Capítulo XVIII

 

En realidad, no lo entiendo. Debe estar loco. No creo que haya otra razón para su comportamiento. ¡No!, no debe haber otra razón. ¿Cómo podría haber otra? ¿Lo convertí en un demente? No estoy segura, pero debe estar loco. ¡Demente!, sí, ¡eso es! ¿Hay diferencia entre estar loco y ser un demente? No lo sé. ¡Ah!, ¿cómo puede ser que no lo sé? Respira —decía a sí misma. Es culpa de estos estúpidos libros. Debo salir de aquí —extendió en forma de araña la mano sobre la mesa de su habitación, impulsando el cuerpo.

Ahí está, de nuevo él, mi padre, volviéndome loca. Pero… ¿por qué mueve los ojos así? —se preguntaba angustiada. Y ese gato no hace nada por impedirlo. ¿Qué le ocurre? Ahí está, sentado frente a la chimenea, en el sofá. ¿Qué es lo que mira? —¡Papá!, ¿Qué miras? —No dio respuesta alguna, tan solo levantó su índice derecho al nivel de los ojos. —¿Una mosca? —¡No!, el patrón zigzagueante y repetido, del vuelo de esa mosca. —¡Bah!, ¡sí! estás loco.

Abandonó la sala, giró el cuerpo hacia la salida, aguzó la vista; y asomando una rodilla, recostado sobre el lado izquierdo del arco, vio la frente arrugada, los pómulos pronunciados, y los ojos estirados, que acompañaban a una sonrisa de oreja a oreja… El sujeto estaba congelado al sentir que era observado.

—¡Ah!, idiota. —gritó a Mario aquella tarde, mientras curioseaba a la joven. —¡Histérica! —le gritó él, tras el espaldarazo que le hizo encerrarse de nuevo. Temblaron los vidrios cuando cerró la puerta. La rabia y el dolor le encalambraban el maxilar. Corrió con urgencia al escritorio, y atarugó su boca con goma de mascar, que destilaba un tono verde y hacía llorar al esmalte de los dientes. Tomó una jarra de cristal rojo esmerilado, la miró, elevó la vista a las ventanas, la miró de nuevo, y la lanzó, con la mala fortuna de no haber quebrado los vidrios. No obstante, al caer, el utensilio derramó hacia la cama, el líquido que tenía. Cogió un trapo, se acercó al suelo, y comenzó a secar las baldosas. Levantó el borde del cubrecama, observó con cuidado, y vio las hojas humedecidas de un libro bajo su lecho. Lo agarró, y con las piernas estiradas en el suelo, comenzó a hojearlo. Dos menjurjes llamaron su atención; el primero, para calmar los nervios, el segundo, para el amor.

Como era costumbre en aquella casa, el agua de panela no podía faltar; y ella lo sabía. Sabía también que necesitaba un cambio, estaba harta de estar encerrada, y era consciente del daño que generaba a su padre y a sí misma con sus actos. Deslizó la palma izquierda de su mano por los muros de la torre, toco el suelo con su pie derecho, y vio al gato cerca a la chimenea. Cruzó hacia los cultivos, y recogió los ingredientes que señalaba un vetusto cuyas hojas de contraindicaciones habían sido carcomidas por larvas de polilla o quizá por otro insecto.

Una infusión dulce con suave aroma de valeriana, relajó el estrés histérico que había colmado su vida a partir de algún momento no definido. Esa noche, sintió de nuevo lo que significaba dormir plácidamente sobre un colchón. Un descanso muscular que renovó las neuronas, después de haber concentrado la vista en alguna constelación.

Abrió los ojos, no sentía dolor alguno en su espalda, ni en el lóbulo inferior del cerebro. Se observó en el espejo, cogió un peine, y cepilló su cabello suavemente de arriba hacia abajo. Vio la receta, tomó su vestido blanco y engalanó su cuerpo con él.

