Capítulo XV

Al año, el negro de vigoroso ímpetu y esculpido cuerpo, estaba dispuesto a rehacer su vida después de la destrucción del taller. Sanó sus heridas en Bogotá, y luego de solicitar trabajo en algunas ebanisterías, sin recibir respuesta alguna, tomó la decisión de buscar al extraño de la gabardina.

La fotografía fue publicada por Maria Camila Osuna en facebook. Su perfil es: https://www.facebook.com/camiosuna Todos los derechos reservados de la imagen corresponden a ella.

La fogosidad de sus primeras pisadas en la tierra, se hicieron sentir como lo hacen las grietas generadas por un terremoto. Fisuras de las que emanaba un volcán de hormonas disueltas en lava, que encendieron aún más las miradas de aquellas jóvenes estupefactas del protohombre griego que jamás habían visto bajar por aquella colina. Su hálito despegó los dientes de león, que giraron en espiral hacia las damas; las cuales sintieron la tibieza de su extraño aroma, como un corrientazo de los pies a la cabeza. Ninguna se movía, las había arqueadas, acurrucadas, cargando potes de agua o alimentos; pero aquellos paracaidistas hicieron girar sus rostros a él. Y quienes aún se movían, perdieron su horizonte al detallar hacia el este u oeste según fuera su dirección.

—Buenas tardes, ¿vive aquí el nieto de Venadito? —fueron sus primeras palabras, que terminó de pronunciar con un destello de los dientes, y un brillo estelar en su mirada.

La pobre mujer a quien preguntó, cayó de inmediato desmayada. Al alzarla, la energía de ese movimiento viajó por el aire, transformando las moléculas diatómicas de oxígeno en ozono, el cual acarició aquellas curvas bajo las faldas de las otras damas, de tal forma que todas cayeron al instante.

—¡Papá! —gritaban los niños—, mamá, la tía, las criadas y mi hermana se desmayaron.

Cuando salieron los hombres de sus aposentos, y vieron aquel cuadro del joven negro con la señora en sus brazos, y las demás mujeres en el suelo, lo miraron como si hubiese sido el mismo satanás que las había hechizado, lo cual se acentuaba por el color de su tez.

—¡Viejo amigo! —dije en presencia del desconcierto de los demás lugareños. Me alegra mucho que haya decidido venir. Parece que ha sido un poco tempestuoso. Pero no se preocupe, ellos nunca han visto a un hombre de raza africana. Por eso la sorpresa. Venga conmigo, le asignaré una habitación. —¿Y esta mujer? —preguntó elevándola aún más. —¡Es mía!, gracias —refunfuñó Don Rodrigo. —No se preocupe Don Rodrigo, es un buen amigo mío. Comprenda que la sorpresa para ella debió ser grande. —Entiendo, —se retiró.

Todos los hombres alzaron a sus mujeres, y las llevaron a sus catres respectivos. Temerosos del efecto de aquel intruso en su memoria, acordaron refocilarse con ellas esa noche. Se reunieron en la casa de Don Rodrigo, y compartieron un caldo ancestral, que encendiera en ellos el ardor necesario para dejar huella en las extenuadas damas.

—Hacía mucho no sentía ese aroma —acercaba su olfato sobre el cuello de la cónyuge. —¿Qué ocurre? —ella fruncía el ceño. —Mi florecita de alhelí —pedía a la ternura su colaboración—, ¿no quieres recordar nuestra luna de miel en el potrero? —se repetía como eco en cada casa de la aldea. —No estoy segura, me siento agotada, como si hubiese labrado mucho. —Debe ser por la falta de mis besos, ¿no crees? —insistía. —No seas ridículo, que nadie se cansa por falta de besos sino por exceso de ellos. —Pero hace mucho que no… Tú sabes… —mostraba una sonrisa congelada que endurecía sus mejillas. —Disculpa, pero no entiendo. —Juntarnos —elevaba una de sus cejas como si sufriera de un tic. —Estamos durmiendo juntos —afirmó tajante. —No… —estiró la o, con sensualidad—, es decir, que juntemos nuestras cositas. —¿Ah…? —se cuestionó la dama, mientras intentaba evadir el tedio, rizando el cabello con el índice izquierdo—comprendo. ¡Comprendo que eres patético! —elevó el tono de voz y le dio la espalda—, mejor báñate, ¡ridículo!, no estoy para vulgaridades. Quizá la próxima vez, cuando me digas sin rodeos que quieres tener sexo. —Florecita, estás muy tensa. Observa la ventana —normalizó su voz, cuyo acento entre grave y agudo, le hacía por sí misma sensual—, hay luna llena, como nuestra noche cerca del río, ¿la recuerdas? Además mira, hay un poco de nubosidad —dijo al focalizar la mirada en el cabello, entretanto, hacía círculos con el pulgar derecho sobre el cuello de la pretendida. —Sí, cómo no recordarlo —suspiró la esposa, que lo pensó un rato en silencio… y al ver la insistencia de su marido… —¡Está bien!, ¡vamos!—…fue convencida.

