADN, que aún no saben cómo polinizarlo.

El Rubio practicaba, sin lograr componer una sola historia musical. Roxana dio la espalda a la ventana, y se resbaló para acurrucarse contra el muro. Sollozó un buen rato, arrullada por los diversos sonidos. De repente, levantó su rostro, y recordó el infierno vivido cuando la enfermedad de la curiosidad, lo había absorbido. Se levantó inmediatamente, se dirigió hacia él, y lo sacudió sin cesar. Zarandeo tras zangoloteo le llamaba una y otra vez, pero él tan solo continuaba tocando.

—¡No lo hagas más! —le gritaba de nuevo al oído—¡Amor, no lo hagas más!

Greñuda y con las puntas del cabello electrizadas, la invadió la furia contra el pasado, y plasmó de una bofetada sobre la mejilla del Rubio, cada una de las hendiduras de su mano derecha, y desprendió así, la piel muerta. Luego le arrancó de las manos aquel instrumento, y lo lanzó por el aire hasta chocar con la cristalería de esencias. Caminó hacia la puerta del taller…, al abrirla, la fricción y el peso removía el óxido que destilaban los goznes.

Sigilosa, corrió para salvar lo que pudiese de aquel grito, mientras las demás personas se habían acostado nuevamente. Removía a su paso la perturbada neblina, y al llegar al cuerpo, la vio desangrada, con el rostro hacia el lado opuesto del que colgaba su bebé. Fantasmas de humo los rodeaban. Sintió el pulso de aquella vida, y después de haber regresado a su casa por unas tijeras, le cortó el cordón umbilical luego de amarrarlo con un hilo de crin. Cubrió al bebé con una manta azul, y se dirigió apresurada a la estación de policía.

Los misterios de la vida no permitieron que el infante fuese perforado por el arma blanca. Como si el presentimiento hubiera corrido su cuerpo hacia el costado opuesto de la inserción. Descalza, enmarañada, y con sangre en sus manos, gritaba histérica hacia la estación de policía, solicitando con urgencia el traslado al hospital más cercano.

El fulgor de la luna, más cercana a la Tierra que nunca, con un aura amarilla a su alrededor, y una estela de nubes dejada a su paso por un avión, anunciaba el júbilo de una criatura que a pesar del frío, no lloró en ningún instante, tan solo había abierto los ojos, y al quedar maravillado por el resplandor del satélite, un instinto le aferró a aquella cuerda resbalosa, apretándola como si su vida dependiera de ello.

Un parto prematuro y forzado, hacía sonreír a Las Moiras en el más allá, con sus tijeras listas para cortar otro hilo de la vida. Esa noche, Roxana trasladó su amor por el Rubio, hacia un pequeño que se borró de la faz del planeta 78 horas más tarde. Gota a gota, una gotera en la calle caía sobre una varilla metálica, para acentuar el frío de la noche, mientras el vaho flotaba al nivel del techo de las casas, sobre los cuales no se podía ver ninguna nube, tan solo la claridad del universo.

Gota a gota caían sus lágrimas sin llanto alguno sobre el suelo, acurrucada nuevamente contra aquel muro, a espaldas de la ventana. Elevó sus pestañas húmedas, y recibió el abrazo del Rubio, quien hacía 24 horas había despertado de su nuevo trance. Ella había destapado el frasco, para que el aroma del perfume penetrara los miles de vasos sanguíneos de la nariz del joven. Cuando reaccionó, el olor confundió su mente. No era la fragancia de la mujer que estaba viendo, sino del joven que lo amaba en silencio.

Aun así, a pesar de las 24 horas, el poder del frasco permitió que su índice derecho acariciara la mejilla de Roxana. El vibrar de la vela acentuaba la silueta de las sombras en la pared húmeda por las esencias, 78 horas sin limpiar. Sobre el tapete rojo, de pie, entrelazaron sus manos. Miraron el fulgor de los ojos humedecidos por las lágrimas. Ella deslizó con suavidad los labios por cada célula del refulgente cuerpo, para sentir luego la brisa de las exhalaciones al quiebre de la Aurora. Sus extremidades entrelazadas, sumergieron las almas, para controlar con facilidad el peso corporal en el agua. El líquido lograba guiar con suavidad el falo erecto, para un desfogue mutuo de dolor. La pérdida del ser que más había amado cada uno.

