Capítulo XII

Mordisqueados triángulos están intercalados unos detrás de otros, en una mutua estabilidad, que les permite serpentear alrededor de otro conglomerado más elevado de figuras. En medio de esas majestuosas montañas, y aunque a lo lejos tan sólo parece de un centímetro, a espléndida altura cae un chorro de agua. Mogotes como costales de papas, entretejidas por una malla de hierbas, tierra, y agua. En la forma que conservan y las lluvias labran, reside la calma del que cultiva y confecciona. Una tierra de casas rectangulares al borde del río, de ventanas inmensas y sin vidrio.

Pais

Un lugar de árboles estilizados, que zigzaguean hacia el firmamento, mientras sus ramas son peinadas por el viento. Plantas cuyas raíces se aferran al relieve, para desafiar la gravedad. Un pueblo de gallinas encopetadas, con plumones en las mejillas, como si quisieran imitar los bigotes de un gato, con manchas negras, blancas, cafés y plumas doradas. Son aves pequeñas, grandes, delgadas y gordas, que caminan con el cuello erguido, contoneando su trasero esponjoso como una almohada, orgullosas de haber depositado en su nido, un huevo de cáscara azul, verde, rosada, pecosa, blanca y gris; muy diferente de los que compra un ciudadano en el supermercado.

La corriente cruza bajo una vivienda que alberga dos cuerpos entrelazados; una entidad que por el brillo de la luz sobre la sudorosa película de sus rostros, se mira fijamente. En una araña metálica, descansa una vasija de barro que contiene pergaminos y lápices. En cada esquina, una antorcha sin encender; y frente al objeto de barro, cruzando los cuerpos, una pila de libros rodeada de bulbos que están listos para ser sembrados. Sobre una sábana blanca en el suelo de madera, yacen tres flores rosadas que el viento desprendió de un árbol lejano de tronco blanco. Y cruzando la cima del pico más alto, una bandada de mosqueteros en cuerpos de cisnes, siguen el torrente.

Aquella noche, con las cortinas cerradas, y los destellos de las luciérnagas que revolotean en la habitación, tomé su pie con mis dos manos, y deslicé mis labios en él, de izquierda a derecha; como si tocara una armónica, presionando su piel para devorarla. El canto de los sapos en el agua, y el constante brincar de los saltamontes, arrullaba el latido de nuestros actos.

Su brazo izquierdo sobre mi espalda, su pierna izquierda bajo su nalga, y su pie diestro sobre el suelo, arqueando la pierna. Sentí un corrientazo a través del sistema nervioso cuando separé mis labios de él, para deslizarlos luego sobre la tibia, hacia la rodilla. Me detuve, con la espalda erecta, deslicé la planta del pie derecho hacia mi nalga izquierda, y descansé el costado externo de mi pierna izquierda en posición paralela al torso de mi cuerpo.

Miraba el destello de sus ojos cada vez que una luciérnaga lo permitía. La luz blanca del satélite, apenas me dejaba ver su silueta. Dejó a un lado la lata de cerveza, y yo intentaba razonar lo adecuado de la mutua seducción. Pertenecía a otra nación de rasgos físicos similares, por ende, él no quería tomar partido en la guerra, sentía que atacaba a su propia familia. En mi caso, nunca he gustado de ellas; la estructura de mi familia se deshizo en una de esas.

Elevó su mano, y lentamente deslizó cuatro dedos sobre mi mejilla, hacia la oscuridad del cuello, para terminar con la presión del índice y el pulgar, en la borla del mentón. No pronunciábamos ninguna palabra, tan solo sabíamos que el otro estaba ahí, a menos de un metro, desnudos, con sábanas blancas cubriendo parte del cuerpo, y escapados de la guarnición militar. Apoyó su mano izquierda sobre el suelo, e impulsó el cuerpo hacia atrás, con la pierna. Media sábana en forma de campana lo envolvía. Cerré mis ojos, incliné mi espalda, y deslicé las palmas de mis manos sobre sus torneadas piernas. Viajamos a través de los corpúsculos táctiles, bajo el frío de una noche dominada por la luna. Un aire gélido que intenté mermar con el vapor que dejaba cruzar por mis labios, al presionar suavemente cada célula, hasta pellizcar sin querer, un pedacito de su piel.

