Capítulo XIV

De largas y onduladas pestañas, dormía en mis brazos y no había gemido; aun no conocía sus lágrimas, y al parecer estaba acostumbrada a los extraños. Al llegar al terminal de transportes, fui afortunado; la ruta hacia mi lugar de origen salía en diez minutos, y aún quedaban siete lugares en la flota. El ambiente en un terminal es contagioso tanto, que al cruzar la puerta principal, mi rostro por arte de magia comenzó a sonreír.

Mientras caminaba hacia el bus, algunos chicos corrían por los pasillos sin perder la atención de sus madres; otros las halaban de las blusas para que complacieran su deseo de un dulce plano, una espiral de colores que hipnotiza; y los demás, cargaban maletas en unos carritos. Pero también había personas sin maleta, que movían la cabeza con ansiedad, como si buscaran una aguja en un pajar, tal vez un ser querido. Los rostros más raros eran aquellos resignados; posiblemente un atraso de su ruta, a lo mejor la espera de alguien que nunca llegará, o acaso descansa mientras piensa que vía tomar, o ha tomado tantas que ya no sabe cuál ensayar. ¿Quién sabe?

Al llegar a la zona de abordaje, un letrero llamó mi atención, “zona LGBT”, decía. Entonces vi cómo un padre agarró a su hijo para que no se desviara hacia aquella fila. Le había llamado la atención el perro de un chaval. No sé qué quería decir esa sigla, parecía un club al cual el niño ahora sabía que no podía entrar. Pero ello sembró la picardía en él, y al primer descuido le volví a ver acariciando la mascota. —No castre al niño, le gritaron al señor cuando lo amarró a su brazo con una cuerda. Ahí si no entendí nada. ¿Era culpa de ellos, por su club; o de él, que no aceptaba el letrero? ¿Por qué ambos no hacían la misma fila?

Al abordar el bus, vi que el vecino del niño era el muchacho con el perro. Sonreí a la ventana. Corrí la cortina, y al escuchar el rugido del motor, cerré mis ojos. Cuando los volví a abrir, estábamos serpenteando las montañas, y el aroma a miel estimulaba mi nariz. El dolor que me afligía se difuminó en medio de las sonrisas, que al correr la tela, aquella niña emitía de vez en cuando, mientras señalaba a través del cristal, los árboles o las aves con sus gordas manitas.

La flota llega hasta el punto en el cual hay asfalto; el pueblo más cercano a mi vereda. Allí pagué otro pasaje; un GP19 Willys nos llevaría en adelante por aquellas vías pantanosas, en compañía del vértigo que los novatos hacen notar en los pelos. Un vacío que constriñe su estómago, y hace que emitan gemidos y gritos repentinos después de un brinco de la camioneta 4×4; un salto que detiene el tiempo, al desprender medio metro sus cuerpos sobre el nivel de la silla. No olvido lo gracioso que son los extranjeros, que aun en busca de aventura, preferían cerrar los ojos a sentir que caían al abismo; las llantas ruedan por el borde de la carretera, y se mantienen en ella gracias a las pericias del conductor, aún con neblina.

Llegamos a una vía ancha, un lugar calmado; bajamos del vehículo, dormía en mis brazos. Compré algunos víveres en la tienda, la única casa que se veía en muchos kilómetros. Observé el reloj rodeado de cotizas, y solicité un espacio para dormir. La gentil señora vestía un delantal con encajes blancos pero con predominio de caoba, seguramente había labrado la tierra. Me guió a un aposento en el cual las polillas revoloteaban alrededor del bombillo. Recosté mi maleta en la pata de la cama, y sentí de nuevo lo que significaba acostarse en una estera. No pude dormir, toda la noche me invadió la zozobra, el cómo debía educar a la niña, el cómo enseñar el bien y no el mal, el cómo no hacerle daño. A

19 Campero-Jeep ninguna hallé respuesta. Pensé que lo mejor sería dejarle jugar y alimentarla bien. Contaba ovejas cada vez que afirmaba, —quiero dormir, quiero dormir—, pero el fantasma se cruzaba de nuevo por mi mente. Cuando me di cuenta, los copetones alguna vez traídos de China, cantaban entre los quiquiriquíes del gallo, con las mirlas, las golondrinas y otras aves desconocidas.

Había amanecido. Preparé la bebida de la niña, adquirí una mula enjalmada con mis compras, y arranqué el viaje con ella al frente; para que me avisara de los peligros de la trocha. La virtud de estos animales, aún sobre los caballos, radica en no mover una sola espuela, si su sexto sentido les indica que en el camino hay peligro. Recuerdo los problemas que tenía mi padre cuando intentaba halar su mula para cruzar algún recoveco muy cerrado, y por no hacerle caso terminaba embarrado, y colgando de un peñasco. Afortunadamente era precavido, y amarraba la cuerda del cabestro a la cintura del animal.