Un mes más, ahora de miradas aisladas y opacas pieles, uno sin aromas a esencias y sin clientela. Uno más en el cual María tomaba platos redondos, y distribuía la comida en ellos imitando el toro, la figura geométrica; alimentos que servía sobre una capa de crujiente lechuga. Uno de esos días preparó arroz blanco, y a cada lado dispuso dos porciones de tajadas de mango; uno dulce y el otro salado. Entre ellos, una ensalada de chayote y arracacha, bañada en crema de güisqui y cristales de limón. Y en el centro de la figura, un pernil de pollo cocido en laurel, tomillo y un poco de canela. La presa estaba rodeada por una corona de brócoli y coliflor; el primero, aderezado en salsa negra, el segundo, en ají. Así era la vida para ella cada día, una abstracción en sabores que memora mil imágenes, las imágenes de la vida. Ese día, igual a otros, continuó el ritual sacudiendo el mantel blanco, alistando las copas y el vino de reserva, los restos de la primera cosecha.

María asomó su rostro sobre la baranda del balcón, y allí estaba, con tres canecas de colores, una verde, una roja y una azul. El lienzo estaba ansioso, listo para ser pintado. Tomó unas esponjas y luego de sumergirlas, alternó los colores para dibujar las formas que hacían falta para integrar esa sección de la casa con el mundo exterior.

Desnuda, Roxana se levantó del tapete rojo, y fue a tomar una ducha. Ania continuaba encerrada, y la habitación de Julio acumulaba polvo.

Al ser destruido el mecanismo interno del tubo sonoro, el Rubio lo asumió como el ciclo cumplido, de algo incompleto. Así que se refugió de nuevo, mesuradamente en la pintura. Consideró que aún si lo construía de nuevo, no lograría sincronizarlo como lo había hecho. Cerró aquel libro y le confinó a la soledad.

Anduvo hacia el sótano, un oscuro lugar que alberga los elementos olvidados, tales como la cava, y un pequeño proyecto para fabricar papel con alguno reciclado; allí, rescató los elementos que necesitaba.

En el taller, luego de dedicar quince minutos a detallar la tela blanca, lo primero que hizo fue identificar la ubicación de los objetos en el exterior de la casa, tales como las ventanas y la puerta. Después, agarró las esponjas, y con suavidad y paciencia, comenzó a manchar el lienzo para crear los contornos de aquellas piezas. Con la brocha ancha, pintó de color verde el marco de una ventana, y sobre el borde interno de éste, con el pincel delgado, trazó líneas rojas para formar otro rectángulo, uno sobre el otro. El vacío lo manchó con azul, como si la ventana mirara hacia el cielo, en lugar de estar frente a la casa de un vecino. Para la ventana de la izquierda, convirtió el fondo en verde, y el marco externo en azul, conservando el rojo. Luego hizo las pinceladas necesarias para duplicar la entrada de borde superior en bisel, conformada por dos puertas que se deberían empujar hacia afuera. La particularidad la tenía la puerta a su derecha, la cual estaba entre abierta, como si las personas en el exterior la hubiesen halado, con el agravio de resplandecer un tono de luz azul igual al de aquella ventana.

En el transcurso de los días, en medio de los llamados a almorzar, y el agradecimiento de Roxana hacia él, por conservar la cordura; hizo translúcido el muro que separaba al taller-almacén de la recepción; lo pintó por ambas caras. Había logrado integrar los dos balcones, las dos estancias. Lo diáfano, dinámico y brillante del color, competía con el cristal más puro que pudiera existir.

Descansó un día, y luego continuó con las tres esponjas, pintando el otro muro, y los espacios en blanco alrededor de las ventanas y la puerta. María no lograba explicarse lo que veía, por más que él manchaba la tela, el color desaparecía. Para verificar que el Rubio no le estaba jugando una broma, lo observó a menos de un metro por cinco días. Al cabo de diez, y cuando hubo terminado la labor, el chaval se retiró del lienzo, y subió al balcón. Algo había ocurrido con aquel trío de colores que hicieron posible el blanco puro de la tela. Estaba tan sorprendido como la cocinera, parecía que hubiera tenido los ojos vendados. Su incomprensión llegó al límite, pero fue agradable. Una particular exaltación de lo desconocido en la naturaleza. Una bendición divina.

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