Capítulo XX

Pasaba los días y las noches entre las cobijas, dando la espalda a la caja de tabaco; el gato hacia lo mismo. Rubí ordenó entonces que la comida le fuera llevada a la alcoba. Cuando decidía comer, se levantaba cuidadosamente y probaba tan solo el líquido y un poco de arroz. Sol, luna, sol, luna, sol… Sus intestinos gruñían y su vejiga no resistía más. Caminó a zancos y descansó en el retrete, una fuerte exhalación fue la prueba de ello. Lavó sus manos con agua y jabón; se miró al espejo, su piel canela se tornaba blanca, y tenía unas profundas ojeras, una sombra de un verde inferior al color de sus ojos. Cerró la puerta tras él, inhaló, sostuvo el aire y exhaló.
Arrastró las chanclas sobre las baldosas, puso la mano sobre la perilla de la puerta, y como si fuese un acto furtivo, la giró; vio la cama a su derecha, la abrió más, y a su izquierda, la caja sonriente lo pasmó de nuevo. Cerró los ojos, sabía que estaba allí, a un paso de la tentación y el dibujo, su presión sanguínea se agitaba, e intentaba calmarse con bocanadas de aire. Giró su cabeza hacia atrás, observó la chimenea en la sala, y prefirió sentarse en un sofá.
Sol, chimenea encendida, alba, atizando los maderos… Abrió los ojos, se levantó del sofá, giró la perilla y miró la caja, respiró profundo, y la tomó con sus manos. Cogió los tabacos, los olió, los miró, sintió su piel tersa, encendió uno… ¡Puh, Puh, Puh!… Exhaló y lo sumergió en un vaso con agua. Su alma estaba tranquila otra vez. No había recibido cariño humano en medio del sufrimiento, en el momento menos indicado, ya que ello le hubiera evitado confrontarse, hubiera alimentado los actos en contra de la vida28.
—Patacón dorado y tostado, cuadritos de lomito de cerdo en dulce de chirimoya, arroz blanco, papa rellena con queso, perejil y pollo, y lechuga en forma de un pequeño tamal, rellena de puré con trocitos de zanahoria, habichuela, arveja, almendras y fresa. —Gracias —dijo el abuelo. —Yo quiero de todo un poquito —dijo Mario—, pero hizo falta el pescao. —Pescado. Y Menos mal, ese olor no me agrada mucho —afirmó Rubí. Hazme un favor -¬-llamaba a la criada—, sírvenos el jugo. —¿De fruta ácida o dulce? —Ácida por favor. —¿Maracuyá? —No, mejor de tomate de árbol. —¿Injerto con mango, con mora o natural? —continuo la empleada. —Mézclalos —interrumpió el abuelo con una sonrisa para evitar la explosión de su hija.
Llevó la jarra de cristal, y mientras batía el jugo en círculos, ingresó Don Rodrigo, disculpándose por la interrupción, y tomando asiento sin ser invitado. Tampoco saludó, solamente desahogó su angustia con voz agitada y pasando saliva.
—¡Los cultivos señor! —se refería al abuelo—, ¡se acabarán!—sentencio con el rostro perturbado y la mano en la frente. —Respira Rodrigo, ¿Cómo que se acabarán? —Sí, señor, no hay solución. —¿Qué ocurrió? —preguntó sutilmente. —El agua, los African invadieron veinte kilómetros más. ¡Veinte!—repitió. —Hum… —Eso no es lo peor. ¡Están ampliando el río otra vez!, y el volumen anormal… es decir –¬vacilaba sin encontrar las palabras—…la presión aumentó en las paredes del lecho, y en las rocas que canalizan el agua en el filo de la montaña. Lo sé porque ha crujido más de la cuenta. —No debería cambiar tanto. —La temporada de lluvias empezó hace unas semanas en los brotes de agua. —¿Qué rayos pretenden? —expresó incrédulo—, nos van a matar si las rocas de la cascada se desprenden.
Apoyó los brazos sobre la mesa, e impulsó su cuerpo con fuerza. Observó el tornado de jugo girando en la jarra; la espuma burbujeante envió una señal eléctrica a su tálamo, un estímulo para guiar un ejército campesino en la defensa de un territorio ancestral en peligro. Recordó el sabor del tomate, el de aquella noche, el sabor de la ruptura familiar. La señal aprovechó la angustia en su cerebro para hervirle la sangre, y dejar atrás no sólo su amor secreto y melancólico, sino todo su pasado
Cien personas entrelazaron las manos. Cerraron los ojos, y luego de un minuto de silencio elevando sus plegarias al cielo, partieron hacia la cima de la colina, espantando las gallinas a su paso. Descalzos, con botas, con enaguas, con sombreros de fique o cáñamo, con telas ligeras, machetes y un ímpetu exacerbado por enfrentar a las bestias metálicas; caminaron a paso firme y sin descanso.