Caminamos durante varias horas, la chiquilla por más tolerante que se había mostrado, comenzaba a estar incómoda.

Parecía un espejismo, pero no era así. El sol radiaba, agucé la vista, era el gran pico, la montaña indomable. Había llegado. Comenzamos a descender, y vi el vago reflejo del tejado. Penetramos una zona de árboles frondosos, de hojas que danzan en la corriente de cálido aire. Las víboras que se tropiezan, asombradas y tímidas, cuelgan del follaje mientras luchan con la gravedad. Los sauces, con sus ramificaciones extendidas como falanges, son adornados por curubos enmarañados en el tronco y las ramas. Enredadera de hojas estrelladas y flores rosáceas, cuyas lianas cargadas de frutos carnosos, se descuelgan de la punta de los dedos de los árboles, como una extensa cabellera adornada que da alegría al melancólico sauce.

Al llegar a la casa de mi infancia, lo primero que evoqué fue el tapete rojo; quizá aún le viera allí, con Oliva, Ligia, Isabel, Lucia, Fabiola, Ibeth, Simón, Julián, Cristian, Víctor, Carlos, Jaime, Albert, Edgar, William, Leonardo, Miguel y Gabriel, que disfrutaban jugar a las canicas; pero era inevitable que había sido hecho cenizas.

Crucé un arco de curubo. Las plantas enredaderas habían cubierto todas las columnas; la chayotera, la calabacera y las auyamas eran quienes sostenían ahora el techo. Sus flores exuberantes iluminaban la oscura humedad del recinto. La madera había sido degustada por el gorgojo, como la osteoporosis empolva nuestros huesos. Sentía los ojos de las flores sobre mí, caminé entre el barro con sigilo, atravesé otro arco hacia la sala, y vi las mollas cuarteadas y sedientas. Continué al pasaje del tapete rojo. Bajo la tercera cimbra, vi a mi izquierda el mirador de la ladera, y a mi derecha estaban las habitaciones de doble puerta. Iba a cruzar una de las alcobas, ahora con puertas de seda de araña, pero el suelo que debía recibirme al otro lado de la segunda puerta, estaba fracturado. Regresé al pasillo, y entré por otra putrefacta alcoba. Después de atravesarla, subí las crujientes escaleras de un balcón de dos pisos, a punto de desplomarse. Allí estaban; las telas de las hamacas resistieron el olvido, sus colores brillantes permanecían debajo del polvo. Les sacudí, las forcé verificando su resistencia, y al balancearme entre las risas de la nena, divisé de nuevo la grandeza. Resplandecía el sol sobre ella mientras la lluvia la hacía gigante. La cascada Aurora no sólo permite el fluir de la vida a su paso, sino que nutre cada bacteria de Colombia al desembocar en el río Magdalena.

