Capítulo XIX

Un culebreo de los hombros baila en la casa, acompañado de un tambor en poder de Mario. Siete mujeres mueven sus caderas alrededor del crepitar de las llamas en la chimenea. En las esquinas, se ocultan los ojos de aquellos que no quieren ser partícipes del extraño ritual. Sus cuerpos arrítmicos bailan sin cesar, con los ojos cerrados para evitar sentir que el mundo se les puede venir encima, por haber comido el fruto del borrachero.

Los cascabeles en sus prendas respiran el humo que envuelve la atmósfera de aromas alucinógenos. El macabro acto, hace orar a la aldea en medio de los aullidos de los perros, y el canto nocturno de los búhos. La noche comienza a formar nubes densas, cuya geometría es transformada en calaveras, por la perturbada mente de la población.

Un cuerpo yace sobre la mesa del comedor, el gato maúlla a su lado, evocando al jaguar, entretanto, el aire frío cruza los arcos y desciende hacia el suelo, empujando el humo rojo hacia arriba, para emerger tras el felino. Un señor, de piel canela y prendas dicromáticas, sacude su cuerpo con un par de maracas. Rubí lo observa avergonzada, mientras se arrepiente de haber hecho caso a su futuro esposo.

Esa mañana, Rubí lo había llevado al comedor, como lo hacía últimamente. El abuelo dialogaba con la única pregunta de cada día: ¿cómo amanecieron? Después del desayuno, en su habitación, el brillo plateado del logotipo de la computadora, le incitó a agarrarla. Salió de la casa, y generó fotografías mientras recolectaba cuanto objeto se cruzaba por su cabeza: piedras, plumas, hojas, flores, palos, lianas y bichos, no había sido un intento por calmar su mente, sino un reflejo vano de sus actos en la guerra. En realidad, le asocia un carácter especial a los objetos, que poco sabe describir, una manía no obsesiva, una admiración profunda por la naturaleza, por la belleza encarnada en lo simple. Quizá por ello las recolectaba, para conservar una imagen física, algo que reaccione al tacto, un objeto que aún muerto sea el más hermoso, por ejemplo: una pluma. En aquella bolsa estaba la belladona, la leche de gallina, y una que le sorprendió por su inmensa belleza: la dedalera.

Cuando el gato regresó a la casa, maullaba y maullaba halando los vestidos de las mucamas. Fueron ellas quienes siguieron al animal hacia el bosque. No era el mismo, los ojos dilatados, sus brazos temblorosos, el vómito en su camisa, y el sudor intenso, corroboraron las alucinaciones, que las empleadas al imaginarlas, llamaron con urgencia a Mario. Al verlo, no sabía qué hacer, intentó agarrarlo lo más fuerte posible, pero el cuerpo brincaba como pez fuera del agua. Usó las manos para apretarlo con fuerza contra el dorso, y le cargó hasta el comedor de la casa. Después de soltarlo sobre la mesa, el joven abuelo, por culpa del delirio, terminó robando un beso al cimarrón frente a los ojos de su hija. Un accidente que le dejó perpleja, y el negro interpretó como un error causado por las sustancias que seguramente había ingerido. Habló con la prometida, y se fue en busca de Rodrigo, que le guió a caballo por las colinas inexploradas en busca del Jaguar, el chamán de chamanes. El único con el poder de absorber cualquier mal.

Sumergió la mano en una moya de barro negro, tomo un poco de las hojas que allí había, las metió en la mandíbula del paciente, y dejó al líquido escurrir por su garganta. Agarró una cascabel, le quitó una gota de veneno, le besó la cabeza, y después de guardarla, lo untó en los labios del abuelo. El Jaguar hacía sonidos extraños con su boca, ae guaerk…, mientras ejercía un movimiento de vaivén con el tronco de su cuerpo hacia el vientre del joven. Se detuvo, levantó las manos, cogió unas maracas, y empezó a sacudirlas. Fue ahí cuando comenzó la fiesta-ritual. Se había salvado. Al cabo de un rato, elevó los brazos, e hizo una seña para finalizar todo. Esa noche lo cuidó el Jaguar. Y al día siguiente, antes de irse, sugirió un medicamento, la cura para todo mal, sea moral o sicológico. Un rollo semiseco de color piel; una cubierta de tamarí rellena de tabaco, fue lo que dejó multiplicado en una caja al joven que aún dormiría cinco días más.

