Capítulo XIII

Las golondrinas dieron la bienvenida al nuevo día. Uno en el que Mario se encontraba arrodillado, rodeado de policías que acordonaron la zona para evitar la perturbación de la evidencia. Sumergió sus manos entre la ceniza, la observó con detenimiento, imaginando en ella la memoria de su familia, sin saber que allí, descansaba medio barrio. Todos habían sido horneados por la explosión de algunos líquidos inflamables en el sótano, una chispa que inició en la habitación de Ania. Todos, palabra que incluye a las personas cuyos síntomas, obligaron a sus cuerpos hincados, a sufrir cambios erráticos de presión arterial, mientras pedían perdón entre lágrimas y sudor; eran los envenenados.

Elevó las manos para dejar deslizar entre sus dedos, el polvo suave y gris. Luego dirigió los ojos hacia el rasgado muro de la casa vecina, y vio en él, un atisbo sonriente cuya mirada parecía verle, pero a su vez sentía que no lo hacía. Se levantó de allí, intentó no pisar el residuo humano, pero era imposible. Caminó hacia la casa de doña Alejandra, y le vio en la puerta con un velo negro, llorando por la desgracia; su marido y el novio de su hija estaban muertos. Le tomó del brazo, y la guió a un sofá, preparó agua de valeriana, y luego de unas palabras, Mario hizo rechinar la madera de la escalera, hacia la habitación en la cual dormía Julio.

Al abrir la puerta, vio un haz de luz que provenía del horizonte. Dio pasos con sigilo hacia ella, y al tropezar con el cuerpo, se agachó, y elevó el tronco hacia el suyo. Al notar un objeto incrustado en él, sin soltarlo, rasgó de su blusa un pedazo de tela, con el cual arrancó el artefacto puntiagudo. Lo recostó en su pecho por largos minutos, y luego le cargó al colchón de cenizas. Abrió como pudo un espacio en la tierra, y lo cubrió de hollín.

Regresó a la habitación, y descolgó el cuadro del muro. Con el brazo izquierdo sobre la pared, y con el otro ocupado, vio cómo el viento se llevaba las cenizas, sin que los policías pudieran hacer algo. Observó la pintura, y no comprendió por qué había sentido que lo miraba, si ésta no tenía iris en los ojos. Deslizó su mano sobre la diestra de la señora, y detalló hacia la izquierda, sobre el vestido, una perforación acompañada de dos letales rasguños. Le arrancó del marco y la enrolló.

Alex Johnson OBRA: OMG Mona, Love the Hair Modificada para este Blog con rasguños rojos.

Alex Johnson
OBRA: OMG Mona, Love the Hair
Modificada para este Blog con rasguños rojos.

Durante nueve días y nueve noches, cuidó el nivel del agua que el aire bebía de cinco vasos, equidistantes en una circunferencia. Acompañó el ritual con una extraña danza de las entrañas, que aterrorizó los ojos de los vecinos en las ventanas, a excepción de doña Alejandra, que sin saber el porqué de ello, sentía un duelo compartido que le dio fuerzas para llevar dos vasos más, un crucifijo, y unas sábanas blancas que rodeó con un círculo de velones. Al parecer, sus rituales tenían más en común de lo que ellos mismos creían.

Al amanecer, un señor de vestido negro con sombrilla larga, golpeó en la casa. Era el joven tutor, había regresado de alguna guerra. Saludó cordialmente y preguntó por el patrón o la patrona. Mario sin querer molestarla, le comentó sobre el luto. De repente, una estela erigía delas sombras, un rastro que salió de las rígidas cortinas, una voz tan dulce como profunda y melancólica, que removió las cenizas de la memoria. Su piel blanca acentuó el ébano de la casa, mientras los detalles emergían entre las ruinosas palabras que Mario acompañó con café; una suave bebida que estimula los sentidos con su peculiar aroma, mientras una voz de ópera viaja con un modular sostenido e intenso en la escala musical de desgarres profundos, que súbitamente, Mario prefiere intentar evadir, observando un gladiolo en el patio de la residencia. Tocaron de nuevo a la puerta, y cuando doña Alejandra la abrió, recibió a otro Mario vestido de Don Rogelio.

Cada tarde desde aquel día, visitaba al desvelo de su mirada. Rubí había estado detrás de aquella fechoría, y había muerto asfixiada entre llamas. Ya no tenía por qué vestir como su mujer le ordenaba, por el contrario, podría conquistar a aquella dama que cada tarde le rechazaba; aunque la duda sembrada en ella, le impedía negarse cierta atracción hacia él. Cada noche, después del flagelo por el cuerpo de aquel negro irrespetuoso, cuyo aroma difuminaba las imágenes de su tosco esposo, le llevó a sembrar en cada rincón de la casa, una fotografía de su marido.

Luego de las flores rojas que Don Rogelio le entregó, para que ella las sentara en su cabeza, se retiró con algunas espinas. Al cerrar la puerta, tomó un pañuelo y limpió del corazón de su mano, la sangre derramada. Los atisbos del amor son como las miradas fugaces, se sabe que están presentes desde hace mucho tiempo, pero rara vez se asumen.

Se sentó de nuevo, llamó a Mario para cargar las tacitas, y compartieron otro café. El joven visitante regulaba la temperatura con la porcelana en la mejilla. A pesar de las sentidas palabras de aquella dama, la guerra le había endurecido las lágrimas, sin que ello significara la omisión de sentimientos. Fue Mario quien al contar su experiencia, con respeto, tornaba los momentos tristes en situaciones jocosas.