En el agua, la vida parece sencilla, los grandes se comen a los chicos y los más grandes a los grandes y así sucesivamente; las ventajas de los seres poco racionales. Recuerdo una conversación con mi Abuelo, un hacendado acostumbrado a las comodidades de su época. Intentaba enseñarme lecciones de vida, adquiridas con su experiencia, pero con la nostalgia de sentir que su compleja lengua, a razón de la maña de no llamar las cosas por su nombre, o tal vez por la jerga que usaban para diferenciarse entre aquellos que consideraban la plebe, confundían mi mente. A veces lo sentía apesadumbrado, estoy seguro que añoraba la sencillez en sus palabras. —¿Y acaso qué pretendes?, ¡se morirían de hambre! —exclamó incrédulo el joven tutor del Rubio, el abuelo. —Deberías observar a los pólipos viviendo y trabajando unidos en una fragata portuguesa; observa la imagen —señaló el Abuelo un libro de figurines que venían con las chocolatinas Jet20. —No estoy seguro Abuelo… de todas formas requieren alimento… yo creo que se unen para evitar ser devorados. —Pero si están unidos, ello implica que se han aceptado como especie ¿no?, son miembros de la misma colonia. De hecho, no se lo preguntan, lo asumen. Como las razas: los blancos, los negros, los orientales y los indígenas. Y dentro de ellas hay variedades, cada una con cualidades genéticas distintas, no homogéneas; como los perros, una palabra genérica para llamar a muchas variedades con capacidades diferentes. —Si te comprendo bien, no lo creo. Por ejemplo, la abeja reina controla su comunidad con hormonas, no le importa aceptar a nadie, solo se reproduce para el beneficio de sí misma. Sus hijos sean abejitas o abejitos terminan siendo sus esclavos. Se parece a las solicitudes que mi madre me pide, nunca me pregunta si estoy disponible; omite cualquier cosa que yo esté realizando; es decir, usa su tono de posibles consecuencias si el pedido no se lleva a cabo en ese instante, y a su modo. Ella no me pregunta, ¡ordena! —Um… eso es muy discutible, y estás caminando por varias ramas, y mi senilidad parece perderse también en ellas jovencito. Tan sólo imagina que te pidió preparar algo de comer, ¿quién te ha dicho que es su deber hacerlo? Además, observa con cuidado lo que he dicho, no importa que los perros, como los humanos, vivan en comunidad, sino que se reconozcan como heterogéneos. Los caninos lo asumen, ello genera estabilidad en sus clanes, porque el líder no los homogeniza, y ello reasigna los oficios a aquellos mejor dotados para su ejecución. —No se vale Abuelo, tú nunca has cocinado nada, siempre has tenido servicio de mesa, y por lo tanto, jamás has sabido cuan bueno o malo hubieras sido para la cocina. Además… los perros no son como los humanos. —Ser racional no implica que dejemos de ser animales, y se deba omitir miles de años de evolución. —En fin, de todas formas, en ese caso, mi mamá estaría… no sé… —Organizando su casa —le interrumpió—es normal, todas las comunidades están… —Jerarquizadas—sonreía el abuelo. —Regresemos a la otra rama… ¡Uf! —exhaló e inhaló—… ¡Ah, sí! lee, aquí dice que los invertebrados como los corales, transmiten sus inquietudes unos a otros mediante una extensa red nerviosa. —No me engatusas Abuelo —interrumpió—, pero está bien, sigamos… tan solo imagina a una hormiga obrera protestando porque debe conseguir comida para su colonia. Se extinguen. ¡Es más! —continuo exaltado el nieto—supongamos que el Patito Feo existe. Al final cambio de familia. —En realidad no, su madre siguió siendo la pata; si mal no recuerdo ambos pertenecen al orden Anseriformes de las Aves. Además creo que te contradices; quizá no se extinguen sino que amplían su conciencia del otro para un concierto. —¿Qué?, no comprendo Abuelo, podrías explicarte por favor. ¿Es decir que hay Anseriformes en otras clases? —Ya no estoy seguro —frunció el ceño como si hubiera perdido el hilo de su idea. —Es mejor que no intentes seguir con esa jerigonza Abuelo. Me confundes. Con Anseri… ¿te refieres a aves acuáticas? —¡Sí!; lo siento, la vejez —asentó la cabeza. Es decir, si bien el pato es diferente del cisne, hacen parte de la misma familia, por eso comparten el mismo espacio, se aceptan sin reproches, luego la paz como dice tu abuela, “llega por añadidura”, no se requiere tolerar, soportar o sufrir al otro. —Entonces no comprendo por qué las discusiones tan acaloradas que tienes con tu hermano sobre los azules y los rojos. ¿Acaso no sería lo mismo? —Tienes razón en tu intuición. El problema radica en las ideas. Es la esencia de la democracia. Si bien no las compartimos, no implica que no las respetemos —decía el Abuelo con las manos entrelazadas sobre su ruana gris. No se trata de tolerar la extrañeza de la idea ajena, sino de ver en su rareza la posibilidad de consenso con aquellas que reconocemos como naturales. —¿Y quién te ha dicho que las ideas raras no son naturales? —preguntó el joven tutor. —¡Precisamente!, el cisne es natural aunque parecía raro —elevó su ceja izquierda al contraer la derecha e igual gesto en sus labios, al compás de una mirada de sensatez. —¿O sea que las monarquías, por ejemplo, no radican en ideas? Yo creo que hay algo mal en tu razonamiento Abuelo. —Tienes razón, la diferencia quizá esté en escuchar. En las monarquías se oye mientras en las democracias se escucha, y tenemos la posibilidad de afiliarnos a una idea, como de proponer alguna otra. —Eso es lo que no me agrada de ti Abuelo, nuestras conversaciones siempre parecen una sopa de letras. ¿Las has probado?

El Abuelo despegó los labios en emotivas carcajadas por el disgusto y el cuestionamiento de su nieto, a quien tomó de la cadera, y sacudió su cabello con los nudillos de la mano derecha.

—Pero en estas tierras, —continuó el Abuelo—, en realidad las ideas se difuminaron en la pasión de un color sin sentido. No lo olvides. No lo comprendes hoy, pero quizá mañana. Ni siquiera en mi posición Liberal estoy seguro de todas sus implicaciones. —Pero sabes que defiendes, ¿No? —lo cuestionó. —Más o menos, tan solo algunas ideas, como la posibilidad del voto de la mujer, y la exclusión de las narices de la Iglesia hasta en la vieja academia. ¡Ah! y el hecho de que me estés cuestionando. —Um… veo… Bueno… deja así Abuelo, cuando sea grande quizá lo entienda.