Caminó hacia el saúco y cortó un ramillete de flores. Luego tomó tres frutos del maracuyá, y cierta cantidad de moras. Caminó hasta la huerta y arrancó un poco de poleo. En la cocina, se quemó los dedos en varias ocasiones, pero logró conservar la calma al mostrarlos con una sonrisa forzada a las extrañadas empleadas. Sumergió los ingredientes en el agua, y espero durante la cocción. Ellas no podían creer lo que veían, no era común en esa niña su sonrisa, mucho menos su iniciativa de cocinar. No obstante, era imposible servir el líquido exclusivamente a Mario, por ende, decidió que todos debían beberlo, era la única forma de eliminar su misterio. Buscó la bandeja de plata, y los pequeños pocillos de color blanco con dos sutiles aros plateados a su alrededor. Sirvió el líquido, y llamó a su padre. La sorpresa no se hizo esperar.

—¡Estás radiante! —exclamó. —Gracias padre —dijo ella, que esperaba alguna palabra del negro que no pronunció ninguna, solamente la veía. No sabía que decir. Pero añoraba tener alguna jerigonza romántica a la mano.

Tomaron asiento, no obstante, el gato la ignoraba.

—Un poco peculiar, pero está deliciosa. —¿De qué es? —preguntó el padre. —La encontré en un viejo libro, pero ahora es mi secreto de cocina. —Entiendo. Me gusta mucho verte así. —¿Cómo? —En paz, ¡radiante!, ni siquiera Trueno te ha molestado hoy. —Gracias, dormí bien. —Ojalá sigas durmiendo de forma placentera. ¿Y ahora?, ¿qué se supone que debo hacer?, ¿Y si todos se enamoran de mí? No, yo creo que solamente enlaza los corazones que se aman, pero están alejados; en el peor caso, agudizaría el recuerdo de un amor perdido. Tal vez no funcione. ¿Será que me está mirando? ¿Será que ya hizo efecto? No creo que a los demás les haga daño; no le he conocido mujer alguna a mi padre. Al fin y al cabo no es más que un pocillo de agua… un pocillo de agua… ¡Sí!, no debo preocuparme —pensaba mientras bebía.

La mirada incesante del negro en sus ojos, comenzó a electrocutar su cuerpo, al imaginar una caricia del mismo. Lo que ella no sabía, era el poder alucinógeno de aquella bebida de la pasión. Ese día, las estructuras químicas de la misma, sacudieron el cerebro del abuelo, cuya rareza, se había tornado en delirios de amor.

A la mañana siguiente, luego del desayuno acompañado por el coctel de maracuyá, la joven tomó una cuerda, y se internó en el bosque con un criado. Al cabo de una hora, comenzó a cantar con dulce voz, mientras el movimiento de vaivén del columpio impulsado por el ayudante, le permitía estirar sus piernas de satinada piel, y ondulante vestido rosado. Iba y venía en el vuelo de hojas secas que se desprenden del árbol, para mostrar el resplandor de su follaje. Golondrinas de cuerpo dorado y caperuza negra, la miraban desde el tronco adyacente, impulsándose con las patas sobre una rama, para imitar lo que veían. Un fulgor en su interior no le permitía estarse quieta, una especie de hiperactividad la embriagaba, mientras pedía al criado generarle un vacío mayor en su estómago, para estallar en risas que a lo lejos, llamaron la atención de los granjeros.

Ahí estaba, oculto entre la maleza, observando con detalle los destellos de aquellas piernas que respiraban intensamente, agotadas por el vértigo extenuante. La vio descansar un pie sobre el suelo; y al soltar las cuerdas; estuvo a punto de descubrirlo cuando ella quebró el paso y cayó sobre el humus. Elevó su cabeza y sintió que era observada. —Puedes retirarte, —dijo a su criado.