Abrió los ojos, y creyó que estaba loco al ver al apacible gato maullando desesperadamente a un perro de trapo. Cerró los párpados, pensando que debía dormir más tiempo. Pero se dio cuenta que no podía, estaba despierto. Lo llamó, —¡Trueno!, ¡ven acá! Pero el gato había sido exaltado de nuevo por Rubí, que últimamente estaba imponiendo su voluntad sobre el negro, sin que él en su amor extremo, dijera una sola palabra. Ese era el perro que ella le había lanzado por la cara mientras le exigía no tratarle como a una niña, los regalos para una dama debían ser joyas, era su observación. Fue así como el desequilibrado felino, que era el rey de la casa, encontró la mascota. Transcurría el tiempo… y nunca ladró. Azotaba la pobre felpa exigiéndole hablarle, lo sacudía, lo tiraba desde el techo al suelo, le halaba las orejas, lo había quemado un poco en la chimenea. Pero aun así, el animal de algodón no pronunciaba palabra, ni siquiera lloraba, tenía la pupila congelada.

—¡MeowWW!, ¡MiauUU! —ensayaba toda la escala de rugidos de su garganta.

Lo miraba como un desquiciado. Se preguntaba un rato, y decidía caminar cerca de él sin determinarle, pensaba que así, quizá le miraría. Pero no, nunca reaccionó. Fue entonces cuando decidió la estocada final. Paso todo un día afilando sus garras.

Estaba sobre la mesa, con el cuello regurgitando algodón, con los ojos brillantes y amorosos, y con la lengua descocida. Emergió detrás de una silla, lo miro, frunció el ceño, se agachó un poco flexionando sus patas, y durante el rugido le atravesó el cuerpo con las garras, para luego desmembrarlo poco a poco. Sin embargo, los ojos, hechos de un material derivado del petróleo, estaban intactos, ahora le miraban refulgentes. Los pisó, brincaba sobre ellos, les pateaba, intentaba rasguñarlos, pero ellos seguían danzando sobre el mármol. Fue en ese momento cuando una idea llegó a su cabeza. Estiró su lengua, y los devoro. Estaban en su estómago, se miraba, movía los ojos de lado a lado, pensaba un rato, se miraba de nuevo, pero ya no estaban, no les veía. Fue así como descansó.

Ese día, el abuelo hizo caso omiso del extraño evento, prefirió seguir convencido de su delirio. Seguramente algunas neuronas se dañaron —pensaba. Recibió la caja de tabaco, la miró, y la mantuvo en una esquina de la habitación. Su hija había vuelto a ser una gruñona. Prefirió no prestarle atención, “al fin y al cabo es una niña” —decía.

Cada noche entraba a la alcoba, y veía la caja asomándose entre las sombras. Se sentía mejor, no sabía por qué había sido recetada. Observó la vela, penetró su cama con la mirada, y recordó un objeto escondido bajo ella. Un objeto de su plena conciencia le llamaba. Sabía que estaba allí, no podía ocultárselo, se conservaba en un cofre de cristal, un cofre que alguna vez contuvo bombones de chocolate.

—¡Sí!, es él, de nuevo él, ahí, llamándome. Debería quemarlo, pero estoy seguro que me haría falta. Para qué guardo eso. Tan solo me pone mal. Ya no existe, está muerto. ¿Entonces? ¿De qué se trata?… Estoy harto de esto, de esta… melancolía. Sí, creo que es eso—dijo en tono apacible.