Observé con detenimiento la cascada, el recuerdo se encapsulaba en una burbuja, una pompa que había permanecido en el tiempo, y que su contenido, había sido esculcado por el espacio en mi memoria. La pequeña dormía, parecía que iba a dedicar mucho tiempo a eso. El chillido de un águila cruzó sobre la montaña, y despertó otro recuerdo en mí, un secreto. Baje de nuevo a las habitaciones, dejé a la nena en su canasta, y me dirigí a la entrada en busca de una pala. Rodeada de flores amarillas de auyama, encontré una que resistió luengos años. La tomé, brillaba a causa de la humedad. Regresé a la habitación, intenté mover la cama del Abuelo, pero desafortunadamente se deshizo en mis manos. Comencé a cavar mientras recordaba su consejo: “ser uno con ella es la clave para lograr el ángulo perfecto”, una de tantas frases de las que me burlaba entonces.

El sudor de mis manos al resbalar sobre el cabo, semejaba el esfuerzo que aún continuaban realizando millones de pasajeros, colgados en los tubos de aquel bus moderno. De solo recordarlo, nacía de mí una fuerza descomunal para penetrar con mayor ahínco aquella tierra. Allí estaba. Un cincelado baúl de mármol, con un rubí incrustado, y cerrado por un candado dorado. Al verlo, no pensé en sacarlo; debía encontrar la llave. Lo observé con detalle, luego la miré y le dije: —Ese será tu nombre niña, de ahora en adelante te llamaras Rubí—. Cansado, me senté en el suelo; estaba agitado por el esfuerzo.

Mi cabeza se mantenía en blanco, pero sentía un cosquilleo cautivador. Giré el cuello hacia la derecha, y a través del marco en donde hubo alguna vez una puerta, la divisé nuevamente en el horizonte. Desde aquel risco, su rugido estridente aturdía con más fuerza sobre la tierra. Mis manos en ella, sentían la vibración de aquella onda. Si lo cruzaba, volvía a ver las escaleras para ir a las hamacas. A mis espaldas, un corredor en donde debería estar la alfombra, el mirador de los terrenos. No tenía idea en donde podría estar la bendita llave. De nuevo, el viento acariciaba mis manos, y la onda del estruendo que genera la cascada seguía retumbando mis oídos. —Mi alfombra, —suspiró.

Miré de nuevo la cascada, y me acordé de la cueva detrás de ella. Si nada había cambiado, allí deberían estar las canicas con las cuales jugábamos, era el escondite de la familia desde que llegó a estas tierras. Una familia mestiza, de padre blanco y rubio, de ojos azules profundos según narraba mi Abuelo, cuya madre de azabache cabello, siempre le impedía cortar un árbol sin sembrar otro. El espíritu de su tribu fue al parecer una constante en ella; como los pómulos que habría de heredar de su padre, el cacique de todo lo visible alrededor del Pico Cóndor, el nevado más alto de la zona. Un líder consciente de la barbarie europea, que permitió a su hija aprender el español, creyendo que así, lograría comunicarse con ellos. Sin embargo, fue ella quien lo observó como la única forma de garantizar su existencia.

La dejé en su canastilla, y la introduje en el hoyo, sobre el cofre; luego me dirigí a la cueva. En el trayecto, me resbalé en más de diez ocasiones, unas por trasladarme hacia allá, otras por rescatar la pala que salía volando en la caída previa. Sentía los caminos más angostos. Definitivamente había crecido. El humus no era muy agradable, me recordaba la caspa en el cabello; y mis pies no eran fáciles de acomodar. No hubo remedio, debía dejar abandonada la pala si quería continuar. —Ya regresaré por ti, —la palpaba en el cabo al comprender su afligió.

Había llegado al abismo cubierto por una cortina de agua; giré mis pies como manecillas de reloj a las 2:45 p.m., y observé las diminutas hamacas mecidas por el viento en el horizonte. Caminaba en un borde gris de moho blanco, al roce de mi dorso con la montaña. —Tan solo son diez metros, —recitaba en voz alta sin mirar hacia abajo. Aquella frase mutó a la silenciosa… —Ya casi, ya casi… Las palmas de mis manos eran mi guía en aquel vacío que sentía en las entrañas. La espalda parece más rígida que de costumbre, y estaba levantando arañitas con los dedos. La sensación es peor que la de un ciego.

Cuando mi diestra halló un ángulo de 90°, inhalé una gran bocanada de aire, dirigí toda mi fuerza a las yemas de los dedos, y me impulsé hacia su interior. Ingresé como un torbellino, muy similar a los bebes cuando dan un bote y quedan sentados, pero con giros de costado. Con el cuerpo contra el piso, levanté un poco la cabeza, brillaban. —¡Las canicas!, grite eufórico. El eco se hizo sentir como si la naturaleza hubiese sufrido una acidez extrema; algunas rocas cayeron por el abismo. Mi cuerpo se repuso inmediatamente; los temores se habían disipado al elevar el estuche traslúcido que les contenía.