Cerró los ojos, y el primer suspiro le indicó el origen de aquella mirada, no levantó la vista hacia allá. Caminó de un lado para el otro recogiendo flores, intentando confundir, inmovilizando al enemigo. Luego hizo cara de sorpresa, pronunció una exclamación de admiración a una flor, y se lanzó sobre ella, atrapándolo con la maleza. Descubrió su rostro, y observó sus penetrantes ojos, abrumados. Deslizó el guante de su mano derecha, secó con él la frente del personaje, torneó su mejilla con las yemas de los dedos, y dejó en él, una marca que sólo su cambio de actitud podría intentar borrar. Sus labios capturaron el carnoso labio inferior del negro. Abrieron un poco la boca, y compartieron la tibieza que salía del tórax. Desahucio los labios del amado, y descansó en sus brazos sin haber pronunciado una sola palabra.

Delirios de amor, eso fue lo que comenzó a sentir, un desvarío de la memoria traducido en sensatez, como un borracho cuando dice sus verdades. El recuerdo de una transgresión a su vida, a la vida que había aceptado. Creía haber superado la usurpación, pero el aroma de aquel joven, ahora era producido por su propio cuerpo. La penumbra comenzó a envolverlo de nuevo, no sólo era un recuerdo, era la instauración del mismo, un efecto síquico y corporal. No volvió a salir de su habitación, se sentaba sobre la cama, cruzaba los brazos sobre los pectorales, cerraba los ojos, y de repente, sacudía su organismo en forma de vaivén; como las cabezas de los perritos sobre el tablero de los taxis. El gato refregaba su cuerpo contra él, para recordarle que no estaba solo; pero era un acto desolado. Tic, tac, tic, tac, tic…, retumbaba sus oídos el reloj, y en cada ciclo, una imagen de aquella vez en el puente aparecía en su cabeza, como cuadros sin unir en una película. Las lágrimas escurrían de sus mejillas, el único derecho que cualquier humano, en el sentido virtuoso o no, de la palabra, tiene. El gato intentaba llamar su atención con el radio, pero parecía sordo. ¡Bling…ku!, era el extraño sonido del aparato, cada vez que el animal giraba la perilla para sintonizar algo agradable. El problema, era que desconocía qué podía ser considerado agradable. Pero solo encontraba cuerdas eléctricas rasgadas de alguna manera, y al parecer ellas tan solo agudizaban el problema.

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Tic, tac, tic, tac, tic… continuaba la perturbación del tiempo, intentando hacer sentirse, en un momento en el cual no existe. Se detuvo el vaivén, ya no había tic-tac alguno, levantó la cabeza y se dirigió a la ventana, allí tomó una pluma y un pergamino ocre. Los relámpagos hacían temblar la llama de una vela, el gato se había quedado dormido en medio de la música de un grupo llamado Queen. Los rayos parecía que se dirigían al infierno, por su reflejo en el espejo de agua. Concentró sus ojos en la parte azul de la vela, y el trastorno escribió lo siguiente:

Ojalá pudiera entrelazar tus piernas esta noche,

Para sentir las vellosidades una vez más.

¿Por qué no resistir el golpe?

¿Acaso vencer una bala, es más difícil que besar a otro hombre?

No deberías haberte ido.

Quiero invocar tu alma, para sacarte de tu infierno,

No quiero morir para ir tras de ti,

Quiero asesinar la muerte para vivir contigo,

Quiero beber tu cuerpo y cada una de tus secreciones,

Hasta fundir mi falo en tu deseo.

¿No eras mi pupila en tu pupila?

¿No eras alguien?

¿Qué pretendes de la vida sin mí?

¿Por qué me amaste, si te fuiste?

¿La ortodoxia otra vez?

¿Por qué le tienes miedo a la muerte?

Morí, pero estoy contigo.

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Observó el disco de la luna emerger en el horizonte, en la zona que no estaba lloviendo, apagó el radio, tomó su gato, levantó la manta, y durmió por el cansancio.

Excitada, agitada, parece que olvidó su mundo, no puede ver nada más allá de esos ojos, tan solo quiere sentir esos labios. Tiene miedo, es posible que termine cambiando las costumbres que le disgustan de él. ¿Podría vivir con costumbres que no son suyas? Continuó con la sagrada infusión hasta el día que recibió un regalo de su padre.

Luna-llena

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