Capítulo XVII

Mecía mi cuerpo en la penumbra que mi mente ilumina, cada vez que traza en ella, la trayectoria del trueno. Abrí mis ojos, una mancha blanca apareció. Se veía caminar hacia mí, en medio del torrencial. Tocaban el terreno y lo hidrataban, pero al caer en los charcos, revelaban sobre la superficie los vestidos de miles de sensuales damas. —¡Mira!, son bailarinas —señalaba el suelo. —¿Donde? —miraba el reflejo del cielo en el agua. —¿No lo ves? Ahí, las gotas de agua en el charco. —Ah… Veo… —dijo Rubí apática, mientras se retiraba a su alcoba.

De nuevo retumbaban mis oídos, pero con el centelleo observé que era una mancha negra de cuatro patas. Una mancha con el cuello erguido, que sacudía sus orejas de arqueados pelos translúcidos en ellas. Nuevamente las luces blancas de fulgor púrpura, permitieron ver sus ojos grandes y torneados, de estilizada mirada y profundo brillo. No emitía ningún sonido. Las bailarinas continuaban cayendo del cielo, pero aquellas que caían en el tejado, sufrían una muerte trágica en un gritó que relaja mis sentidos. Un destello encegueció los receptores de mis ojos, cuando al abrir sus fauces mostró los dientes, y el crujido del aire se fusionó con su maullido, como si hubiese calculado el momento preciso para lanzarse hacia mis piernas.

Con mis brazos en alto, vi consternado cómo se retozó en mi pantalón. Parecía que me había elegido para ser su amo, para cuidarle y mimarle, siempre y cuando él lo permitiera. —Trueno, ese será tu nombre —dije al bajar mis manos, para tocar su cola con sigilo. Desde entonces, el felino sería el mejor amigo que un hombre podría tener. El animal disfrutaba sentir la respiración del abuelo sobre el estómago, aunque debía escuchar al viejo cada día. Su mente se nutría del extraño entorno que le rodeaba; desde los escándalos malcriados de Rubí, y sus exigencias histéricas, hasta la apacible voz del joven cuya edad oscila entre los treinta y cincuenta años.

A Swirl of Fog; Eyvind Earle; 1976

Un gato creativo, dominante, y afectuoso, que aprende entre la tranquilidad de Aldebarán; una estrella que representa un animal de comportamiento estable (el abuelo); y entre Pollux, un astro de la constelación de géminis (Rubí); versátil, pero con un carácter dual, que ama tanto como destruye al ser amado, y en este caso, había absorbido la cualidad territorial de su padre26.

Un felino que dirige su mirada hacia el norte, al cinturón de Orión. Un heredero de espíritu inquieto, sagaz, sigiloso y paciente, fascinado por cada estímulo de sus sentidos, pero en ocasiones obstinado y posesivo. Una imagen, Orión entre Tauro y Géminis, es la abstracción psicológica del gato; una imagen dispuesta por Dios en el momento que extendió su dedo sobre la nada, para crear múltiples big bang y dar a luz, a diversos universos. En uno de ellos está el animal, retozando en las piernas de un abuelo.

Cada mañana la luz del sol calentaba su cuerpo, abría los ojos, y caminaba hacia la cocina, una pequeña choza por fuera de la casa. Maullaba a sus empleados, y tras su saludo, regresaba para sentarse en el comedor. Croquetas de atún y sardinas, le esperaban con un plato de leche tibia. Al terminar, su buen ánimo le dirigía de nuevo al lecho de su amo, a quien halaba de una oreja para despertarlo. Después de zarandear la cabeza, la paciencia le indicaba otra táctica; ponía su cara frente a la del joven, abría sus ojos al máximo, y de un maullido en el rostro, levantaba el cuerpo, del eco en el tórax. Cuando el abuelo abría los ojos, y veía el brillo de color hueso en las paredes, agarraba al animal entre sus brazos, para sumergirle en plumas de ganso. Entre rasguños lograba salir de su prisión, no toleraba la zalamería ni los abrazos excesivos.

Posa su huella en territorio público, los perros sienten la agresión, creen que es su terreno, y comienzan a ladrarle sin que él retroceda. Camina lento, exhibiendo el brillo de su pelo, no piensa desperdiciar su maullido con el ansioso miedo del rival. No obstante, usó un arma; giró su cabeza, y penetró sus almas con la mirada. Cuando vio los cuerpos congelados, continuó, cruzó el río, y se sumergió en los aromas de girasol y caléndula, mientras degusta un pescado de color naranja. Luego de una hora del sabroso manjar, regresa a su casa, para ver qué hay de nuevo. Cruza majestuoso y sin temor por el valle, que ahora no siente ladridos.