Esculcó bajo la cama, halló el cofre, y al abrirlo, un dibujo monocromático aguardaba por ser descubierto una vez más. Una ceniza viviente de la memoria, eso era. Llamó al gato con el seudónimo de nieto, y comenzó a narrarle apartes de su vida, en tanto estiraba el rollo, atado al crujir de unos bordes de madera. Uno de los cuales se quebró. Al romperse, un aroma extasió su olfato, era esencia de tabaco.

¡Puh, puh, puh!, era el sonido que generaba con sus labios cada vez que formaba un aro con sabor; que mantenía un rato en la garganta. Los ojos del gato se embelesaban observando las figuras en el aire de la alcoba. Al principio, imaginó perros de humo, así que el viejo irrumpía su dosis intentando callar los maullidos del animal. Pero en la medida que el dopaje aumentaba, las alucinaciones comenzaban a provocarle sueño. Y como era de esperarse, la adicción se hizo presente.

Cada día, se levantaban, giraban el cuello, y allí estaba la caja, observando, sonriéndoles. Los maullidos se hacían cada vez más fuertes, más estridentes, más solitarios, más insistentes, más pulsionales, más innombrables, más evidentes de la frustración en él. El dolor, la carencia, la falta del amado alucinógeno era necesario una vez más. Sólo el humo era capaz de dominar la falta de estructura en el animal, la enfermedad contagiada por Rubí; la asfixia lenta, filosa y carnal, que el joven abuelo había causado por su exceso de amor antes de poner las reglas. El gato humanizado, como Rubí, la mujer humanizada, habían olvidado su parte animal. La que requiere un líder firme, tranquilo, sin apasionamientos, que no teme a morir, y por ello no ingresa en una maratón esquizofrénica por engullir; un guía que reconoce la complejidad de la mezcla genética, que atenta contra la integridad animal original de las razas. La voz que no evita la muerte, porque del fracaso se aprende, la que respeta la ley de la selva, y por ende, hace que cualquier acto delincuente nunca cruce por la mente humana. ¿Acaso los jóvenes indígenas y de las negritudes, tienen crisis de adolescencia, o se matan unos a otros? No, eso sólo ocurre en la ciudad; pero hoy en día, muchos de ellos sufren de hambre.

—No debo mirar, No debo hacerlo, ¡no! —¡MiauuU! —rasgaba el maullido. —No la rasguñes más, no quiero hacerlo. —¡MiAuuu! —amenazaba. —No puede ser, —miraba sus manos temblorosas, su cuerpo ansioso, y el sudor brillando a la luz del sol. —¡No!, —salió de la habitación, en busca de un agua aromática bien cargada.

La bebió hirviendo, para castigar su cuerpo. Estremeció los corpúsculos del ardor, y corrió urgido hacia el río. Por otro lado, el pobre animal estaba como loco; corría, maullaba, no sabía qué hacer por la ansiedad. Fue a la habitación, y comenzó a empujar la caja hacia la chimenea del comedor y la sala. Pero le invadió la rabia cuando no supo cómo encender el fuego. En medio de su desespero, el intestino reaccionó, debió salir al bosque para defecar en un hoyo. Pero cuando fue a ocultar la prueba de su descanso, ella misma le mostró un par de ojos brillantes.

—¡MIAU!

Fue el alarido desgarrador que le hizo desmayar. Su amo al escucharlo, salió corriendo hacia el bosque, con la ropa empapada y las botas azules encharcadas; que hacían extraños ruidos. Lo sacudía, pero no reaccionaba, lo alzó con prontitud, corrió, y lo sumergió en el agua. Espero dos segundos…, y el líquido en su nariz le hizo reaccionar. El frío de la misma había normalizado su comportamiento. El pobre animal estaba más agotado que su amo.

—Pobre nieto, creo que ha sido mi culpa. Te prometo que fumaré con mesura —le dijo desconsolado mientras lo acostó sobre un cojín rojo.

Luego agarró el dibujo, lo dejó sobre la mesa de noche, y durmieron durante el día.

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