La ceguera de niño no me permitió detallarla entonces, pero ahora observaba en ella distintas pinturas rupestres, y símbolos extraños, además de una escalera para ingresar a un hoyo sobre mi cabeza. Cuando sentí la madera, recordé que ya lo había intentado antes, pero el tamaño de mi cuerpo no me había dejado entrar. Me percaté que debía brincar al hoyo para averiguar su contenido. La recosté contra el muro, en la máxima pendiente que mantenía su equilibrio y el mío. Respiré de nuevo, recordé a las ranas, y exhalé del impulso. Estaba colgando como un simio, del borde del agujero en el techo de la cueva; requería fuerza en los brazos si deseaba ingresar. Otra bocanada de hierro aceleró mis glóbulos rojos como efervescencia en un vaso, los impulsos eléctricos se elevaron, y el ácido láctico comenzó a fluir. Los deltoides y el retináculo de los flexores concentraron tal energía, que impulsó al interior mi cuerpo. Estaba agotado, y no podía ver nada. Veía pequeñas iluminaciones asomarse desde el boquete; la luz se perdía en la infinita oscuridad. Acerqué mi cabeza, para confirmar la proeza, y vi en el centro de la cueva un espejo de plata: —¿Cómo no me percaté de eso? —me cuestioné entonces.

Eran las 3:00 p.m., el sol penetró la cortina con mayor ahínco, llegó al espejo pero se disipó. Comprendí el porqué de los cristales. Lancé el estuche piramidal sobre el espejo, e inmediatamente concentró la luz hacia mis ojos.

Su piel era de placas de oro. El resplandor dorado de aquellas columnas cruzaba entre mis falanges, mientras mis ojos habían sido deslumbrados por miles de formas talladas que evocan la vida. Caminé hacía las profundidades, intentando almacenar cada detalle en mi memoria. Tenía por lo menos quince metros de diámetro. Parecía un friso gigante que narraba una historia inmortal. Al fondo había un pequeño estanque de agua clara, cuyo interior destellaba un brillo de intenso amarillo, causado por la refracción de la previa reflexión en la piel de la cueva. Recordé entonces la vieja leyenda del Dorado, sin embargo, esa historia pertenecía a la laguna de Guatavita cerca a Bogotá… —A menos que este líquido sea un túnel que me dirija allá, —dije escéptico de mi pensamiento, por la distancia de un lugar al otro.

Divisé un cofre igual al que había encontrado en la casa, estaba abierto. —¡La llave!, —grité mentalmente para evitar el eco.

La tomé y me dirigí a la salida. Observé con detalle por última vez. Eran las 4:00 p.m., la luz se había extinguido. Me tropecé con algunos objetos en el suelo, seguía la leve luz del hoyo. Me lancé al piso. Veía de nuevo las imágenes en mi cabeza. Observé el mecanismo, y al mover el espejo, el agujero desapareció. Empaqué las canicas y la llave. Me asomé al barranco… y solté la escalera y el plato de plata por él.

Introduje la llave, la giré a la derecha, y al abrirse, destapé el cofre. Un rollo de pergamino con una vieja firma azul, en grafía antigua, acompaña una huella con tinta roja, que se asomaba bajo un sello de cera, mitad rojo y mitad azul, el cual tenía marcado un escudo de armas. Junto a él, una carpeta con varios papeles, entre ellos las escrituras de todo cuanto se puede visualizar desde el Pico Cóndor; hay un pie de página con las especificaciones del lindero, calculado a partir de una circunferencia con eje en el mencionado nevado. También encontré un par de collares; uno de diamantes rosados con un rubí triangular como joya principal, el otro era una esmeralda rodeada de amatistas. Pero el objeto más bello de todos, era una pluma magenta de iluminaciones amarillas, y de barbas doradas de algún ave majestuosa. En el fondo de la caja, unos planos. Esa noche armé la carpa y dormimos al calor de una hoguera, allí en donde solía estar el tapete rojo. Al día siguiente aticé la estufa de hierro y ladrillos. —¡Reacciona!, ¡Vamos!, soplaba con más fuerza después de hurgarla, pero por más que le alimentaba con madera, la humedad me negaba hervir el agua que requería para preparar la leche en polvo.