Un bastón de madera en cada mano, alternaba entre servir de apoyo, y emitir un sonido de guerra al golpear el suelo. Una oscilación expectante de muerte y de victoria, un serpenteo de humanos bajo el brillo del sol, que desilusionó a las águilas ansiosas por un bocado de víbora. Clavaron el madero en el suelo, mientras algunos sombreros escapaban en las corrientes de aire ascendente. El sonido de la cascada dificultaba la comunicación. El crescendo del ruiseñor se acentuó de repente, parecía que las aves presentían algo terrible. El grito de una dama erizó las vellosidades cuando vio cruzar colina abajo, varias serpientes de lengua azul, y piel de verde brillante. El abuelo intentaba controlar los ánimos, y pidió tapar los oídos mientras el bullicio terminaba. Se fueron todos, excepto un ave del paraíso macho, que aún adornaba con flores y frutas la pérgola, para llamar la atención de una posible amada.
Cruzó la casa de su infancia, y metros arriba, hallaron la cima. La gama de verdes, había sido homogeneizada, y la huida de los animales respondía a la tala indiscriminada. La desolación recubrió su alma.
A pesar de la fuerza con la cual corría el agua, un turbio espejo dejó ver a este lado un gentío enfurecido, con mazos, palos, piedras y machetes en las manos; y al otro lado, las máquinas amarillas.
El abuelo cruzó por los escombros de un puente que había construido su Abuelo. Hizo un gesto de llamado a un conductor, e intentó dialogar con él de diversas formas. Argumentaba la quietud de la zona. El conductor, un señor gordo, de overol naranja, pelo liso, botas negras, y camiseta azul, le dijo que lo sentía en el alma, pero él tan solo seguía órdenes. El abuelo insistió nuevamente, le pidió contactarlo con el jefe de la obra, pero el maquinista se negó. Y con plena desfachatez le dijo lo siguiente:
—Señor, usted mismo me ha dado la razón. Son tierras quietas, los animales tenemos cerebro desde el momento que decidimos movernos, así sea para aniquilar a otros seres –¬hacía un gesto de sonrisa. —Seguramente no me hice comprender. Cuando pronuncié quietud me refería a paz. ¿Acaso cree que la gente al otro lado —señalaba a aquellos que elevaban las rocas en sus manos—, están quietos? —Señor, como le dije hace un momento, no puedo hacer nada, son ordenes de mi jefe, y todos recibimos un sueldo por hacer nuestro trabajo, no pararemos hasta que esté finalizado. —No se le ha ocurrido pensar en las consecuencias que puede tener en nuestras tierras, un colapso del curso normal de la cascada. Nos va a inundar. Estoy seguro. —Para serle sincero, yo también me percaté de eso. Pero cuando le conté al ingeniero, me mostró un papel según el cual, nadie vivía en esta zona, y por ende no habría problema alguno. Ustedes son ilegales. —¿Ilegales? ¡Granujas! Si estas tierras han sido de todos mis ancestros. —Le reitero señor, no tengo la culpa de los problemas de tierras que puedan existir con esta zona. —Soy un estúpido, sabía que era la tarea más importante… —¿Disculpe? —le interrumpió—, no comprendo. —Y no lo hará. Es mi última advertencia, o llama a su jefe y le dice lo que está ocurriendo aquí, o los agarramos a pedradas. —Contra estos gigantes, ja, ja, ja, —reía. Lo siento mucho, pero entre menos problemas le llevemos al ingeniero, mayor es la probabilidad de ser contratados nuevamente. —Está bien, no lo olvide, usted fue quien lo pidió —pronunciaba convencido de poder ganar gracias a su renovado ímpetu y gallardía. Y le advierto —sentenció con su dedo índice—, no puede mover su aparato en contra de nosotros, sería una masacre. —Como diga viejito, ja, ja, ja, —cerró la puerta de su máquina e hizo salir humo al tubo de escape. Cruzó de nuevo el río, e informó la situación a la población. Una votación decidió arrojar objetos a los vidrios de las máquinas, por medio de catapultas. Fue así como varios de ellos regresaron a sus casas, y desarmaron las camas para obtener madera, tornillos y tuercas. Trasnocharon toda la noche construyendo tres aparatos frente a los enemigos.