Luego de algunas intervenciones, mostró una bolsa, y al comentar sus intenciones, Mario lo acompañó después de besar la mano de la señora. —Pensaba trabajar aquí, pero creo que lo mejor será regresar a mi tierra natal Mario, si usted quiere venir conmigo, puede hacerlo, piénselo —tomó un bolígrafo, y escribió los pasos que debía llevar a cabo para encontrarle. —Lo tendré en cuenta señor, muchas gracias —recibió la guía. —Son tres: un saúco, un sauce y un aliso.

Pisaron el suelo del taller, y el viejo tutor intentó imaginar las modificaciones hechas por el Rubio, según la narración en torno al café. Hicieron tres hoyos, formando un triángulo, y sembró las plantas, en cada uno. Estrechó la mano de Mario al despedirlo, y caminó por las empolvadas calles de dulces barriletes, aunque sin ratas en las cuerdas del medio día. Tomó el bus, y la velocidad mezcló los colores de aquellos cubos montados unos en otros.

Se aproximaba al portal de USME desde La Aurora; el bus alimentador iba hacia el norte. En determinado momento giró a la derecha, dejando atrás una cancha de fútbol. Él, que se encontraba en el costado izquierdo del bus, vio a una pequeña con zapaticos de suela blanca, vestía una muda de color rosa, y un sombrerito bordado con cinta blanca. Parecía que su padre o su madre, la habían dejado allí, sentada, a la sombra de un saúco, dando la espalda a la estación, esperando la llegada de alguien que la adoptara. Es común en una sociedad de madres atemorizadas, invertir los ahorros en un vestido, que haga atractiva a su hija, a los ojos de alguien dispuesto a asumir la responsabilidad de su cuidado.

Es común en una sociedad así, angustiada, con pretensiones de adoctrinamiento cultural universal, además de coartar la libertad, ver al fracaso como algo negativo, que filtra a los humanos entre más y menos inteligentes, y de esta manera, poder transmitir y exigir la adhesión de conocimientos útiles al capital, ¡porque sí!, garantizando la existencia universal de ricos y pobres, unos al servicio de otros; muchos de los cuales hacen tareas que no desean, porque desconocen las capacidades en su ADN. Es común en nuestra sociedad, tener la utópica esperanza de acceder a una educación que permita respirar, y construir la forma de desarrollar las aptitudes insospechadas de cada hemisferio cerebral, en su conjunto, dentro de la particularidad humana, en el equilibrio entre el histérico y el obsesivo. Una sociedad en donde la interpretación cerebral de una oscilación de aire o luz, gracias a la actividad neuronal rítmica intrínseca15, no sea convulsionada por la angustia de la muerte, por la duda que afecta las proyecciones del cerebro, la oscilación rítmica. En otras palabras16, la sociedad económica en la cual estamos instaurados, tiene la facultad de hacer ver la misma fuente de luz de distintas formas, desde el punto de vista natural (sano), y desde la visión errática.

No obstante, dado que soy un observador, ergo tengo la facultad de alterar el estado de una partícula17, por ejemplo: un individuo, que además nace dentro de un contexto histórico; estarán seguros de que mis oscilaciones rítmicas han sido alteradas. Así, es imposible proporcionar una imagen exacta del mundo. Por fortuna, tenemos18 a los superhéroes.

La madre vive en la época de la decadencia filosófica, la decadencia de aquello que no conviene. No obstante, ella en realidad no pensaba en eso, tan sólo quería que el producto de sus entrañas fuera libre mediante la educación en función del dogma. El credo compra su libertad, mientras la consume a cambio de favores para los cuales diseñó al niño desde la infancia. Esa es la verdad ofrecida al tercer mundo. Su hija nació en el misterio, ello no significa que haga parte de él, pero al estar instaurada en él, puede aceptarlo o rechazarlo bajo su concepción de libertad, no anárquica, bajo la fecundidad de lo que siente, quizá, miedo a la muerte.

El semáforo estaba en rojo. Los pasajeros también la vieron, pero algunos prefirieron cerrar los ojos con el ruido de los audífonos en sus oídos. El joven sintió que debía hacerlo. Solicitó al conductor abrir la puerta, él se negaba, el sistema lo prohíbe; los buses alimentadores, ni los biarticulados, pueden parar en otro lugar que no sean las estaciones o las señales de tránsito. Entonces recurrió al cargo de conciencia, por el abandono de esa niña, y fue así como le permitió recogerla junto a su canasta.

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5 comentarios en “Capítulo XIII

  1. Por el contenido de tu blog, por tu buen hacer y por tu dedicación, para que nos podamos dar a conocer entre nosotros y que cada vez seamos más los que compartimos las artes y las inquietudes que cada uno tenemos, te he nominado para uno de los premios que puedes ver en este enlace: http://plumayluz.wordpress.com/2014/09/26/agradeciendo-los-premios-mas-vale-tarde/
    Podrás elegir solo uno de ellos, el que más te agrade, y así poder continuar con la cadena de premios y de esta forma dar eco a lo que hacemos, siempre y cuando tengas tiempo, claro, o te apetezca hacerlo, por supuesto.
    Por lo tanto, ¡Felicidades! y ¡Enhorabuena!
    Un abrazo.

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