Tomé la cesta y me dirigí a la comunidad más cercana. Si el tiempo no había cambiado mucho, al otro lado de un pequeño bosque cerca al río, encontraría un caserío. Tomé mi mula, y caminamos treinta minutos, cuesta abajo. Al llegar casi exhausto, con el canto empedernido de aquella famélica criatura al oído. Dos señoras asomaron sus cándidos rostros gracias a su hambriento llamado. —¡Qué criatura tan bonita! ¿Don…? —Mucho gusto señora —tome su mano y la besé hasta sonrojarla. Tiene razón, se parece a su madre —afirmé sin pronunciar mi nombre. —¿Y ella en dónde está? —Murió en el parto —pegué mis labios e inflé mis cachetes, mientras movía mi cabeza de arriba hacia abajo. —¡Qué pecao! Requerirá una madre —pensaba la señora en voz alta. —Por lo pronto no, deberá bastarle conmigo. El amor de una madre tendrá que esperar. —Comprendo joven, pero no es bien visto a su edad mantenerse en la castidad a no ser que sea un monje. —No me gustan los prejuicios, y hago caso omiso de ellos. —Yo puedo madurar una de mis sobrinas, cuando las vea no dudará en apresarlas –­continuó con su tono intencional de emparentar. —Señora —agravé mi voz para que notara mi disgusto—, debe haber bebido algo inapropiado esta mañana, habla usted como una celestina. —Lo siento caballero. Espero que mi esposo no me haya escuchado, de lo contrario me tomaría por concubina. Y por Dios que no hay enaguas más puras en estas tierras que las mías —sudaba al extender todos los dedos de la mano derecha en su pecho. Lo creéis cierto, ¿verdad? —Más faltaba señora mía, que yo dudara de sus votos. —Vil señor de lejanías, comprenda que no puedo ser suya. —¡Discúlpeme! No ha sido más que un desaguisado, la imagen de algún libro transformada en palabras que está inculta lengua ha tramado. Como le comentaba, estoy de luto indefinido. —Pero debería hacerse “una canita al aire” —interrumpió Jacinta, con rostro pícaro y tentador. Estoy a sus órdenes —descubrió su rodilla izquierda. —Jacinta, guarda la compostura —haló la falda de su criada hacia el suelo mientras ella parpadeaba las pestañas. —Que impertinente, siempre he tenido que elevarle la voz. Si gusta puede seguir —señaló el interior de su hogar—,… —¡Sí, faena! —gimió Jacinta moviendo las caderas. —¡Jacinta, por Dios, te voy a excomulgar! —le gritó mientras ella se retiraba a zancos, pestañeando de nuevo, antes de desaparecer. —Estas criadas mías. No entienden, me he cansado de enseñarles a guardar la compostura, pero no se preocupe, es su comportamiento normal con cualquier visitante. La curiosidad de las ropas extrañas, y tonos de voz finos pero firmes como el suyo, no solo hace que les tiemblen las rodillas, sino que evocan a los príncipes que jamás verán. —Entiendo… por otro lado… Puede informarle al jefe de la comunidad que alguien le está buscando. —Sí señor, un momento. ¡Petronila! —llamó a su criada. —¡Sí! su merced. ¿Qué necesita? —Tome a la niña y dígale a Jacinta que la amamante. —Lo buscaré yo misma caballero, aguarde aquí.