Camina por el pasillo, y ve a lo lejos, descender el pie de la joven. Se dirige a darle la bienvenida, pero ella le ignora. Él no presta atención a su descortesía, y por accidente, toma asiento en el sofá preferido de la niña. Ella lo mira, cierra los ojos, le mira de nuevo, y frunce el ceño para dirigirse luego a la cocina. Al cabo de un rato regresa, trae consigo un costal camuflado en sus prendas. Camina firme hacia el mueble, aprovecha la siesta del felino, y lo mete en el costal de fique. Amarra la bolsa, y comienza a darle vueltas en medio de los maullidos desesperados del gato, quien no comprende el maltrato que la joven le está propiciando. Y como si se tratara del deporte de martillo, lo lanzó a la mitad del valle.

Abrió los ojos, identificó las fauces caninas a través de los huequitos del costal, preparó sus garras, y luego de un movimiento en diagonal, logró salir de la prisión. El remesón sacudió la seguridad innata de su alma. Tocó de nuevo el piso, y prefirió salir corriendo hacia la casa, que mirar de nuevo esas fauces.

Se acercaba el ocaso, el pie de la dama volvió a tocar el pasillo, había descendido desde su escondite. Su energía viajó a través del mármol, y erizó los pelos del felino, que descansaba en el suelo bajo una orquídea roja de nombre Drácula. Supo quién era, ella lo vio, ninguno se movía. Decidió tomar la iniciativa, mostró la pantera melánica en él, y emitió un rugido para calmar su dolor. De un brinco, se lanzó sobre Rubí y rasgó sus prendas, mientras la joven gritaba al ver un seno al aire, y un rasguño en su mejilla. Era la reacción del dueño de la casa frente a una joven que parece desquiciada; feliz solo cuando todo se le obedece, pero que a causa del más mínimo desvío de sus normas, se convertía en una serpiente constrictora, que asfixia lentamente a sus criados y familiares. Siempre reacciona con ofuscación, y genera una tormenta con su voz chillona, por cualquier mugre que pueda ocultar el brillo de las losas; como ocurría con las huellitas del gato.

El gentil felino había sido paciente con ella mucho tiempo, toleró sus gritos, y los encierros que le propinó en varias ocasiones, pero ya no estaba dispuesto a aguantar tal suplicio. Ese fue el primer atisbo de que ella había logrado su objetivo; trastornar el espíritu apacible y equilibrado del buen gato, cuyo dueño era incapaz de defender de las garras de su hija. Prefirió la estabilidad de su comportamiento, a organizar su hogar.

Los nervios de acero del gato, habían sido doblegados por la histeria dominante en la casa. El único respiro del día, señal del amor que el felino tenía al ocaso, se daba a la llegada de Mario. Cada tarde su hálito cruzaba la bóveda, y el timbre de su voz hacía ronronear al gato entre sus brazos. Un hálito que apaciguaba a Rubí, y le hacía sonreír como en su infancia. Mario nunca se percató del ambiente cuando él no estaba. Todos aprovechaban su virtud serena y jocosa, escuchando los sucesos del día en el campo.

Descansando sobre el pasto, luego de escuchar a Mario, abre sus ojos al firmamento, y ve a su izquierda la mitad de un pino podado en forma de hongo, bajo él, un lecho de flores fucsias de hojas parecidas a los frailejones. A su lado, un trozo de tronco pintado de azul oscuro; todo, bajo la bóveda de azul celeste con algunos cirros en el cielo. Cerró los párpados, y vio a través de la piel una luz naranja. Intentó acomodar la lente del computador para captar la imagen de la misma forma que sus ojos la veían, de tal forma que la pudiera contemplar cuantas veces él lo deseara, pero a pesar de sus intentos, ninguna quedó como aquella que perduró en su mente. Huellita tras huellita pisaba el pasto hacia él, una alfombra que protege un mundo de bichos que dejan un brillo nacarado en la tierra, la baba; prueba de la existencia de caracoles, babosas, y lombrices, aunque también se acompañan de hormigas y arañas. Pisó su estómago, y de la emoción clavó algunas garras sobre él. —¡Ay! Agarró al gato, le puso sobre el hombro, y caminó con un balde verde y unas pinzas para coger unos tomates de árbol. Acercó el filo, pero un escudo de seda detuvo el arma; era una telaraña con destellos de diamante, tan brillantes como Sirius27. La observó sin moverse, vio tras ella una hoja unida de los extremos, en forma de campana. Y al mirar en su interior, un capullo fue lo que encontró. La misma que había visto aquella noche junto a la fruta. Hacía años que su memoria no prestaba atención a tal detalle.