Eran las cinco de la mañana, el disco lunar era nítido, venus brillaba en todo su esplendor, no se veían nubes. Los primeros rayos del sol ayudaban a calentar los rostros de los campesinos. En el horizonte, el cono del nevado resplandecía. Tomaron algunos carbones, pintaron sus mejillas con tres líneas, y lanzaron una roca envuelta en fique encendido, mientras alternaban agua de panela con limón, aunque otros habían preferido caldo con pollo. Esperaron un rato el contraataque. Al cabo de tres minutos, el conductor saludó con la mano, agitándola de lado a lado. Descendió lentamente su dedo sobre el tablero de control; el monstruo ronroneaba. Sus dientes metálicos, alineados y sincronizados, penetraron la tierra, eran cinco; fue la señal esperada.
Para ubicar las tres catapultas, las imaginaron recostadas sobre la cara interior de una cuchara. Con el reflejo de las fogatas en los ojos; intercambiaban miradas unos a otros. Los líderes elevaron su brazo derecho hacia el frente, y gritaron: ¡Fuego! La disposición les permitía cruzar las bolas para distraer un poco al enemigo, y a su vez, reducir el margen de fracaso. Los rugidos anhelantes de victoria aceleraban la adrenalina, una gesticulación de sus rostros que al verse, les asustaba. Los más fuertes continuaban cargando rocas, los débiles llenaban costales con piedras más pequeñas. El abuelo había organizado horarios de receso, alternando los combatientes, de tal forma que el ataque fuera continuo. En medio del frenesí, en ocasiones se perdía el esfuerzo cuando las rocas se chocaban en el centro, las cuales caían sobre el agua como bombas, generando olas de un metro, desvanecidas en las costas. Las magulladuras de las máquinas eran leves. Habían ampliado el río cinco metros de lado a lado, y su constante movilización hacía menos fructífero el ataque campesino. A pesar de la falta de precisión, ocurrió lo inevitable; la hierba en el suelo erosionado comenzó a encenderse. La energía de las llamas cruzó el río, y avivó los ánimos de los hombres. Que al ver la calamidad, hicieron su mejor esfuerzo para terminar pronto la batalla. Las rocas cada vez eran más grandes, y el enemigo, más golpeado.
No había sido el sonido de millones de toneladas de agua que caían por el risco, sido un sonido seco, como si se hubiera descorchado una botella de champaña. Una onda que desequilibró varios cuerpos. Estiraban las falanges, mostraban todas las venas saturadas de sangre por el ejercicio previo; desinflaron los pulmones pidiendo auxilio, y el carbón en sus mejillas se mantenía intacto. Varios corrieron tras ellos, pero era tarde. El impulso del agua los lanzó a medio metro de distancia de la cascada, y cayeron al vacío en un grito liberador de adrenalina, insuficiente para evitar la convulsión y la errática presión sanguínea en la mitad del trayecto. Las mujeres que se habían quedado en las casas, observaron la lluvia de hombres flotar río abajo, frente a sus hogares. Algunas intentaron rescatarlos, pero no era posible.
Nadie comprendió lo ocurrido. Continuaron con la batalla, porque al parecer la causa del suceso, no afectó al enemigo. Sudaban intensamente, y sus prendas se habían hecho translúcidas por la humedad, su color blanco ahora era marrón, y algunas estaban rasgadas.
Una ráfaga de viento movió sus cabellos hacia atrás, les detuvo al unísono, se miraron aterrados por un instante, y el abuelo comprendió la advertencia; desgarró sus cuerdas vocales dando la señal para acostarse en el suelo, la Tierra se volvió a estremecer. Apoyaron los brazos en el suelo, y se levantaron con cuidado. La sorpresa les invadió; una máquina estaba siendo arrastrada por el río. Su conductor gritaba en la cabina. El fuego había quemado todas las raíces del pasto que sostenía la tierra. El debilitamiento inminente hendió el rompecabezas, enviando toneladas de sedimentos al agua. Dos máquinas más cayeron casi al instante. En ese momento, un chillido estridente, uno de esos que eleva las vellosidades de los brazos, desviaron los ojos al cielo. Con doradas plumas de vuelo, extendidas como los dedos de una mano, con plumaje blanco y negro, con un penacho nevado en el cuello, de cabeza azul fosforescente, de pico blanco, con prominentes cejas negras, pero de sutil ondulación hacia atrás sobre los ojos de iris miel. El ave de mayor envergadura del planeta, el Cóndor de los Andes, había despegado del pico que lleva su nombre.