Me encontraba en una casa vieja con techo de paja, columnas de madera sin detalle alguno, cuya base podrida estaba adornada por hongos blancos y rojos. —¡Buenos días!, si lo desea puede tomar uno, pero los rojos son alucinógenos, mi mujer me ha comentado sobre usted. ¿En qué podemos ayudarle? —¡Buenos días!, gracias, pero tan solo les observaba. Deseo construir mi vivienda, estos son los planos —extendí el papel ocre haciendo uso de una de sus manos. —Parece muy ambiciosa. —En realidad es el diseño de mi abuelo, yo solo adicioné aquella cúpula. —¿Y cuál es el nombre de su abuelo? —me cuestionó como si quisiera hacerme caer en alguna mentira. —La verdad no lo recuerdo, tan solo sé que le decía Venadito —pronunció sonrojado. —Don Diego David María de la Santísima Trinidad de Castro Arévalo y Castiluña de Sué Sugamuxi Balam-Acab y los pueblos protegidos por las tres serpientes que emergieron del mar. Más conocido como el pequeño David Oxib-Queh. —¿Eh?… supongo… ¡Sí! —afirmé elevando aún más mis cejas—, debe ser mi abuelo –­ratifiqué absorto del nombre. —¡Yo pensaba que nunca más volverían por estas tierras! ¡Qué milagro! —Exclamó en medio del abrazó que hizo crujir mis costillas. Necesitaremos muchos trabajadores –­afirmaba pensativo, tensionando los ojos en presto cálculo, y alternando su feliz mirada hacia mí, incrédulo de cuanto había crecido. No estoy seguro del tiempo del cual disponen, es mes de cultivos. —No se preocupe —afirmé en tono convincente y con ojos emotivos—, contratemos a todos, y les remunero su trabajo. —No gracias, lo tomarían como una ofensa; aquí siempre se ha recibido a los extraños, y como bienvenida construimos su casa. —Hagamos lo siguiente, convóquelos, y en agradecimiento, escrituro a nombre de cada uno, las tierras que hoy en día habitan. ¿Le parece? —Es mejor no hacerlo señor —reveló su pensamiento—, por los paramilitares, podrían volver. —¿Estuvieron aquí? —Hace unos años vi como los entrenaban algunos militares, al otro lado de la montaña. Tenían o tienen intereses en las tierras. —¿Y la guerrilla? —Alguna vez cruzaron el río…, no sé a dónde iban, pero nos pidieron alimentos. Los hombres tomaron lo que necesitaban, entretanto, invité al comandante un café. Cuando lo fui a servir, vi el reflejo de la aldea en el líquido, bullendo. Invocó la sentencia de muerte hecha por los paras; un murciélago que revoloteaba en mi cabeza. No aguanté el miedo; y narré las amenazas que el contrainsurgente llevaría a cabo sino vendía las tierras a los narcos, o nos íbamos. Les informamos que no eran nuestras, pero hacía años que yacíamos en ellas. Al otro día se enfrentaron con ellos, y nos dejaron seguir con nuestras vidas. Pero la guerrilla siguió su camino, y al cabo de unos meses, paseando por el borde de aquella montaña, vi en el valle, dialogar a un militar con un paraco. Esa tarde nos visitaron, nuestras opciones eran: cultivar hojas alucinógenas o bien, irnos. Cuando dijeron que las plantas se daban todo el año, y que nos pagarían por hectárea cultivada, mis compadres no se negaron. Hacía mucho tiempo que las ganancias de cultivos legales no daban para el sustento. Y lo mejor fue su afirmación de transportar la mercancía. No debíamos preocuparnos por eso. —Entiendo… —Así fue como nuestra economía de subsistencia mutó a otra igual, pero con salario. La guerrilla regresó de nuevo, nos preguntó sobre los narcos, pero habíamos prometido no decir nada. En algún momento se encontraron con ellos. Y los precios subieron más. Pero entonces apareció el gobierno, y las espantó, a favor de los paracos… —La narcoparacoburguesía —le interrumpí—que vela por un “monopolio de compra”21… —…nos disminuyeron el precio, le vendíamos casi al valor que querían comprarnos –­afirmó apesadumbrado—. Yo no sé a qué horas se formó tanto meollo en estas tierras, un zaperoco horrible —reflexionó. —Falta de control Estatal —afirmé. La idea de paramilitares viene de las guerras contrainsurgentes de EE.UU durante la guerra fría mi buen amigo… ¡Qué embarrada!, el capitalismo en mentes criminales se vuelve del asco. Algunos afirman que las guerrillas son unas corrompidas, pero imagino que su alianza con cultivos ilegales es solamente para buscar recursos en pro de sus ideales. De cualquier forma, no estoy de acuerdo con las masacres ni el secuestro de civiles. —¡Qué bah!—manoteó—esos actos también los hacen los paras, incluso peor… las noticias cuentan cómo se filtraron a los gobiernos, dominaron redes de negocios legales e ilegales, y asesinaron y desplazaron campesinos para apoderarse de nuestras tierras; de milagro aquí no fue tan notorio, pero por la guerrilla. Sin embargo, ahora no sabemos cómo es la cosa. Sabíamos que la guerrilla de esta zona nos protegía, y velaba por un buen precio del cultivo, coherente con su filosofía de izquierda. Sabíamos que los narcos tenían paras, que los militares corrompidos, los terratenientes y algunas empresas estaban unidos con ellos a favor de la acumulación por acumulación. Pero hace dos años los militares nos espantaron los paracos. —También lo oí, el Comisionado para la Paz en 2006, afirmó que los paras eran cosa del pasado22, pero al poco tiempo, la Policía Nacional publicó un Mapa de Expresiones delincuenciales post-desmovilización de los paramilitares. O sea, paracos disfrazados de civiles. Basta con observar la correlación entre los lugares que habitaban, y las llamadas Bandas Emergentes23, para hacer conjeturas. —Menos mal que por estas tierras hace ya mucho tiempo que podemos respirar, las guerrillas a nosotros nunca nos hizo nada, los paracos ya se fueron, y los delincuentes están prefiriendo las ciudades. Aunque el radio nos sigue contando