Fue una noche de esas, en las cuales las flores se cierran para proteger sus genitales, y una estela de viento frío evoca hombres de pequeños labios. Individuos que arrastran los pliegues de las gabardinas, y cubren con ellas la verde piel que forra sus huesos. Esqueletos que tintinean en mi memoria, como lo hicieron esa noche. El Abuelo se encontraba sentado en el sillón de la sala, en la casa de hamacas, con la sutil diferencia de estar tan rígida como el ímpetu que le rodeaba. Toc, toc, toc —sonaba en su mente al recordar. Era el grupo de Altamirano, no hubo última advertencia. Habían sido vecinos y hermanos, compartían las mucamas, las múcuras, el río, y la carne de los asados los fines de semana. Pero la política era una instancia, que se deseaba fuese ajena a la vida misma, porque de una filiación, dependía tener cabeza o no. El hombre es un ser político por naturaleza, citaba el Abuelo en ocasiones, más o menos, a un filósofo griego. Y por ello, por ser político, se asumen las consecuencias de nuestros actos, era la frase con la cual terminaba. Penetraron la casa, preguntaron por el liberal, lo saludó su hermano cordialmente, un conservador que le invitó a tomar un café bajo el sauce.

Las encrespadas hojas del suelo crujían con su caminar. ¿Un café bajo el árbol?, me pregunté entonces. El viento hacía ondular las ramas hacia el oeste. Se miraron por un rato, ya no había nada más que hacer crujir con los pies. ¡No soy tonto, nadie toma un café bajo un árbol!, le dije a mi mamá. No dijo nada, el frío era medular. Las ventanas estaban empañadas, movía mi mano sobre ella para quitar el vaho. Aún estaban ahí, dialogando.

Extendió su brazo sobre el Abuelo, que me daba la espalda; unieron los cuerpos, y sus ojos turquesa penetraron los míos, haciéndome inhalar aire como un asmático. Segundos después, la cabeza descansó en el hombro del hermano, mientras una estela de sangre empapaba las ropas desde el vientre. Mi madre no me dejó salir a ayudarlo. Lo llevaron a rastras por los campos, manchando el cuerpo de azul, para evitar que la sangre que brotaba, hiciera justicia a sus creencias. Esa noche, fue la noche en la cual mi familia se extinguió. El grupo de Altamirano desalojó toda la zona, y al cabalgar por los campos, quemó cada rancho con una tela encendida en una vara. Un tomate como éste, un tomate de árbol fue lo único que probé aquella noche sobre la mula, corriendo a su paso, mientras veía la llanura y las montañas en llamas. Viajamos toda la noche sin destino alguno. El reflejo del fuego en el agua, fue la única compañía entre mis repentinos gritos, cada vez que veía a mi madre hundir sus pies hasta quedar colgando del borde de la trocha. Estábamos en el filo de la cordillera, en la cima, observando los últimos rastros del pasado. —¡Miau! Abrió los ojos y terminó su narración al felino, en tanto, presionaba en la mano izquierda un tomate, cuya pulpa vino tinto y ácida, escurría por el brazo para gotear desde el codo. Luego lo mordió, y miró hacia el sol.

En muchas ocasiones los días soleados se traducen en noches de tormenta, Trueno, ésta es una esa; Una de las tantas que pasé con él en la selva, —continuó hablando al gato en su habitación, junto al crepitar de una chimenea. Recuerdo algunas de sus palabras… —En esta época no, ¡además siempre hay nieve! La nube es como una fábrica en donde pequeñas gotas de agua en la cumbre se convierten en partículas de hielo, que luego se transforman en copos de… —nieve, dije—…que se derriten para poder jugar bajo la lluvia. Esas tardes siempre debíamos ir a recoger arroz. Pero papá prefería que me quedara en casa aprendiendo a dibujar de forma monocromática como Sesshu. En realidad me hubiera gustado más ir a la cosecha. Todos mis amigos estaban allá, ayudando a sus madres.

Landscape of Four Seasons; Sesshu Toyo; 1486

Esa tarde guardé mi cuerpo en la carpa, pero bajé la cremallera dejando mi cabeza al aire libre; el exceso de luz nublaba mis ojos, deseaba ver cómo caían las gotas de agua sobre mí. Es una sensación agradable, excepto por los ciempiés que comenzaron a caminar en mi escaso cabello. Aun así, no me moví; el cielo estaba gris, y aquella oveja no deseaba descansar…

Brincó a la mesa, oprimió el botón rojo, e intentó subir el volumen mientras el amo seguía hablando, una tentativa por hacer olvidar de su mente aquel pasado que constituye su vida, la del viejo. Pero inexorablemente se acercaban las siete de la noche, la hora de las noticias. Hicieron silencio, y entre el murmullo del aparato, quedaron dormidos uno junto al otro.

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