Un sonido como el que se produce al romper huesos tostados, ratificó el colapso del risco. Las rocas se desprendieron, y el volumen de agua era cinco veces superior al promedio. La fragmentación fue la ejecución de una sentencia de muerte, o de supervivencia cultural.
Impotentes por lo inevitable; observaron sin aliento a sus mujeres, que corrían hacia la casa de mayor resistencia, la de Rubí. Otro sacudón de la Tierra les tumbó al suelo. Fue la última señal. Un sonido como ningún otro, más fuerte que una bomba, uno que les impidió oírse a sí mismos. La onda expansiva arrasó todas las palmas, las desraizó de un soplido. Una columna de nubes grises, una ventosidad del infierno acompañada por la lluvia de cenizas, preparaba al pico Cóndor para la regurgitación de lava. Roca fluida en medio de la arcada, derretiría al nevado en un instante. Ochenta kilómetros de altura tenía la columna detrás del ave, que ahora se veía diminuta.
Sus cuerpos resistieron la acometida impetuosa; las raíces del pasto aguantaron la mechoneada. Se levantaron nuevamente, dirigieron los ojos a la aldea, y vieron flotando los techos de las casas. Sin embargo, la cúpula de la habitación de Rubí, mostraba por sus ventanas el ondear de pañuelos rojos, blancos, y azules. El agua había inundado tres cuartos de los terrenos; un inmenso espejo gris que reflejaba el cielo azul, lentamente ensombrecido por una nevada de cenizas.
Se amarraron unos a otros con cabuyas, y caminaron colina abajo hacia la casa del abuelo. Los muebles navegaban al nivel de las flores. Se impulsaban de columna en columna hacia la torre. Cuando entraron a la alcoba, los abrazaron. El abuelo tan solo miraba por la ventana. Le llamaba la atención los rayos de aquellas nubes, pero en ese instante tan solo pensaba en el cofre, debía estar flotando en su habitación. No opinó, no dijo nada, ya había decidido su destino; vivir allí, en medio de las cenizas, de los tenues rayos solares que lograban penetrar las espesas ovejas, y de la sobriedad que puede garantizar algunos meses de ayuno. Imaginaba que la madre naturaleza por sí misma, repararía el daño hecho.
Don Rodrigo tomó el mando de la situación. Discutieron el resto del día y la noche; la solución masculina fue inminente. Las damas hicieron lo propio, lideradas por Rubí. Hombres y mujeres llegaron a un consenso. Todos olvidarían lo ocurrido, y viajarían a la ciudad, la modernidad parecía tener los brazos abiertos a ellos, en gratitud por haber alterado el curso de sus vidas. Pero tan solo el silencioso Mario, y el abuelo, sabían que ese estilo no era tan rosa29. Amaneció, y su decisión no tenía reversa. Se amarraron de nuevo con cabuyas, y salieron por algún sitio de la averiada construcción.
Las besó, se acarició el rostro con las manos de Rubí, las besó de nuevo, estaba sorprendido de que le permitiera tocarla; hacía mucho tiempo que se reusaba a cualquier caricia. Las soltó, y les pidió que lo esperaran un rato; bajó por la torre y abrió una pequeña puerta en el muro, tras la cual sacó un hacha. Luego regresó a la habitación, soltó el instrumento en el suelo, y ayudó a mover la cama. Rubí aún no comprendía lo que su padre estaba haciendo, tan solo lo miraba. Agarró el hacha, y quebró una baldosa. Sacó de allí una bolsa de papel y una bolsa plástica.
Peinó a su hija por última vez, y le pidió que abriera la bolsa cuando llegara a su nueva casa. El obsequio para Mario fue dinero, para que se cuidaran mutuamente y sin angustias.
—¿Por qué no viajas con nosotros? Aquí no hay nada de comer.
El abuelo no dio respuesta, tan sólo la beso la frente, y pidió a su amigo que la cuidara. El negro lo abrazó y le dijo al oído:
—Todo lo que hay en mi habitación es suyo… no olvide el rollo que oculté en una bolsa sobre el armario. Gracias. Fue la última palabra que el anciano escuchó en su vida.

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