de las bestialidades que cometen a veces los militares corruptos: como los falsos positivos. —Tienes razón, también lo oí. —En realidad es una paz incierta, es zozobra, no sabemos si los paracos vuelvan por aquí, o si van a aliarse de nuevo con los militares. Esos verracos también han sido muy malos. No sabemos nada. —Bellacos —Aunque ha ocurrido algo nuevo en la zona. Si subimos a la cima de esa montaña –­señaló—, veremos las viejas rocas que sostienen y encauzan el volumen de agua del río, para formar la cascada. A cuarenta kilómetros de ahí, una empresa trajo un montón de gente que amplió las cuencas cercanas, casi al doble… —Hum… —frunció el ceño. —…y con unas máquinas han estado arrancando pedazos de tierra a los bordes; quieren agrandar su capacidad. Tal vez sea importante para lo que siembran, no lo sé. Son unas palmas. Tienen un letrero en otra lengua que comienza con African. —¡Ay, no! —exclamó angustiado. Es inglés—dijo el nombre del idioma. Esas tierras son mías, ¿no? —Sí, pero seguramente al gobierno se le olvidó. —Imagino que es una concesión de cultivo de palma africana. Pero no es lo que temo. —¿Y para qué usan eso? —Combustibles —afirmé. Es muy probable que los paracos vuelvan, si es que no están a cuarenta kilómetros de aquí24. —Yo le tengo miedo a abandonar la tierra. No quiero incrementar las cifras de desplazados. —El gobierno actual25 le apuesta a la normalización de las tierras, ello no implica redistribuir, pero sí, titular. Yo creo que un porcentaje de los desplazados verá restablecidos sus derechos sobre su terreno ancestral; sólo espero que sea una cifra contundente y empírica. No obstante, me preocupa el Chocó, sabes, allí la población no usa linderos. La selva es su frágil madre. —¡Señor! —llamó la atención—, y nosotros, ¿qué haremos? —Debería reclamar, pero esperemos a los acontecimientos. Si no cruzan la cascada, no digo nada, si la cruzan, los demando por violar la propiedad privada. —No será que eso ya no es suyo, por las leyes. —Tienes razón, la verdad tampoco quiero entrar en conflictos por pedazos de tierra. Seguramente el gobierno las tomó por falta de uso. Se supone que así mismo hará el bien con los recursos que adquiere para sus finanzas. Dejémoslo así, desde que no se metan en esta zona, no ponemos problema ¿te parece? —Me parece, sin embargo, no será que podríamos hablar con el alcalde para que nos transfiera algo de esas ganancias. —No es necesario. Debe ser así. —Pero aún nos toca llegar en mula, señor. —Ja, ja, ja, —sonreí—¡sí!, tienes razón, enviaré una carta. ¿Y qué hicieron con el dinero que les pagaron? —¿Quiénes? —Por los cultivos ilícitos. —¡Ah!, Lo gastamos en los alimentos de la comunidad y en ropa. —Pero deben tener un excedente. —Las mujeres lo quemaron el día que escucharon por la radio, algunos casos de personas adictas a esos menjurjes blancos que ellos preparan. —Sí, es verdad, el consumo de esas drogas no es bueno para las neuronas. —Bueno señor, debo ayudar en la recolección de frutas. Mientras tanto, puede hospedarse en mi casa. Por la alimentación de la niña no se preocupe, Jacinta tiene experiencia en crianza. —Lo mismo me dijo su mujer —sonreí de nuevo. —¡Por algo será! —sonrió. —¿Cuánto nos demoraríamos en conseguir los materiales? Necesitamos un bosque de roble, uno de guadua, puntillas, sierras, martillos, tejado en barro, cinceles, metros… —No se preocupe —interrumpió—, nosotros hemos hecho nuestros ranchos con buenos materiales, y una mezcla natural como adherente.  Fue así como al cabo de diez días, cincuenta hombres guiados por Rodrigo, elevaron una casa como nunca se había visto en aquellos predios. Está conformada por tres construcciones de esbeltos y anchos pilares, imposibles de abarcar con mis brazos. Una bóveda color cielo, es sostenida por arcos; que en el techo, se entrelazan en curvas. En él, cada cruce forma cuatro triángulos; dos de los cuales pedí no oscurecer, sino cristalizar, para dar paso a la luz, de tal forma que se funda la pintura con lo real. Se había convertido en un camino cuya entrada arqueada en roca, invita al foráneo a ver las flores exóticas que cuelgan bajo el capitel de las columnas. El arco del fondo da acceso a una escalera de caracol, en una construcción cilíndrica; su altura desde el tejado equivale a la mitad de un pilar, y culmina en forma de cúpula. Lo diseñé para Rubí, como una extensión del plano que había en el baúl. Las ventanas al nivel del suelo, en su alcoba, permiten ver todo a su alrededor; las estrellas y la comunidad.

Cuando un huésped va a ingresar a la casa, ve a su izquierda la sala en una habitación de cristal, a su derecha un muro blanco; entre ellas un arco. Al entrar, las plantas guían su mirada hacia el cielo abovedado, gira su rostro a la derecha, y observa un muro de guadua detrás de los arcos, en cada uno de ellos reside una puerta. A su izquierda, no hay muro ni puertas. La temperatura que genera una chimenea entre el comedor y la sala, juega alrededor de las columnas.

Cada habitación contiene muebles, pequeños fogarines, y cómodas camas de cajones que diseñé mientras se erigía la construcción. Cuenta con lámparas y pequeñas alacenas, para evitarle al huésped buscar una merienda más allá de su aposento. El piso de toda la casa era en mármol, con sutiles zócalos dorados. Al lado de las camas, hay una alfombra de distintos azules para las habitaciones de los hombres, y otra de rojos y rosados para las jóvenes; de tal forma que al levantarse, el invitado podría jugar un rato con las cerdas en sus dedos.

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5 comentarios en “Capítulo XIV

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