Como el brazo de un pulpo, el órgano se movía, excitando las papilas, que no sabían de qué sabor se trataba; no era dulce, no era amargo ni ácido, tampoco salado, era el sabor del amor. Lenguas torneadas entre sí, mantenían unidos los labios, hasta la última molécula de oxígeno, que los separó para compartir un agitado, tibio, y repentino vaho en los rostros. Los ojos no requerían ya de luz lunar, ni de luciérnaga alguna, tenían luz propia.

Me recosté sobre él, y oreja a oreja sentíamos el latir de nuestros corazones. Con su brazo giró mi espalda hacia el suelo, deslizó sus labios sobre mis pectorales, hasta la ingle, y les subió de nuevo. Dispuso su cuerpo boca abajo, sobre la nacarada seda, y rocé con mi hálito cada músculo de sus piernas, ascendiendo y descendiendo por la columna hacia su cuello, para fundir mi cuerpo con suavidad al suyo, en un océano de sudor.

Las cortinas ondulantes, intentaban mantener su posición en medio del contraste de temperatura de sus lados. Mientras tanto, agudos ojos enmascarados, planeaban caer en picada sobre la cena de bigotes rojos, que saltan en el agua; el líquido que transporta los huevos a un lugar seguro.

Abrí mis ojos, y vi sobre mi cabeza un plato metálico que colgaba del techo, en el cual había un palillo aromático encendido. Su mejilla en mi hombro, y sus piernas alrededor de las mías, eran la prueba de que la concupiscencia nos había cegado en la noche. Besé su cabello, y gire mi rostro hacia el cielo, mientras imaginaba los gritos del general buscándonos entre la maleza. Yo se lo había advertido, pero su obediencia al descabellado ajedrez presidencial, en función de intereses económicos, hacía irrelevante en el margen, la pérdida de unos cuantos soldados para el bienestar de nuestra sociedad. Le advertí antes de zarpar, que si me había escapado en una ocasión, sin salir de Colombia, lo volvería hacer, lo último que quería en mi vida era matar a un ciudadano de otro país. Me tildó de un cobarde anti democrático, y le recordé que François Quesnay tenía un simple argumento sobre la virtud de una sociedad en principio no democrática; luego me habló sobre los gobiernos tiránicos, y entonces le cuestioné: ¿Y acaso constipar la libertad no es en sí, un acto tiránico? ¿Está seguro que en este caso, la libertad no está guiando al pueblo, qué diría Delacroix? Sin responder, le invadió la ignominia por mi ignorancia, puso el arma en mis manos, y me ordenó subir al barco.

Lo había hecho de nuevo, allí estaba, no sé a cuantos kilómetros del campamento, con la remota posibilidad de ser encontrado en brazos de alguien que podría pasar por enemigo, pero disfrazaron como occidental. Me levanté del suelo, me cubrí con una sábana, y asomé mi rostro por la cortina. Hilos cristalinos descendían de las rocas hacia el río; en donde planean las libélulas fluorescentes.

Me senté en el borde de la ventana, con las piernas al aire. Estremeció mi cuerpo cuando deslizó de sorpresa sus manos hacia mi torso, con sus extremidades también al aire; me saludo y me empujó al agua. El helado líquido cristalino electrocutó mis entrañas, mientras veía miles de burbujas subir a la superficie. Vi otro zambullido, era él, tomó mis manos, se acercó a mí, y luego de besarme, me impulsó hacia arriba. Al llegar a la costa, caminamos hacia la habitación, con las sabanas pegadas; me sequé, y luego de vestirnos y tomar las maletas, abandonamos la choza de algún granjero, que usamos sin autorización.

Fue el único, y último retozo de mi vida. Caminamos días entre la población, la cual me prestó ropaje adecuado para intentar ocultar mis ojos esmeralda y mi tez morena. El problema lo generó mi portátil y su maleta, son imprescindibles el uno para el otro en esta expedición montañosa, pero es difícil ocultarlos. Sin embargo, era mi herramienta predilecta. Sus increíbles dos megapíxeles durante el día, lograban captar agradables texturas, las cuales me gustaba acentuar mediante el zoom, porque se veían como un mosaico. Disfrutaba mostrándolas a los aldeanos, que según mi compañero, se sorprendían por la belleza en la imagen impresa, más fuerte que en la vida real. Como si la cotidianidad no permitiera sentir, y valorar adecuadamente el entorno en el cual se vive.