De rebato, como hormigas, en brazos de las virilidades, salieron hacia el río los cuerpos satinados. El sonido de la corriente tranquilizaba un poco los ímpetus, pero el indignado viento movilizó la complicidad de las nubes, y develó a la luna, la desnudes de las parejas. Petrificados, se miraron los unos a los otros, no recordaban la espontaneidad del acto sexual inocente, y por lo tanto alteraron la tradición, al hacer coincidir los calores esa noche.

—¿Por qué te detienes? —preguntaron en coro.

El sonido retumbó en los árboles, —¿la voz de mi comadre? —se preguntaron ellas, habían quitado el tul creado por sus maridos. Se sonrojaron tan solo de imaginarlo, bajaron de los brazos, y al corroborarlo, los miraron con desprecio por la picardía. Empuñaron las manos, y desplegaron los dedos de una bofetada que les inflamó el carrillo. Después caminaron indignadas a los domicilios.

Aquellos frustrados hombres transmitieron la complicidad de pupila en pupila. El reflejo de sus cuerpos en el río, les recordaba su vejez o su juventud. Unos cuantos se acostaron sobre el pasto, con los brazos entre cruzados bajo la cabeza; disponían una pierna sobre la otra, mientras alguno formaba un triángulo con la izquierda y estiraba la derecha. Veían el brillo del satélite, esperaban olvidar el suceso. Otros soltaron una silenciosa lágrima, y los agobiados viejos se sumergieron en el agua.

Tres horas después uno de los jóvenes reaccionó.

—Lo siento mucho por el nieto del Venado, pero ese señor se tiene que ir —afirmó Doce con furia y desdén. —Sí, estoy de acuerdo —se adhirió Otro. —Creo que es suficiente, actuamos como unos idiotas —alegó Alguno con serenidad. —No estoy de acuerdo, simplemente defendemos lo que es nuestro —dijo otro joven. —No me parece, de hecho ese señor no hizo nada, tan solo caminaba —afirmó de nuevo Alguno, elevando su voz. —Pero con ello le bastó para hipnotizarlas, no lo viste —Doce se dirigió a Alguno. —Debe ser brujo, no le vieron la piel —testimonió Otro. —Yo creo que regresó del infierno —inauguró Trece. —¡Se va!, no se diga nada más —sentenció Veintiuno. —Mejor lo quemamos —sugirió exaltado Ninguno. —¡No!, si viene del infierno le daríamos fuerzas —razonó Dos. —Entonces lo tenemos que ahogar —propuso Cinco. —¡Sí!, es muy razonable —dijo Dos. —¡No!, si es tan descomunal como parece, lo mejor es someterlo a oficios varios –­aconsejó Dieciséis. —¿Como las cabras? —preguntó el hermano de Dieciséis. —No es mala idea, lo encadenamos —sedujo Diecisiete. —¡Y le pegamos como a las yeguas!, para que apure el paso—exclamó Veintiuno. —¡Callaos necios hijos de satán! Que no os escuche porque saldría de las mismas aguas si fuese necesario, y despojaría al pueblo de cada hombre, a merced del negro. No debemos juzgar esa actitud impetuosa que encanta a las mujeres. ¿Quiénes somos para esclavizar, degollar o destruir un semejante de ese pellejo? Las sombras perdidas en la Tierra, las almas que no lograron llegar a su nuevo lecho, me han contado las atrocidades del pasado. Lo hicieron en alguna ocasión; les encadenaron, afilaron sus cuchillos en ellos, y jugaron a la pelota con sus ojos… Pero ahora son libres. —¿De qué hablas desquiciado viejo? —cuestionó Ninguno a Rodrigo. —De un ancestral remordimiento que ha venido a mi mente para prevenirnos de nuestra desgracia. —No digáis más majaderías, que nuestras humildes almas tan solo luchan por sus féminas dignas de estas pieles… —…lánguidas —le interrumpió el viejo—e injuriosas. Es como una crucifixión pero en piel de otro color. ¿No lo veis? —Rodrigo cálmate, tendrás un paro cardiaco —dijo sutilmente Alguno. —Escuchadme —elevó su voz aún más—, ninguno aquí había visto un hombre así. Como jamás imaginé que mostraríamos tanta debilidad. Desconozco el porqué de su energía hechizante, pero debemos agradecerla y confiar en nuestras damas. ¿Les parece? —Está bien Rodrigo, confiamos en ti —afirmaron los hombres. —Estoy seguro que la convivencia nos enseñará sus virtudes—pronunció de nuevo el anciano.

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