¡Ooo! Fue la expresión de los ancianos de la aldea, mientras señalaban con sus dedos la pantalla. Me recordaban mi infancia; el momento de sorpresa, el regalo que el Abuelo había envuelto en papel y cintas coloridas, y que siempre destapábamos sobre el tapete rojo.

Algunos chicos me acompañaban a rondar por ahí, entre las piedras, los matorrales, las hojas y frutales. Fue en esas expediciones, que descubrí que podía hacer ver a los objetos diminutos, como gigantes, con solo un clic. Jugaba con los filos de las piedras grises, de musgos blancos sobre ellas; los transformaba en inmensos picos, nevados resplandecientes. Giraba la pobre computadora de todas las formas posibles, para captar la mayor cantidad de detalles. A veces solamente me sentaba en el suelo, y al ver un cuadro gustoso a mis ojos, rogaba a Dios que no cambiara mientras desplegaba la pantalla.

Recuerdo un estudio que llevé a cabo cada mañana. Con mi estómago a ras del suelo, ubicaba frente al lente las plantas de cilantro, en un ángulo que les hacía ver tan altas como los árboles al fondo de la imagen. Fotografías de múltiples verdes, unos claros por el sol en el horizonte, y otros intensos por la sombra de los gigantes con hojas.

Fue así, compartiendo con una nueva cultura, que un día cualquiera decidí acompañarles a la recolección de arroz. Dejé a mi computadora flotando sobre una balsa, en modo automático de imagen, para inmortalizar los malabares que mi falta de pericia dejaba expuestos. El sol brillaba… hasta el arribo de las sombras con hélices. En ese momento no entendí qué esperaban para correr, pero aguardé, intentando ser uno de ellos. Mi corazón latía intensamente. Parecían sordos, no se inmutaron, confiaban en su ancestral sabiduría.

Con los brazos armados, y algunos kilos de más, las fotografías captaron las arrugas generadas por la deformidad de sus rostros, que acompañó un grito desolador de sangre en el agua. El primer plano mostró una punta afilada de bambú, que penetraba las fibras musculares de aquellos soldados que creían hacer el bien. Las aristas se asomaban por las ráfagas constantes de viento, que en círculos, movían el agua. No podía creer lo que había visto, y cuando las sombras lo vieron, se retiraron para enardecer su sed de venganza. El pueblo habló en su lengua, luego cargaron a los heridos, para salvar sus piernas.

Tres horas después arribaron de nuevo, soltando sobre nosotros bombas napalm, quemando cuanto follaje había a la vista. No he podido olvidar la imagen de aquellas personas cuyos sombreros de disco ardieron mientras gritaban a sus hijos para huir de allí. El mundo gira, y no hay tic tac en una situación así, escapar es la única esperanza.

En medio del bambú, corría con Satori hacia el refugio: una cueva llena de agua dentro de una inmensa roca, al cuidado del dragón. Al paso, veía las texturas, borrosas y verdes; como un ebrio divisa las luces al conducir un auto. No obstante, en situaciones difíciles, el cuerpo sabe que no puede tropezar por ninguna circunstancia.

El ruido ensordecedor viajó a través de los remolinos de viento, que los helicópteros generaban al cruzar sobre el río. Mis tímpanos parecían perforados. Confiaba en que me seguía, y le gritaba de vez en cuando para mantenernos alerta. El humus crujía en dirección del puente. Debíamos llegar a la cueva antes de la próxima bomba. Toqué las cuerdas y sentí un respiro en mi alma, giré mi rostro hacia atrás, le sonreí, y continuamos corriendo, y a pesar del intento, miles de centellas desequilibraron el puente desde el cielo, las balas lo resquebrajaron para sumergirnos en el río.

Fuera de rango, en la superficie, gritaba su nombre, pero no respondía, levanté aún más mis húmedas pestañas, y allí estaba, flotando al borde de una roca gris. Me sumergí lo más que pude, le abracé por la espalda y lo cargué hasta la orilla. Tocó mi rostro y pronunció algo en lengua nativa. Sus ojos brillaban como aquella noche. Pero transmitió el vacío de su cuerpo al mío. Cruzaba por el río una flor de aquellas, y la puse sobre él en memoria nuestra.

Al cabo de dos horas, la cuadrilla me encontró. Y cuando vio mi rostro me dijo: —Si no mata, lo matan soldado.

Y después de escupirme, ordenó que me llevaran al salón de castigo. Prepararía mi regreso a Colombia.

 

Luis Caballero

Luis Caballero

kimura16

Kimura

 

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